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EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

EL DESCONOCIDO EN MI ALMOHADA

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Viaje a un mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 2

Llegar a Seúl fue como recibir un bofetón de realidad, pero uno de esos que te dejan despertada de golpe. El aeropuerto de Incheon es un monstruo de cristal y luces blancas donde todo parece funcionar con la precisión de un reloj suizo. Después de trece horas de vuelo, con las piernas hinchadas y ese sabor a rancio que se te queda en la boca después de comer pasta recalentada en una bandeja de plástico, lo último que quería era procesar que estaba al otro lado del mundo.

Pero ahí estaba yo, con mis dos maletas, esquivando a gente que caminaba mucho más rápido que yo y tratando de descifrar unos carteles que parecían dibujos geométricos.

—Valeria, respira —me dije mientras esperaba el taxi—. Estás aquí. Paso uno completado.

El trayecto hasta el hotel fue un trance. Miraba por la ventanilla y veía puentes infinitos, el río Han brillando bajo un sol frío de otoño y edificios tan altos que me hacían sentir como una hormiga en una maqueta. Madrid me parecía ahora un pueblo pequeño y lejano. Mientras el taxista, un señor mayor con guantes blancos que no decía ni una palabra, conducía con una calma envidiable, yo sentía que el estómago se me cerraba. No era hambre. Era esa mezcla de nervios y la sensación de que estaba buscando a alguien que, técnicamente, no existía.

Me instalé en un hotel en el barrio de Gangnam. El lujo del sitio me abrumó un poco: cortinas que se abrían solas, un baño con más botones que un avión y una cama que parecía una nube. Pero lo primero que hice no fue saltar sobre el colchón. Fui directa a la ventana.

Desde el piso veinte, Seúl se extendía ante mí como una alfombra de luces. Busqué con la mirada. Busqué aquel templo de madera de mi primer sueño, o la calle de neones del segundo. Nada. Solo coches, hormigón y el reflejo de mi propia cara de cansancio en el cristal.

—¿Qué estás haciendo? —me pregunté en voz alta—. Viniste por trabajo, Valeria. Viniste por un ascenso. No por un fantasma.

Me obligué a ducharme y a deshacer la maleta. Saqué el portátil y revisé los documentos de la empresa Han-Guk. Mañana tenía la primera reunión. Tenía que estar impecable. Nada de ojeras, nada de distracciones. Marcos me había enviado un mensaje: “Espero que hayas llegado bien. Aquí todo sigue igual. Avísame cuando puedas hablar”. Lo leí y sentí una punzada de culpa. "Aquí todo sigue igual". Esa era precisamente la frase que me había hecho huir.

Me metí en la cama a las nueve de la noche, destrozada por el jet lag. Tenía miedo de dormir, pero el cansancio me ganó la partida en segundos.

Y entonces, ocurrió.

No fue como los otros sueños. Esta vez no hubo una transición suave. De repente, estaba allí. En la misma calle de neones de mi última noche en Madrid. El suelo estaba mojado y el aire olía a comida callejera, a algo picante y dulce a la vez. El ruido de la ciudad era ensordecedor, pero de repente, todo se quedó en silencio.

Él estaba de espaldas, frente a un puesto de flores. Llevaba el mismo abrigo gris.

Caminé hacia él. Mis pasos no hacían ruido. Sentía el corazón en la garganta, una sensación tan física que me dolía el pecho. Cuando estuve a un metro, él se giró.

Sus ojos. Dios mío, sus ojos eran aún más intensos de cerca. No era solo el color, era la forma en que me miraba, como si llevara siglos esperando a que yo apareciera en esa esquina exacta.

—Valeria —dijo. Su voz vibró en el aire frío—. Has tardado.

—Estoy aquí —logré decir. Intenté tocarle el brazo, pero mi mano atravesó la tela de su abrigo como si fuera humo—. ¿Por qué no puedo tocarte?

Él sonrió, pero era una sonrisa triste, de esas que te rompen un poquito por dentro.

—Porque todavía estás mirando con los ojos cerrados —respondió él—. Mañana, cuando los abras, búscame en el edificio de cristal que mira al río. No en el que esperas, sino en el que temes.

—No entiendo... —quise decir, pero el escenario empezó a borrarse. Los neones se convirtieron en manchas de luz blanca y el frío de Seúl se transformó en el calor de mi edredón.

Me desperté de un salto. Eran las cinco de la mañana. Tenía el corazón a mil y una palabra grabada en la mente: Han-Guk. El edificio de cristal.

Esa mañana, el café del hotel me supo a nada. Me puse mi mejor traje, me pinté los labios de un rojo discreto y me planté en la recepción de la empresa a las ocho en punto. El edificio era una mole de cristal y acero que parecía querer tocar el cielo. Era, efectivamente, un edificio que imponía respeto. O miedo, como él había dicho en el sueño.

Me escoltaron hasta una sala de juntas inmensa. Había unos seis hombres sentados, todos con trajes oscuros y caras de pocos amigos. Me senté, abrí mi ordenador y empecé mi presentación. Hablé de mercados, de estrategias, de cómo conectar con el público europeo. Me sentía segura, profesional. Estaba ganándome el ascenso con cada palabra.

Entonces, la puerta se abrió.

—Siento llegar tarde —dijo una voz en coreano. Alguien tradujo inmediatamente al inglés por los auriculares que yo llevaba puestos.

Se me cayó el bolígrafo de la mano.

Era él.

