Isabella Mondragón es una joven que, en su primera vida, crece sin el cariño suficiente de su padre y se enamora de un duque joven y atento. Por descuido y traiciones en la corte, su vida termina trágicamente; su padre, desesperado, usa un hechizo prohibido para retroceder en el tiempo y tratar de salvarla, pagando un precio alto por ese poder. Gracias a ese retroceso, Isabella vuelve nueve años atrás: recupera una edad distinta y la oportunidad de rehacer su destino sin que todos sepan lo ocurrido en su anterior vida.....
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Capítulo 06
El estrépito de los tambores de guerra resonó en el valle de los Suspiros. El ejército del Trébol había marchado durante tres días, y finalmente, el enemigo los esperaba en una formación de pinza. La niebla era tan espesa que apenas se veía a un brazo de distancia, un terreno perfecto para una emboscada mágica.
Isabella cabalgaba junto a Mateo en la línea frontal. Ella podía sentir la tensión en los hombros del general. Gracias a su advertencia de la noche anterior, Mateo no había ingerido el veneno, habiendo fingido un malestar para que el traidor bajara la guardia, pero el peligro de un ataque interno seguía latente.
—¿Estás lista, Isabella? —preguntó Mateo, ajustando el agarre de su espada—. Esto no es un entrenamiento con tu padre. Aquí, si fallas, no hay una segunda oportunidad.
Isabella lo miró de reojo. Pensó en Viktor, que se había quedado en la mansión cuidando de Vladislav y Elisa. Recordó su promesa de ser la hija que él merecía, y la protectora que su hermano necesitaba.
—He muerto una vez, Mateo —susurró ella, tan bajo que solo él pudo oírla—. No planeo hacerlo de nuevo.
De repente, el cielo se oscureció. No eran nubes, sino miles de flechas imbuidas en magia oscura que descendían sobre ellos.
—¡Escudos de viento! —gritó Isabella.
Ella extendió ambas manos. Un torbellino masivo de aire se formó alrededor de la vanguardia, desviando las flechas como si fueran plumas. Casi al instante, el enemigo cargó. Eran guerreros del Norte, hombres corpulentos que montaban bestias de colmillos largos.
—¡Carga! —rugió Mateo, espoleando a su caballo.
El choque fue brutal. El sonido del metal contra el metal y los gritos de los heridos llenaron el aire. Isabella desmontó de un salto, prefiriendo tener los pies en la tierra para canalizar mejor su poder. Un grupo de cinco soldados enemigos la rodeó, pensando que una joven maga sería una presa fácil.
—Mala elección —dijo Isabella.
Con un movimiento fluido, golpeó el suelo. Una onda de choque de Hielo Supremo se expandió desde ella, congelando instantáneamente las piernas de los atacantes. Antes de que pudieran reaccionar, invocó su don de Rayos, lanzando una descarga encadenada que los dejó inertes en el suelo.
A unos metros, Mateo estaba luchando contra un comandante enemigo. El hombre era hábil, pero Mateo era una fuerza de la naturaleza. Sin embargo, un segundo atacante se acercó por el punto ciego de Mateo con una lanza cargada de energía oscura.
—¡Mateo, abajo! —gritó Isabella.
Ella lanzó una bola de Fuego Supremo, una llama azulada que viajó a una velocidad increíble. El proyectil impactó en el lancero justo antes de que este pudiera herir a Mateo, convirtiéndolo en cenizas en un instante. Mateo aprovechó la distracción para decapitar a su oponente principal y luego le lanzó una mirada de agradecimiento a Isabella.
—¡Buen tiro, Mondragón! —gritó él entre el caos.
La batalla duró horas. Isabella usó sus cuatro dones de manera magistral, alternando entre ráfagas de viento para desorientar y muros de agua para proteger a sus propios soldados. Pero a pesar de su inmenso poder, no podía estar en todas partes a la vez.
Cuando el enemigo finalmente se retiró hacia el bosque, el silencio que quedó fue más aterrador que el ruido del combate.
Isabella caminó por el campo de batalla, su bota hundiéndose en el barro teñido de rojo. Vio a Iván, uno de los guardias que solía jugar con Vladislav en los jardines de la mansión, tirado en el suelo con el pecho atravesado. Cerca de él, Hugo, un joven soldado que apenas el día anterior hablaba de regresar a casa para ver a su hija recién nacida, yacía sin vida con los ojos abiertos hacia un cielo gris.
Se sintió enferma. En su vida pasada, la muerte era algo personal, una injusticia que le ocurría a ella. Aquí, la muerte era masiva, estadística y cruel.
Mateo se acercó a ella, quitándose el casco. Su rostro estaba manchado de sangre ajena y sudor.
—Ganamos la posición, Isabella —dijo él, pero no había triunfo en su voz.
—¿A qué precio, Mateo? —preguntó ella, señalando los cuerpos de sus hombres—. Iván está muerto. Hugo también. Todos ellos... tenían familias.
—Es el costo de la libertad —respondió Mateo, aunque sus ojos mostraban que cada pérdida le pesaba en el alma—. Si no hubieras estado aquí, las bajas habrían sido el triple. Pero no te engañes, esto es solo el principio. El traidor Gerardo sigue vivo en la retaguardia, y el grueso del ejército enemigo aún no ha aparecido.
Isabella miró sus propias manos. Estaban limpias de sangre física gracias a su magia, pero sentía el peso de las vidas que no pudo salvar. Recordó los abrazos que nunca tuvo y se dio cuenta de que ahora ella era quien debía dar esos abrazos a los que quedaban, o al menos, asegurarles un futuro donde la muerte no fuera tan gratuita.
—La victoria sabe a ceniza —susurró Isabella, mientras una pequeña nevada empezaba a caer, cubriendo los cuerpos de los caídos como una mortaja blanca.
La victoria es amarga al descubrir bajas entre sus tropas.