En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 9: LAS PALABRAS QUE NO SALEN
Los días en la finca comenzaron a tener una cadencia que Alessandra no recordaba haber experimentado nunca. No era la rutina mecánica de su vida en la ciudad, donde cada hora estaba medida, cada movimiento calculado, cada palabra pesada antes de ser pronunciada. Era algo más suave. Algo que se parecía a la respiración de un cuerpo que finalmente deja de estar en tensión.
Despertaba con la luz. No con el despertador, no con la obligación, no con el vacío. Con la luz que se filtraba por las cortinas, con el canto de los pájaros que antes no escuchaba, con el peso de las sombras que ahora descansaban a su alrededor como perros fieles.
Bajaba a la cocina. Fiorella siempre estaba ahí primero, con el cabello aún enredado y los ojos entrecerrados, quejándose de que el café no estaba lo suficientemente caliente o de que Sebastián había puesto la mesa torcida o de que Clarissa se había ido a caminar con su prometido sin avisar. Alessandra la escuchaba con una paciencia que antes no tenía. Notaba los pequeños cambios en su hermana del medio: la forma en que sus manos a veces brillaban cuando tocaban algo, la manera en que las plantas del jardín se inclinaban hacia ella cuando pasaba.
Fiorella estaba despertando. Todas estaban despertando.
Después del desayuno, Alessandra iba a la pequeña biblioteca de su abuela. Leía el diario a fragmentos, sin prisa, dejando que las palabras se asentaran. La abuela Elena había escrito sobre rituales antiguos, sobre aquelarres enemigos, sobre una profecía que mencionaba a la “primogénita de la primogénita” y al “lobo que esperó doscientos años”.
“Ellos creen que la profecía habla de poder”, escribió en una página, con la letra más temblorosa que de costumbre. “Yo creo que habla de amor. Porque solo el amor puede romper lo que el miedo construyó.”
Alessandra cerró el libro con las manos temblorosas. El amor. Esa palabra que había despreciado toda su vida, que había considerado una debilidad, una trampa, un virus que nublaba el juicio. Ahora la miraba desde las páginas amarillentas como una pregunta que no sabía cómo responder.
El quinto día, Aeron la encontró en el jardín.
Estaba sentada en el mismo banco de piedra junto al lago, con las manos en el regazo y la mirada fija en el agua. Las sombras descansaban a sus pies, quietas, como si también estuvieran contemplando algo.
—¿Puedo sentarme? —preguntó él.
Alessandra asintió sin mirarlo.
Aeron se sentó a su lado. Dejó el espacio de siempre, esa distancia que ella no sabía si quería cerrar. Durante un rato, ninguno habló. El lago estaba quieto, reflejando las nubes que pasaban lentas por el cielo. En algún lugar, un pájaro cantaba una canción que Alessandra no recordaba haber escuchado antes.
—Hoy leí algo en el diario de mi abuela —dijo finalmente.
—¿Qué?
—Que la profecía habla de amor. No de poder. Que solo el amor puede romper lo que el miedo construyó.
Aeron no respondió de inmediato. Alessandra sintió su mirada en el costado de su rostro, pero no se giró.
—¿Tú crees eso? —preguntó él.
—No sé. Toda mi vida creí que el amor era una debilidad. Algo que la gente usaba para justificar sus errores. Algo que hacía sufrir más de lo que hacía feliz.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé qué creer. Porque lo que siento cuando estoy contigo no se parece a nada de lo que vi en los demás.
El silencio se hizo más denso. Alessandra sintió que las palabras habían salido antes de que pudiera detenerlas, que habían flotado en el aire como burbujas de un fondo que no sabía que tenía.
—¿Qué sientes? —preguntó Aeron, y su voz era tan baja que parecía un susurro.
—No sé cómo llamarlo. No es como lo describen en los libros. No es fuego. No es electricidad. Es… —Buscó la palabra, las manos apretándose sobre el regazo—. Es como si hubiera estado nadando en agua fría toda mi vida y de repente alguien me hubiera sacado. El aire quema. La luz duele. Pero no quiero volver al agua.
Aeron se giró hacia ella. En sus ojos dorados había algo que Alessandra no había visto antes. No era la intensidad de siempre, no era la paciencia infinita. Era algo más frágil. Algo que parecía a punto de romperse.
—Eso es sentir —dijo—. Eso es lo que yo siento cuando te miro.
Alessandra se giró entonces. Sus miradas se encontraron. Las sombras a su alrededor se agitaron, como si también sintieran algo.
—¿Y no te da miedo? —preguntó—. ¿No te da miedo sentir algo que no puedes controlar?
—Todos los días. Pero también es lo único que me hace sentir que vale la pena estar vivo.
El viento sopló desde el lago, trayendo el aroma a tierra mojada y a flores silvestres. Alessandra sintió que el corazón se le aceleraba, que las manos le temblaban, que algo dentro de ella se abría como una flor que ha estado cerrada demasiado tiempo.
