Liam Volkov es un CEO implacable que cree que el dinero puede comprarlo todo, excepto la salud de su único heredero, el pequeño Ian, quien padece una enfermedad cardíaca degenerativa. Desesperado y tras haber despedido a diez especialistas, se cruza con la Dra. Elena Ríos, una cardióloga brillante, extrovertida y sin filtros que no le teme a sus gritos ni a su fortuna.
Mientras la villana, Sabrina Valois (la ambiciosa prometida de Liam), planea la "muerte accidental" del niño para heredar la fortuna Volkov, Elena se convierte en el escudo de Ian. Pero en el proceso de salvar la vida del pequeño, Elena terminará operando el órgano más difícil de tratar: el corazón de piedra de su padre.
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capitulo 18
Afuera, el cielo de la ciudad se había teñido de un gris violáceo. Una tormenta de verano, de esas que estallan con una furia repentina, golpeaba los grandes ventanales de la mansión. Los truenos hacían vibrar los cristales, pero dentro, en la pequeña sala de estar que conectaba con la habitación de Ian, el ambiente era inusualmente cálido.
Ian se había quedado dormido después de un día de juegos, con una expresión de paz que era el mejor trofeo para Elena. Liam, que se negaba a marcharse a su propio ala de la casa, estaba sentado en un sofá de cuero oscuro, observando la lluvia. Se había quitado la chaqueta y desabrochado los puños de la camisa, viéndose más humano que nunca.
—Toma —dijo Elena, acercándose con dos copas de un vino tinto profundo que había encontrado en la cava—. Creo que ambos nos hemos ganado un momento de tregua.
Liam aceptó la copa, sus dedos rozando los de ella. El contacto, que antes era una chispa eléctrica de alerta, ahora se sentía como un ancla.
—Gracias, Elena. Por todo —susurró él, dando un sorbo largo—. A veces miro a Ian y me cuesta creer que sea el mismo niño que hace una semana apenas podía subir las escaleras.
—El corazón es un órgano curioso, Liam —respondió ella, sentándose a una distancia prudente pero cercana—. Responde a la medicina, sí, pero se alimenta de lo que lo rodea. Ian solo necesitaba saber que su mundo era seguro. Que tú estabas presente.
Liam soltó una risa amarga, mirando el remolino de vino en su copa.
—Seguridad. Es una palabra irónica viniendo de mí, ¿verdad? Soy el hombre que controla la seguridad de media Europa, y no pude ver que el peligro dormía en la habitación de al lado.
Hubo un silencio denso, solo interrumpido por el golpeteo rítmico de la lluvia. Elena lo observó. Había una rigidez en sus hombros que no era de arrogancia, sino de una fatiga antigua.
—¿Por qué eres así, Liam? —preguntó ella suavemente—. Tan controlador, tan... de hierro. Sé que no es solo por los negocios. Hay una muralla en ti que parece construida para resistir un asedio eterno.
Liam cerró los ojos y, por un momento, Elena pensó que se cerraría en banda. Pero el vino, la tormenta y la presencia constante de esa mujer que lo había desafiado desde el primer día derribaron la última compuerta.
—Mi madre —dijo él, y la palabra sonó como una herida abierta—. Ella no era como tú, Elena. No tenía esa... luz. Para ella, yo era una inversión, un accesorio de su estatus. Cuando mi padre perdió una parte importante de la fortuna en una crisis, ella no se quedó a pelear. Se fue con un rival de la familia. Me dejó una nota diciendo que "la pobreza no combinaba con su tono de piel".
Elena sintió un nudo en la garganta. Imaginó a un pequeño Liam, solo en una casa tan grande como esta, aprendiendo que el amor tenía un precio y que las personas eran volátiles.
—Desde ese día —continuó él, con la voz endurecida—, decidí que nadie volvería a tener el poder de abandonarme. Si yo controlaba todo, si yo era el dueño de cada variable, de cada contrato, de cada persona... nadie podría hacerme daño. Me volví mandón, como tú dices, porque el caos me recuerda a esa nota sobre mi almohada. El dinero es predecible. Las personas, no.
Elena no dijo nada. Dejó la copa sobre la mesa y, con un movimiento lento y lleno de ternura, puso su mano sobre la de Liam. Fue un gesto sencillo, pero en ese mundo de frialdad, fue una revolución.
Liam se tensó, mirando la mano de Elena sobre la suya. Sus dedos eran cálidos, firmes, y no pedían nada a cambio. Por primera vez en décadas, Liam sintió que la muralla no lo protegía, sino que lo asfixiaba. Se giró hacia ella, y en sus ojos azules ya no había rastro del CEO. Solo había un hombre pidiendo, en silencio, ser visto.
—No todos se van por dinero, Liam —susurró ella —. Algunos nos quedamos porque el corazón nos dice que aquí es donde pertenecemos.
Él no retiró la mano. Al contrario, entrelazó sus dedos con los de ella, apretándolos como si temiera que, al soltarla, la realidad volviera a ser gris. En ese momento, bajo el estruendo de la tormenta, la última barrera física se rompió. Ya no eran médico y paciente, ni jefe y empleada. Eran dos náufragos que finalmente habían encontrado tierra firme en el otro.
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Demuestra que es una persona fiel a sus principios y a sí misma.
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