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LA HERMANDAD DEL AMO

LA HERMANDAD DEL AMO

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Reencuentro / Fantasía épica / Completas
Popularitas:159
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Trinidad Raquel Reig Mateu

Dos amigos, un destino marcado por la sangre y una búsqueda desesperada. Cuando su amiga de la infancia desaparece sin dejar rastro, Joan y Ralph deberán despertar el poder oculto de sus linajes. Desde las sombras de la Hermandad del AMO hasta los secretos prohibidos de civilizaciones ancestrales, descubrirán que la realidad es solo un velo... y que para rescatar a quien aman, primero deben aceptar quiénes son en realidad.
En el juego del AMO, la lealtad es un mito y la sangre es la única moneda. ¿Estás listo para cruzar el umbral?

NovelToon tiene autorización de Maria Trinidad Raquel Reig Mateu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 17 INCERTIDUMBRE Y MIEDO

El "Pozo del Diablo" no era un agujero físico, sino una distorsión en la realidad que succionaba la luz a su alrededor. El aire cerca del portal sabía a estática y a ozono, el mismo olor que las descargas del híbrido, lo que hizo que a Vicky se le revolviera el estómago.

- ¿Qué le ha pasado en la espalda? —preguntó Annie, retrocediendo un paso al ver los surcos grises que palpitaban en Joan.

- No hay tiempo para diagnósticos —sentenció Ralph, agarrando a Joan por el hombro no herido—. ¡Saltad!

Vicky sintió una mano firme —la de Annie— agarrar la suya. Miró a Joan una última vez antes de lanzarse; él tenía la mirada perdida, las pupilas dilatadas y la piel de un blanco cadavérico.

Se lanzaron al vacío púrpura.

No hubo sensación de caída, sino de ser desintegrado y reconstruido en un segundo de agonía sensorial. Un estallido de silencio absoluto los envolvió mientras el bosque de pesadilla desaparecía para aparecer ante un lugar más tétrico y oscuro, con ciertos destellos violáceos, que caían sobre el horizonte hacía unos brillantes ojos rojos.

Los chicos tirados en el suelo empezaban a sentir su propia metamorfosis. Joan como un desgarro seguido de un golpeteo de una incipiente segunda piel abriéndose paso. Mientras que Ralph sentía unas vibraciones que emitían sonidos que le empezaban a modificar sus sentidos.

Las chicas por su parte viendo a los dos jóvenes mutando a seres híbridos extraños, se sintieron asustadas. No sabían que hacer. Paralizadas temblaban de miedo. El aire del planeta oscuro sabía a ceniza y electricidad estática. Ralph se retorcía en el suelo, gritando mientras las venas negras trepaban por su cuello hacia su cerebro.

- ¡Annie, tienes que sacarme eso que me está conectando con esos Wytches! —rugió Ralph, con los dientes apretados—. Siento cómo me miran... ¡Siento sus mentes en la mía!

Annie no sabía cómo hacerlo, pero una luz dorada aparecida en la nada le iluminó una daga de plata. La cogió temblorosa y se acercó a Ralph, se arrodilló a su lado. La luz dorada hizo de linterna para que pudiera operar. Al otro lado del claro, Joan era una figura de luz cegadora y piel de gelatina, flotando a un metro del suelo. Emitía un zumbido ensordecedor que hacía que a Vicky le sangraran los oídos.

- Joan, mírame —suplicó Vicky, acercándose al campo eléctrico que le erizaba el vello—. No dejes que te usen como su llave. ¡Vuelve, te necesito!

A lo lejos, las siluetas de los Wytches se recortaban contra el horizonte. Eran aberraciones de pesadilla: cuerpos de cucaracha gigantescos, brillantes y quitinosos, sostenidos por patas tan finas como agujas de coser que se hundían en el suelo con un clic-clic rítmico. Sus enormes ojos de mosca, compuestos por miles de facetas, reflejaban la luz eléctrica de Joan como si fueran faros de muerte.

Ralph de rodillas, agarrándose el hombro izquierdo.

- Puedo sentirlo... - jadeó. Sus pupilas se dilataron hasta borrar el iris—. El diente... tiene raíces, Annie. Siento cómo se estira. Se está enroscando en mi clavícula... busca mi corazón.