El mismo pelo negro perfectamente peinado hacia un lado. La misma mandíbula marcada. Los mismos ojos rasgados que me habían perseguido durante meses. Pero no llevaba el abrigo gris. Llevaba un traje de sastre azul oscuro que gritaba "poder" por todos los costados. Se sentó en la cabecera de la mesa, justo enfrente de mí.

—Valeria, te presento al Director de Desarrollo, el señor Kang Min-ho —dijo uno de los ejecutivos.

Me quedé helada. Min-ho. El nombre de mi sueño.

Él me miró. Yo esperaba una chispa, un gesto, un suspiro, cualquier señal de que él también me había visto en esa playa o en esa calle lluviosa. Pero no hubo nada. Sus ojos eran como dos pozos de hielo. Me miró como se mira a un mueble o a un informe aburrido.

—Continúe, por favor —dijo él en un inglés perfecto, gélido—. No tenemos todo el día.

Pasé los siguientes cuarenta minutos hablando como un robot. Mi cerebro estaba en cortocircuito. ¿Cómo podía ser él? ¿Cómo podía estar ahí, real, respirando el mismo aire, y no decir nada? Durante toda la reunión, él no volvió a mirarme a la cara. Solo tomaba notas y fruncía el ceño.

Al terminar, todos se levantaron. Yo recogí mis cosas con las manos temblando. No podía dejar que se fuera así. Tenía que saber.

—Señor Kang —dije cuando ya se dirigía a la puerta.

Él se detuvo y se giró lentamente. Sus ayudantes se quedaron parados, sorprendidos de que yo me atreviera a interrumpir su salida.

—¿Sí, señorita Valeria? —dijo con una cortesía que dolía más que un insulto.

—¿Nos... nos hemos conocido antes? —solté. En cuanto lo dije, quise que la tierra me tragara. Sonaba como la frase más ridícula del mundo en una sala de juntas.

Él arqueó una ceja. Se acercó un paso a mí. Podía oler su perfume: madera y algo limpio, como ropa recién lavada. Era el mismo olor de mis sueños.

—No lo creo —respondió él, escaneándome de arriba abajo con una frialdad absoluta—. No suelo olvidar las caras de las personas con las que hago negocios. Y usted es la primera vez que pisa Corea, ¿verdad?

—Sí, pero...

—Entonces es imposible —me cortó—. Buen trabajo con la presentación. Mañana quiero ver los ajustes que le he pedido. Que tenga una buena tarde.

Se dio la vuelta y se fue. Se fue sin mirar atrás, dejándome allí, sola en esa sala inmensa, sintiéndome como una loca de remate.

Salí del edificio aturdida. Caminé sin rumbo por las calles de Gangnam, rodeada de miles de personas. El ruido, el caos, el olor... todo era igual que en mi sueño de anoche. Pero él no era el hombre dulce que me abrazaba. Él era un extraño que me miraba como si fuera un estorbo.

Regresé al hotel y me tiré en el sofá sin quitarme ni los zapatos. Estaba furiosa. Furiosa conmigo misma por creer en cuentos de hadas y furiosa con él por no ser quien yo quería que fuera.

—Es solo una coincidencia —me dije, aunque no me lo creía ni por un segundo—. Hay millones de hombres en Corea que se llaman Min-ho. Hay millones de hombres con esa cara.

Pero mi corazón sabía que mentía.

Esa noche, me costó mucho cerrar los ojos. Tenía miedo de lo que me encontraría al otro lado. Tenía miedo de que el Min-ho del sueño también se hubiera vuelto frío. Pero el cansancio físico de un día tan intenso pudo conmigo.

Aparecí en una habitación pequeña, iluminada solo por velas. No era Seúl, no era Madrid. Era un lugar atemporal. Él estaba sentado en el suelo, esperándome. Llevaba el abrigo gris.

—Me has mirado como si fuera basura —le espeté nada más verlo. Estaba tan enfadada que no me importaba que esto fuera un sueño—. Eres un arrogante, Min-ho. En el mundo real eres un idiota.

Él no se enfadó. Al contrario, soltó una risa suave, esa risa que me hacía derretirme.

—Te lo advertí, Valeria —dijo, levantándose—. La realidad tiene bordes afilados. El hombre que ves allí tiene que protegerse. Tiene mil problemas, mil deudas con el pasado y un corazón bajo llave.

—¿Y tú? ¿Quién eres tú entonces? —le pregunté acercándome, desafiante.

—Yo soy lo que él no se atreve a ser cuando está despierto —respondió, y esta vez, sus dedos rozaron mi mejilla.

Sentí una descarga eléctrica, un calor real que me hizo cerrar los ojos.

—Si quieres que él te vea —susurró—, vas a tener que recordarle quién era antes de que el mundo lo volviera de piedra. Pero ten cuidado... si despiertas al hombre real, el sueño podría desaparecer para siempre.

Me desperté con la sensación de sus dedos todavía en mi cara. La habitación del hotel estaba a oscuras. Eran las tres de la mañana. Me quedé mirando el techo, sabiendo que mañana tendría que volver a esa oficina y enfrentarme al hombre de hielo que tenía la cara de mi amor eterno.

La verdadera batalla acababa de empezar.

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The Wolf 🥀🐺🍃
una historia que se parece a mi vida mi ....me pasó lo mismo con mi ahora esposo y dejé de soñarlo cuando xfin lo conocí y extrañaba a el chico de mi sueños 😭😭....veamos k pasa .
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