—¿Qué pasa si no puedo decirlo? —susurró—. ¿Qué pasa si llega el momento y no sé cómo decir lo que siento?
Aeron levantó una mano. Rozó su mejilla con los dedos, con esa suavidad que dolía.
—Entonces no lo digas. No hace falta.
—Pero tú necesitas escucharlo.
—Necesito que estés aquí. Eso es todo.
Alessandra cerró los ojos. Sintió sus dedos en su mejilla, sintió el calor que irradiaba, sintió que las sombras a su alrededor se calmaban, como si también estuvieran esperando.
—Tengo miedo —dijo, y su voz se quebró—. Tengo miedo de que cuando el sello se rompa del todo, no haya nada. Tengo miedo de que todo esto sea solo el sello debilitándose, no yo sintiendo. Tengo miedo de que un día despierte y vuelva a estar vacía.
—No va a pasar.
—¿Cómo lo sabes?
Aeron acercó su rostro. No la besó. Solo se quedó ahí, a centímetros de ella, con la frente casi tocando la suya.
—Porque lo que sientes ahora es real. Porque lo que siento yo también es real. Porque el sello no puede fingir esto. Esto eres tú.
Alessandra abrió los ojos. Lo tenía tan cerca que podía ver las pequeñas vetas doradas en sus pupilas, la línea de su mandíbula, el lugar donde su cabello oscuro caía sobre su frente.
—No sé querer —susurró—. Nunca aprendí.
—Yo te enseño.
—¿Y si no soy buena?
—No tienes que ser buena. Solo tienes que ser.
Las sombras se calmaron del todo. El lago estaba quieto. El mundo parecía haber detenido su respiración.
Aeron se apartó. Solo unos centímetros, pero Alessandra sintió la distancia como un frío que no había notado mientras él estaba cerca.
—Vamos —dijo, levantándose—. Tus hermanas te están buscando.
Alessandra lo miró confundida.
—¿Cómo sabes?
—Las escucho. Fiorella está enojada porque Clarissa se comió las galletas que había guardado. Clarissa dice que no fue ella. Sebastián está tratando de mediar sin que lo maten.
Alessandra soltó una risa. No fue una risa forzada, no fue la sonrisa medida que había ensayado durante años. Fue una risa corta, sorprendida, que salió de algún lugar que no sabía que existía.
Aeron la miró con una expresión que no había visto antes. Algo que podría haber sido asombro.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nunca te había escuchado reír.
Alessandra sintió que las mejillas se le calentaban. Ese calor otra vez. Ese calor que no era físico pero ardía igual.
—No es para tanto.
—Sí lo es.
Se levantó del banco y caminaron juntos hacia la casa. No se tocaron. No hacía falta.
En la cocina, el caos que Aeron había descrito era aún más intenso de lo que parecía. Fiorella tenía las manos en las caderas y los ojos echando chispas. Clarissa estaba sentada en una silla, con una expresión de inocencia ultrajada que no engañaba a nadie. Sebastián, en un rincón, observaba la escena con la resignación de quien ha aprendido que no puede ganar.
—Yo las dejé en la alacena —decía Fiorella—. Las conté. Eran seis. Ahora son cuatro.
—Pues alguien más se las comió.
—¡Aquí solo estamos nosotras!
—Está Nicolás.
—Nicolás no come galletas de avena. Él come cosas de hombres.
—¿Las galletas tienen género ahora?
—¡No me cambies de tema!
Alessandra se quedó en la puerta, observando. Las sombras a su alrededor se agitaban con una energía que no era la suya. Estaban disfrutando. Estaban riendo, si es que las sombras podían reír.
—¿Vas a decir algo? —preguntó Aeron a su lado.
—No. Es más divertido verlas.
—¿Y si se matan?
—Fiorella se enoja rápido pero se le pasa. Clarissa va a esperar a que se le pase y luego le va a comprar más galletas. En una hora van a estar riéndose de esto.
Aeron la miró con una expresión que Alessandra no supo interpretar.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada. Solo me doy cuenta de que las conoces bien.
—Son mis hermanas.
—Eso no es suficiente para algunas personas. Conocer bien a alguien requiere atención. Requiere querer saber.
Alessandra no respondió. Pero algo en sus palabras quedó flotando en el aire, como una semilla que busca tierra.
Esa noche, después de la cena, Alessandra se quedó en la terraza mirando las estrellas. La luna estaba casi llena, redonda y blanca, iluminando el lago con una intensidad que la hipnotizaba. Las sombras descansaban a sus pies, quietas.
Clarissa salió con dos tazas de té.
—¿Puedo? —preguntó.
Alessandra asintió. Se sentaron juntas en el banco de madera, con las tazas humeando entre las manos.
—¿Cómo estás? —preguntó Clarissa.
—Bien. Rara. Pero bien.
—¿Rara cómo?
—Como si estuviera aprendiendo a caminar otra vez. Todo es nuevo. Las luces, los sonidos, las sombras. Y él.