Annie le rasgó la camisa. Lo que vio la hizo retroceder. Del agujero de la mordedura salían unos filamentos negros que latían al unísono con el pecho de Ralph. El incisivo no era un objeto inerte; era una sonda viva. Cada vez que el corazón de Ralph latía, el diente se hundía unos milímetros más, buscando la arteria principal para bombear la esencia de los Wytches en su torrente sanguíneo.

- Si llega al corazón, se acabó —susurró Annie, apretando la daga de plata que brillaba bajo la luz eléctrica de Joan—. Se convertirá en su antena. Los Wytches verán lo que él ve, sentirán lo que él siente. Abrirán el portal hacia la Tierra usando su cuerpo como puente. Si eso ocurre lo perderé para siempre.

Vicky, mientras tanto, sostenía a un Joan que ya casi no era sólido. Él emitía un zumbido agudo, y su piel traslúcida permitía ver cómo su columna vertebral chispeaba.

- ¡Annie, ahora! —gritó Vicky—. ¡Los Wytches nos han visto!

Cientos de esos ojos de mosca se giraron simultáneamente. Los Wytches empezaron a avanzar, sus patas finas moviéndose con una velocidad antinatural, chirriando como metal sobre el cristal.

Annie hundió la hoja en el hombro de Ralph. Él soltó un alarido que se mezcló con el siseo del diente parásito. Al sentir el metal, el incisivo reaccionó: se ensanchó, sacando unas diminutas púas, que se anclaron al hueso de Ralph, para no ser extraídas.

- ¡No me dejes ser uno de ellos! —suplicó Ralph, mientras su brazo izquierdo empezaba a cubrirse de una capa quitinosa, similar al caparazón de una cucaracha.

El primer Wytche ya estaba sobre ellos. Sus patas de aguja repicaban sobre la obsidiana con un sonido frenético, como miles de máquinas de coser desbocadas. El enorme ojo de mosca de la criatura, a escasos metros, devolvía una imagen fragmentada y deforme de la agonía de Ralph.

—¡Sujétalo, Vicky! ¡No dejes que se mueva! —gritó Annie, cuya cara estaba salpicada por el sudor frío que emanaba de la herida infectada.

Vicky abandonó por un segundo a Joan —quien flotaba en un trance eléctrico— y se lanzó sobre las piernas de Ralph. El brazo izquierdo de él ya no era humano: una costra negra y brillante, dura como el caparazón de un escarabajo, le subía por el antebrazo. Ralph babeaba una sustancia espesa y grisácea; el incisivo estaba tan cerca de su aorta que Annie podía ver el bulto del diente moverse bajo la piel con cada latido.

Annie hundió los dedos en la herida abierta. El tejido de Ralph se sentía caliente, pero el diente estaba helado. Al sentir la presión de los dedos de Annie, el incisivo emitió un chillido ultrasónico. Ralph arqueó la espalda con un grito inhumano mientras las raíces del diente se retorcían, arañando su clavícula por dentro. Annie agarró la base del hueso parásito con ambas manos.

- ¡Ahora! —rugió Vicky, viendo cómo el Wytche alzaba una de sus patas delanteras, afilada como un bisturí, para ensartarlas.

Annie tiró. No fue un movimiento limpio. Se escuchó el sonido de carne desgarrándose y el crujido seco del hueso de Ralph cediendo. El diente salió disparado, arrastrando tras de sí una ristra de filamentos negros y nervios infectados que colgaban como tentáculos.

Ralph colapsó, soltando un suspiro de alivio agónico, justo cuando la herida de su hombro empezaba a expulsar una sangre negra y espumosa. Pero no había tiempo para celebrar.

El diente, libre de su huésped, empezó a saltar en el suelo de obsidiana por sí solo, buscando una nueva víctima. El Wytche que los acechaba se detuvo en seco, emitiendo un chirrido de furia al perder la conexión con su "antena".

- ¡La daga, Vicky! —chilló Annie, señalando a Joan—. ¡Si no drenamos a Joan ahora, los Wytches usarán su energía para abrir el portal sin necesidad de Ralph!

