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BAJO LA MISMA ORDEN

BAJO LA MISMA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Zona roja

El aire era denso. Olor a metal, polvo y aceite viejo. Nos movíamos entre las sombras del complejo abandonado, las botas pisando con precisión cada superficie del suelo cubierto de grava. El viento del desierto se colaba entre los muros rotos, trayendo consigo el zumbido de los insectos y un silencio que no prometía nada bueno.

La operación hasta ese punto había sido impecable. Cardona, James y Marcos habían logrado asegurar la entrada norte sin alertar a los guardias, mientras nuestro grupo se infiltraba por el oeste. Emma guiaba con la tableta, ojos fijos en el mapa térmico, detectando las rutas de patrullaje con exactitud quirúrgica. Tamy, detrás de mí, sostenía el fusil como si buscara una excusa para usarlo.

—Tres objetivos a quince metros, movimiento al frente —susurró Emma por el comunicador.

—Visual confirmada —respondí, bajando el visor del casco. La imagen térmica mostraba tres siluetas en el pasillo principal.

Hice una seña con la mano. Silencio.

Nos deslizábamos como sombras.

Uno de los guardias se adelantó, desprevenido. Me abalancé sobre él sin pensarlo. El choque fue seco. Un giro de muñeca, presión en el cuello, y cayó sin emitir un solo sonido. Lo arrastré hacia la pared mientras Emma neutralizaba al segundo con un disparo silenciado. Tamy cubrió la retaguardia, controlando la respiración, el dedo en el gatillo.

—Zona limpia —susurró Emma.

—Avancen. Punto de extracción visualizado a ciento cincuenta metros —dije.

El pasillo se abría hacia una sala amplia, iluminada por una sola bombilla que colgaba del techo. En el centro, un contenedor metálico: el objetivo. Dentro, el paquete que debíamos recuperar —documentos clasificados y un chip de acceso, material que no podía caer en manos enemigas—.

—Cardona, posición actual —pregunté por radio.

—En el flanco norte. Área despejada —respondió su voz, firme, profesional—. Cubriremos su salida desde las alturas.

Escucharla era extraño. Su tono era el mismo de siempre, pero en el fondo podía notar el pulso acelerado. Ella también lo sentía.

Me acerqué al contenedor y marqué el código. Un pitido bajo confirmó el acceso.

—Objetivo asegurado. Iniciamos extracción.

Todo iba bien. Demasiado bien.

Y entonces lo escuché.

Un clic metálico.

El tipo de sonido que no querés oír cuando estás rodeado de paredes viejas y silencio.

—¡Cobertura! —grité.

Una explosión sacudió la sala. El polvo se elevó como una nube viva. Los muros temblaron, el eco del estallido hizo vibrar el aire. Fragmentos de cemento y vidrio llovían desde el techo. El ruido de disparos llenó todo.

—¡Nos emboscaron! —gritó Emma, buscando cobertura detrás de una columna.

Me arrojé al suelo, rodando hasta un soporte de metal. El sonido de las balas rebotando en el concreto era ensordecedor.

—Cardona, nos tienen rodeados, repito, ¡contacto hostil! —

—Recibido, vamos en camino —respondió ella, su voz cortante entre el ruido.

Vi a Tamy responder con fuego. Su rifle rugía mientras yo cubría el flanco derecho.

—¡Emma, mantén la tableta segura! No podemos perder el acceso.

Disparamos, avanzamos, retrocedimos. Era puro caos. Las ráfagas iluminaban el polvo suspendido, creando un resplandor sucio que cegaba. Gritos, pasos, detonaciones.

La adrenalina me inundó el cuerpo. Era el infierno organizado, y me encantaba.

Me moví rápido hacia la esquina para cubrir mejor la entrada. Tres enemigos entraron por el pasillo lateral. Alcancé a abatir a dos con disparos limpios al pecho, pero el tercero alcanzó a disparar antes de caer.

El impacto me llegó al instante.

Un golpe seco, caliente. La pierna izquierda me falló un segundo, como si alguien la hubiera arrancado del cuerpo.

Gruñí.

Miré hacia abajo. La sangre manchaba el pantalón táctico, justo sobre el muslo.

—¡Stein, estás herido! —gritó Tamy, lanzándose hacia mí.

—¡Atrás! —le grité, apoyando la espalda contra la pared—. ¡Cubre el pasillo, joder!

El dolor era agudo, pero la adrenalina lo mantenía controlado. Respiré hondo y volví a levantar el arma. No iba a caer ahí. No cuando el objetivo estaba tan cerca.

Emma seguía tecleando en la tableta, intentando mantener el enlace.

—Tenemos interferencia, coronel, no logro estabilizar la señal de salida—

—Hazlo, Emma. No hay opción. —Cerré los dientes, disparando hacia el pasillo.

Más balas, más ruido. La estructura entera parecía a punto de colapsar.

Vi sombras moverse al fondo. Y entre el estruendo, un destello familiar: Cardona avanzando con James y Marcos, cubriendo fuego con precisión quirúrgica.

Sus ojos me encontraron por un segundo. Bastó con eso. No dijo nada, pero su expresión lo dijo todo: No te atrevas a caer ahora.

—¡Dereck, cúbrete! —gritó ella.

Me moví, arrastrándome hasta un bloque de cemento.

El calor, el humo, el olor a sangre. Todo se mezclaba.

Apreté el fusil con fuerza, apretando los dientes mientras la pierna ardía.

El eco de las detonaciones me retumbaba en la cabeza.

No soltaría el material. No hoy.

Podía sangrar, podía arrastrarme, pero no iba a fallar.

El caos rugía alrededor, y entre el fuego y el polvo, seguí disparando.

Hasta el último segundo.

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