El dolor fue el puente. En un segundo, el Capitán de la Unidad de Élite sentía el frío del asfalto tras un tiroteo mortal. Al siguiente, sentía el peso sofocante de un cuerpo sudoroso y el hedor a rancio de una habitación cerrada.
-¡Quédate quieto de una puta vez!- rugió una voz ronca sobre él.
El policía abrió los ojos. No estaba en la morgue ni en el hospital. El techo estaba manchado de humedad y la luz de una bombilla desnuda oscilaba sobre su cabeza. Un hombre de hombros anchos y rostro desencajado por la ira lo inmovilizaba sobre un colchón mugriento.
En ese instante, una descarga de recuerdos que no le pertenecían inundó su mente como torrente de agua helada. Se vio a sí mismo o mejor dicho, al dueño de ese cuerpo, como un ser roto. Un omega llamado Ren, cuya existencia se reducir a cuatro paredes, golpes, y el miedo constante a un esposo alfa que lo trataba como ganado. Ren acababa de morir... (ambientado con el estilo staempunk)
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Cacería
El último recuerdo del Capitán de la Unidad de Élite, fue el sabor metálico de su propia sangre. Había caído en una emboscada, sintiendo como la vida se le escapaba por un agujero en el pecho mientras las sirenas de sus compañeros se desvanecían en la distancia. Morir era, en teoría, el final del camino.
Pero el destino tenia un plan retorcido.
El dolor no desapareció. El frío asfalto de ka ciudad fue reemplazado por la aspereza de unas sábanas sucias y un calor sofocante que le quemaba los pulmones. Al abrir los ojos, la visión del policía estaba nublada, pero sus instintos gritaron PELIGRO antes de que pudiera procesar donde estaba.
No estaba en un hospital ni en la morgue.
Estaba abajo de un hombre inmenso, un alfa cuya presencia emanaba una mezcla nauseabunda de sudor, alcohol barato y feromona agria que buscaba doblegar la voluntad.
-¡Quédate quieto de una maldita puta vez, pedazo de basura!- El grito retumbó en la habitación, seguido de un escupitajo qué aterrizó cerca de la oreja del policía. -Me tienes harto con tus llantos. Si te compré a tu familia fue para que me sirvieras, no para que pusieras esa cara de muerto.-
En ese instante, como una inundación de agua helada, los recuerdos de Ren, el dueño original del cuerpo, lo golpearon con violencia insoportable. Ren era un omega sumiso. Había vivido años de encierro, golpes tras golpes, violación tras violación, hasta que su corazón se detuvo por la desnutrición y el terror puro unos segundos atrás.
El policía sintió furia. No era la ira de una víctima, sino la indignación de un oficial de la ley.
Intentó mover los brazos, pero se sorprendió al descubrir lo liviano y delgado que era su nuevo cuerpo. Sus muñecas, atrapadas por las manos callosas, eran tan finas que parecían romperse como rama seca. El alfa, confiado en su fuerza bruta y en ka supuesta fragilidad del omega, se rió, mostrando unos dientes amarillentos mientras comenzaba a desabrocharse el cinturón con una mano, manteniendo la otra presionando el cuello del policía contra el colchón.
-Hoy no te vas a desmayar. Hoy vas a aprender quien manda en esta casa.- siseó el alfa, acercando su rostro lleno de odio.
Fue el error más grande de su vida.
El policía cerró sus ojos un segundo, concentrándose. Sabía que físicamente no tenía oportunidad. Pero algo estaba cambiando dentro de él. La transmigración de un alma con una voluntad de hierro en un cuerpo omega generó una reacción química sin precedentes.
De repente, el aire de la habitación se volvió pesada. El aroma dulce y asustado se transformó. Un olor a ozono, a metal recién afiliado y a tormenta eléctrica comenzó a emanar de su piel. Era la mutación de un omega dominante, una anomalía biológica que el alfa jamás había presenciado.
El alfa se detuvo en seco. Sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en puntos. El vello de su brazo se erizó y un sudor frío le recorrió la nuca. Aquel aroma no pedía clemencia. Exigía sumisión.
-¿Qué... qué es esto?- El alfa sintió que sus propios instintos le ordenaban retroceder ante una amenaza invisible.
El policía no le dio tiempo de procesarlo. Aprovechó que el agarre de su cuello se aflojó, flexionó las piernas y Clavó las rodillas en el abdomen del hombre. Se deslizó hacia un lado y liberó sus muñecas.
El policía se puso de pie rápidamente. Sus piernas temblorosas por la desnutrición, pero su postura era la de un guerrero. Se miró las manos: eran delicadas y estaban cubiertas de hematomas viejos, pero en su mente, eran armas.
-Aléjate de mí.- dijo el policía, su voz ya no era el Susurro quebrado de Ren, sino una orden seca, cortante y cargada de una autoridad que hizo que el alfa tropezara al intentar retroceder.
-¡Tú eres un omega! ¡No puedes hablarme así!- Gritó el alfa, pero su voz temblaba de pavor -¡Soy tu marido! ¡Soy tu dueño!-
-¡Nadie es dueño de nadie aquí!- respondió el policía con una calma gélida -Y tú vas a descubrir que acabas de cometer el peor error de tu miserable existencia.-
Un llanto agudo y desesperado llegó de la habitación contigua. Ers el bebé, el hijo de Ren, un pequeño alfa que no conocía más que los gritos de su padre. Al escuchar el llanto, el instinto protector del policía se fusionó con el del omega, creando un vínculo inquebrantable.
El policía miró alrededor de la habitación. Vio botellas de alcohol vacías, la puerta reforzada desde fuera para que el omega no se escapara y la falta total de cualquier tecnología que pudiera ayudarlo. Estaba atrapado en un agujero con una bestia.
Su mente comenzó a trabajar a mil revoluciones. Llegó a una sola conclusión: eliminación silenciosa.
En este mundo, un omega no podía pedir el divorcio sin el permiso del alfa, y las autoridades probablemente se reirían de él.
Si quería ser libre y proteger al niño, el alfa tenía que dejar de respirar. Y el policía sabía exactamente como hacer parecer un accidente.
-Vete a la cocina.- Ordenó el policía liberando una ráfaga de feromonas tan potentes que el alfa cayó de rodillas asfixiándose por la presión. -Ahora mismo.-
El hombre incapaz de resistir la orden del omega dominante, obedeció mecánicamente, arrastrándose fuera de la habitación. El policía lo siguió con la mirada, sus ojos brillantes con una determinación mortal. La cacería acababa de empezar.