El aire se llenó de un olor a ozono insoportable. Joan, con la piel casi transparente y los ojos plateados fijos en el vacío, empezó a emitir una frecuencia que hacía que las rocas de alrededor estallaran. Los Wytches se lanzaron en masa, sabiendo que su fuente de energía estaba a punto de alcanzar el punto crítico.

El aire en la llanura de obsidiana se había vuelto insoportable, cargado de ozono y el siseo metálico de los Wytches. Cientos de esos ojos de mosca gigantescos parpadeaban al unísono, rodeando a Joan, que flotaba en el centro de un vórtice eléctrico, con la piel casi transparente y los órganos brillando con una luz azulina enfermiza. Estaba a punto de convertirse en el portal viviente para la invasión.

Vicky sabía que no había otra opción. Corrió hacia él, ignorando los gritos de Annie, que intentaba taponar la herida del hombro de un Ralph semiinconsciente y mutilado.

—¡Joan! —suplicó Vicky, acercándose al campo eléctrico que le erizaba el vello y le hacía sangrar la nariz por la estática—. Mírame... ¡Sigue ahí dentro!

No hubo respuesta humana. Los ojos de Joan, ahora dos esferas, plateadas sin pupilas se fijaron en ella con una indiferencia reptiliana.

Vicky sacó la daga de plata. La hoja, fría y afilada, reflejaba la luz caótica del mundo oscuro. Para salvar su alma, tenía que destruir el ancla física que lo ataba a los Wytches.

- Perdóname —susurró, con la voz quebrada por el llanto.

Con un grito que contenía todo su miedo y amor, Vicky hundió la daga de plata directamente en el hombro izquierdo de Joan, en el centro mismo de la herida original.

El estallido sensorial fue inmediato. Al contacto de la plata purificadora con la energía corrompida, Joan soltó un alarido que no era humano; era una frecuencia ultrasónica que hizo estallar los cristales de obsidiana del suelo. Una onda expansiva de electricidad azul y blanca barrió la llanura, arrojando a los Wytches más cercanos hacia atrás.

Vicky no soltó la daga. La electricidad de Joan subió por la hoja de plata y penetró en su propio cuerpo. Sintió cómo sus músculos se contraían violentamente, cómo el sabor a metal le inundaba la boca y cómo su propio corazón parecía detenerse bajo la presión. Pero no lo soltó. Usó el dolor como un ancla, como una prueba de que seguía viva y de que él también lo estaba.

- ¡Vuelve! —rugió ella, mientras la piel de sus propias manos empezaba a ampollarse por las descargas.

Hundió la daga más profundamente, girándola. La plata estaba absorbiendo la oscuridad, tornándose negra, mientras la energía azulina de Joan empezaba a drenarse hacia el cetro que él aún sostenía instintivamente en su otra mano.

La piel traslúcida de Joan empezó a opacarse. Los órganos dejaron de brillar. Sus ojos plateados parpadearon, y por un segundo, solo un segundo, Vicky vio un destello del Joan que ella conocía: un rastro de dolor y súplica humana.

El portal púrpura detrás de ellos emitió un crujido sónico, empezando a colapsar por la falta de energía. Los Wytches, al ver su fuente de poder desvanecerse, lanzaron un chirrido de furia colectiva y se abalanzaron sobre el grupo con sus patas finas como agujas.

- ¡Annie, Ralph! —gritó Vicky, sacando la daga ennegrecida mientras Joan caía en sus brazos, sin sentido y con el cuerpo frío como el hielo, pero por fin, humano otra vez—. ¡El portal se cierra!

Annie, con Ralph a rastras, se lanzó hacia la brecha dimensional. Vicky, sosteniendo a un Joan colapsado, saltó tras ellos justo cuando el primer Wytche intentaba ensartarlas con una de sus patas delanteras. El vacío púrpura se cerró tras ellos con un sonido de succión, sellando el "Pozo del Diablo" y dejando el mundo oscuro atrás.

Cayeron sobre asfalto frío y aire limpio. Habían vuelto, pero el silencio que siguió solo fue roto por la respiración sibilante de Joan, cuya herida en el hombro, marcada por la plata, seguía brillando débilmente en la oscuridad de su propio mundo.

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