—¿Aeron?
Alessandra asintió. Las palabras tardaron en salir, pero esta vez no las detuvo.
—Cuando está cerca, siento cosas que no sé nombrar. No es como lo describen en los libros. No es fuego ni electricidad. Es más como… —Buscó la palabra—. Como si hubiera estado buscando algo sin saber qué era, y de repente lo encontrara.
Clarissa sonrió. En la penumbra, sus ojos avellana brillaban.
—Eso es amor.
—No sé si es amor. Nunca lo he sentido.
—No tienes que saberlo. Solo tienes que sentirlo.
Alessandra apretó la taza entre las manos. El calor quemaba sus palmas, pero no la molestaba.
—Me da miedo —dijo—. No el sello. No la profecía. Él. Me da miedo que todo esto sea solo el sello debilitándose. Que cuando se rompa del todo, vuelva a estar vacía. Que lo que siento ahora no sea real.
Clarissa puso una mano sobre la suya.
—¿Te duele?
—¿Qué?
—Lo que sientes. ¿Te duele?
Alessandra se quedó en silencio un momento. Sintió el peso de la pregunta en el pecho, en la garganta, en ese lugar vacío que empezaba a llenarse.
—Sí —dijo finalmente—. Duele.
—Entonces es real. Lo que no duele no es real. Lo que no cuesta no vale.
Alessandra miró a su hermana. En su rostro no había la dulzura de siempre, la suavidad que la caracterizaba. Había algo más. Algo que Alessandra no recordaba haber visto antes.
—¿Cuándo te volviste tan sabia? —preguntó.
Clarissa sonrió.
—Siempre lo fui. Tú no me escuchabas.
—Es verdad. No escuchaba a nadie.
—Pero ahora sí.
—Ahora sí.
Se quedaron en silencio un rato, mirando las estrellas. El cielo estaba despejado, sin nubes, y la luna se reflejaba en el lago como un ojo abierto en la oscuridad.
—¿Crees que voy a lograrlo? —preguntó Alessandra—. ¿Crees que voy a romper el sello antes de que sea tarde?
—No lo sé. Pero creo que vas a intentarlo. Y eso es más de lo que hacías antes.
—¿Qué hacía antes?
—Sobrevivir. Ahora estás viviendo. Es diferente.
Alessandra sintió que las palabras de Clarissa se quedaban en su pecho, calientes, como las tazas de té que sostenían.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por traerme aquí. Por no dejarme seguir como estaba. Por aguantarme todos estos años.
Clarissa apretó su mano.
—Para eso están las hermanas. Para aguantarnos cuando no podemos solas.
Esa noche, Alessandra no pudo dormir. No porque las sombras la inquietaran o porque el corazón no la dejara en paz. Era otra cosa. Era una inquietud que no sabía nombrar, un impulso que la empujaba a levantarse, a salir, a buscar algo que no sabía qué era.
Se levantó y bajó las escaleras sin hacer ruido. La casa estaba en silencio, solo iluminada por la luna que entraba por las ventanas. Caminó hasta la puerta trasera y salió al jardín.
El aire estaba frío. El lago brillaba bajo la luz de la luna, y el roble se alzaba en la orilla como un guardián antiguo. Y junto al árbol, una figura.
Aeron estaba de pie, mirando el agua. No se giró cuando ella se acercó. No dijo nada. Alessandra se paró a su lado, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando el mismo punto que él.
—No puedes dormir —dijo él.
—Tú tampoco.
—No necesito dormir mucho.
—Eso dices siempre.
—Porque es verdad.
Se quedaron en silencio. La luna se reflejaba en el lago, temblando apenas cuando el viento movía el agua.
—Hoy hablé con Clarissa —dijo Alessandra.
—¿De qué?
—De ti. De lo que siento cuando estoy contigo. De que me da miedo que no sea real.
Aeron se giró hacia ella. En la luz de la luna, sus ojos dorados parecían más suaves, más humanos.
—¿Y qué te dijo?
—Que lo que duele es real.
—Tiene razón.
—¿A ti te duele?
Aeron no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era tan baja que parecía parte del viento.
—Más de lo que puedo decir.
Alessandra sintió algo en el pecho. Ese peso otra vez. Ese calor que no era físico.
—¿Por qué no me besas? —preguntó.
La pregunta quedó flotando en el aire. Aeron la miró con una intensidad que le heló la sangre.
—Porque no estás lista.
—¿Cómo sabes?
—Porque lo sé. Porque cuando estés lista, no vas a preguntar. Vas a hacerlo.
Alessandra sintió que las mejillas se le calentaban. No dijo nada más. Se quedó junto a él, mirando el lago, sintiendo las sombras moverse a sus pies.
No sabía si estaba lista. No sabía si alguna vez lo estaría. Pero por primera vez en su vida, quería estarlo.
Y eso, pensó mientras la luna se reflejaba en el agua y las sombras descansaban a su alrededor, era más de lo que había tenido nunca.