Black fue uno de los asesinos cazarrecompensas más temidos del Clan Luna Negra, hasta que un desamor y el alcohol lo empujaron al Bosque Oscuro, donde debía morir.
Pero sobrevivió… pagando un precio.
Un collar sellado con un anillo lo convierte en el guardián espiritual de Daily, la nueva y más joven líder del clan Yshir, cuyo poder es más una maldición que una bendición. Ex cazadora de monstruos y demonios, Daily está convencida de que el amor es una estupidez innecesaria.
Atados por un sello divino que ninguno pidió, deberán convivir mientras fuerzas hambrientas de poder, monstruos, demonios y antiguos secretos se alzan. Fingir que no sienten nada será parte del trato… porque cuanto más intenten romper el vínculo, más cerca estarán de perderse a sí mismos.
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Destino inevitable
El choque metálico resonó en el aire antes de que Black lograra reaccionar.
Un destello atravesó la niebla y, entre las sombras del bosque, apareció una figura vestida como cazador. El uniforme oscuro se confundía con la noche, y el rostro permanecía cubierto bajo una capucha profunda. Su presencia era abrupta, como si hubiese sido arrancada del mismo bosque.
Las bestias rugieron al verla.
—Genial… —murmuró Black, apoyándose torpemente contra un árbol—. Ahora veo cosas.
La figura no perdió tiempo. Avanzó con pasos firmes, rápidos, calculados. Cada movimiento era preciso, letal. No había duda: quienquiera que fuera, sabía exactamente qué estaba haciendo.
Black parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista. El mareo seguía ahí, la cabeza le latía con fuerza, pero aun así algo no encajaba.
Su silueta era extraña.
Hombros firmes, postura segura… demasiado segura. La forma en que sostenía el arma, la manera en que distribuía su peso antes de atacar. Eso era entrenamiento real. Sin embargo, había curvas donde no deberían estar.
—Definitivamente es el alcohol —pensó con una mueca—. ¿Desde cuándo los hombres se ven así?
El cazador se lanzó contra la criatura de púas, esquivando su cola venenosa por centímetros. El golpe que dio fue limpio, directo, obligando al monstruo a retroceder con un chillido furioso. El lagarto cobra atacó desde el costado, sus espinas vibrando con un sonido seco.
La pelea fue brutal.
Las criaturas se movían con hambre, con desesperación, y el aire se llenó del eco de rugidos, impactos y ramas quebrándose. Black observaba la escena sin poder intervenir, atrapado entre la embriaguez y una sensación incómoda de inutilidad.
Uno de los monstruos logró golpear al cazador de lleno.
El impacto fue violento.
La figura salió despedida contra un árbol cercano, estrellándose con tal fuerza que el tronco se partió con un crujido seco. La madera cayó en pedazos… justo detrás de Black, haciéndolo estremecerse.
—Eso dolió hasta de mirarlo… —murmuró.
Algo salió despedido con el golpe.
Un collar.
Giró en el aire lentamente, como si el tiempo se hubiese detenido solo para ese instante. La pequeña campana dorada tintineó suavemente, su sonido atravesando la niebla como un susurro antiguo. El anillo colgado brilló un segundo, reflejando la luz de la luna… y luego cayó directo dentro de la ropa de Black.
—¿Qué…? —alcanzó a decir, sobresaltado.
La sensación del metal frío contra su piel le provocó un escalofrío extraño, distinto al frío del bosque. Algo más profundo. Más antiguo.
Antes de que pudiera reaccionar, la figura ya estaba de pie otra vez.
Como si el golpe no hubiese significado nada.
En pocos movimientos, rápidos y certeros, noqueó a las bestias. Un golpe al cuello, otro a las patas, el lagarto derribado contra el suelo. En cuestión de segundos, las criaturas quedaron inmóviles, inconscientes, respirando con dificultad.
El silencio regresó al bosque.
La figura se giró hacia Black.
Lo observó en silencio.
Bajo la capucha, él no podía ver su rostro, pero sentía la mirada con claridad. No era una mirada curiosa. Era evaluadora. Fría. Como si estuviera decidiendo algo importante.
—Oye… —intentó decir Black—. Si esto es un sueño, al menos podrías decirme tu nombre.
No hubo respuesta.
La figura dio un paso más cerca. Black intentó incorporarse, pero el mareo lo venció y volvió a caer de rodillas.
Entonces, sin previo aviso, el cazador levantó el puño.
El golpe fue rápido. Preciso.
Todo se volvió negro.
Cuando Black volvió en sí, el aire era distinto. Ya no olía a humedad ni a peligro. El frío del bosque había desaparecido. Estaba tendido en un parque, bajo la luz tenue de la luna, rodeado de bancos vacíos y árboles silenciosos.
Le dolía la cabeza. Le dolía el cuerpo. Le dolía el orgullo.
—Genial… —murmuró—. Ahora también me golpean mis alucinaciones.
No había rastro de la cazadora.
Solo el leve sonido de una campana… apagándose lentamente, como un eco distante.
Muy lejos de allí, entre la oscuridad del bosque, unos ojos rojos como los de un gato observaban desde lo alto de un árbol. Brillaban con diversión, con interés.
Una sonrisa escalofriante se dibujó en la sombra.
El sonido de la campana marcó el momento exacto en que sus destinos dejaron de pertenecerles.