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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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5. Verdad revelada
Habían pasado algunos meses, y el conde de Salvatierra con tu familia había viajado al ducado de Restrepo para celebrar el matrimonio de Elvira; eso fue algo que Susanne en el fondo agradeció, sabía que no iba a soportar la pena de ser testigo también del enlace matrimonial, que alguno vez August juró para ella.
Susanne ya no era la misma, ahora hacia las cosas en silencio, se había apagado completamente, bajó varios kilos de peso y parecía solo sobrevivir, sin sueños.
- "Sí que te habías enamorado, pero no es el fin del mundo Susanne, Marcos el caballerango, parece interesado en ti, dale una oportunidad, creo que hacen una linda pareja", dijo Luisa.
- "Yo no voy a amar a ningún hombre, yo me voy a quedar sola toda la vida", expresó Susanne de manera seria y siguió con su trabajo.
Luisa solo encogió los hombres, Susanne había cambiado completamente, y no insistió.
Aquella noche llegó el conde de Salvatierra y su familia, los comentarios de la elegante boda no se hicieron esperar, de los guapos y alegres que se vieron los novios, no pudieron imaginar lo que iba a suceder unos días después.
Aquella mañana habían llegado trabajadores para iniciar los preparativos del compromiso de la otra hija del conde; y los abuelos de Susanne habían vuelto; con ellos ahí Susanne logró sonreír, el amor de ellos era lo único real que tenía en el mundo.
Pero aquella noche, ocurrió la desgracia, varios bandoleros ingresaron a la residencia del conde de Salvatierra, y luego de reducir a los oficiales que custodiaban llevaron a cada uno de los miembros de la familia a la gran sala, mientras reunían a los sirvientes en el jardín.
Desde fuera, los sirvientes solo escucharon los disparos. No los vieron, pero no necesitaron hacerlo para comprender. Aquellos hombres habían acabado con toda la familia del conde, ejecutándolos sin contemplaciones. Luego comenzaron a desordenar la casa, a reunir joyas y objetos de valor, cargándolos en una carreta.
Los sirvientes seguían arrodillados en el jardín, incluido Susanne, sus abuelos y su amiga Luisa, como testigos del gran robo.
De pronto, en un último gesto desesperado, uno de los oficiales apostados en la torre logró disparar una flecha. Esta hirió la oreja del que parecía ser el líder del grupo. El impacto hizo que la tela que cubría su rostro cayera al suelo.
Y entonces lo vieron. Era Lord August. El reciente yerno del conde de Salvatierra. El esposo de Lady Elvira, ahora la única heredera de las tierras y la fortuna de su difunto padre.
La idea inicial había sido simple, muerta la familia del conde de Salvatierra, los sirvientes quedarían como únicos testigos de una masacre cometida por maleantes desconocidos. Pero ahora que su identidad había sido descubierta, August no podía permitirse dejar testigos con vida.
- "Encierren a todos en el granero", ordenó August.
Susanne lo miró suplicante, en un último intento de conectar con el hombre que alguna vez juró amarla, pero fue inútil, ese hombre no le tenía ningún aprecio.
- "¿Qué va a hacer mi Lord?, preguntó uno de sus hombres.debíai padre dijo que no debían haber errores, y esos sirvientes no lo van a provocar, incendien el granero.
- "¿Seguro?", cuestionó del hombre.
- "¡Es una orden!", sentenció August.
Dentro del granero, todos buscaban alguna forma de salir, pero solo había un espacio muy estrecho en las maderas. Para una persona muy delgada.
- "Toma mi niña", dijo el abuelo Teodoro, entregándole un relicario.
- "¿Qué esto? No se preocupen, de seguro pronto nos dejarán salir", expresó Susanne.
- "Mi niña, sabes que no será así, debes escapar, debes salvarte, debes vivir", dijo la abuela Gregoria.
- "Solo lo tengo a ustedes, yo no puedo vivir sin ustedes", replicó Susanne.
De pronto, los gritos de todos ante el fuego que se desataba en la puerta del granero.
- "¡Malditos nos van a quemar vivos!", exclamó Luisa.
- "Huye mi Sussy, y busca al duque de Salamanca y entrégale ese relicario", dijo don Teodoro.
- "Abuelitos", expresó Susanne con la voz quebrada.
- "Tu padre no murió antes de que nacieras, tu padre era un hombre casado, pero tal vez sea el único que pueda ayudarte, búscalo, busca al duque de Salamanca, porque él es tu padre", confesó don Teodoro.
Susanne no podía creerlo, pero ni siquiera tenía tiempo de procesar todo, cuando el humo llenaba el lugar.
El humo comenzó a bajar, quemando los ojos y el pecho. Los gritos se mezclaban con los golpes desesperados contra la madera, pero el fuego ya era imparable.
Susanne tosía, aferrada al relicario que su abuelo le había puesto en la mano.
- “No… no me dejen”, suplicó Susanne.
Don Teodoro no respondió. Había visto el hueco antes, ese espacio estrecho entre dos tablones mal clavados, apenas visible, apenas era posible. Se quitó el abrigo y lo envolvió en su brazo.
- “Escúchame, mi niña, ese espacio es para ti, no mires atrás”, dijo don Teodoro tratando de mantener la calma y se lanzó contra las maderas una primera vez. El calor le quemaba la espalda.
- “¡Abuelo!”, gritó Susanne, intentando detenerlo.
La segunda embestida arrancó un tablón. El aire frío del exterior entró como una cuchillada.
- “¡Ahora! ¡Vive!”, exclamó don Teodoro.
Doña Gregoria empujó a Susanne con todas sus fuerzas. Y las manos de Luisa se sumaron.
- “¡Nos tienes que vengar”, suplicó Luisa con una voz desgarradora que Susanne no olvidaría.
Susanne cayó de rodillas al otro lado, la falda desgarrada, las manos sangrando.
La madera cedió con un estruendo. El humo lo cubrió todo y los gritos fueron desgarradores. Susanne no gritó, porque escuchó a los hombres de August acercarse y no podía permitir que la vieran. Se llevó el relicario al pecho y corrió.
Corrió sin mirar atrás, con la luna escondida y el corazón ardiendo, mientras detrás de ella el granero se convertía en una tumba de fuego; y el motivo de una venganza que cobraría aunque se le fuera la vida.
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