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Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Iliana Y El Enigma Del Abismo.

Status: En proceso
Genre:Supervivencia
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Caro Tovar

Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.

Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.

En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.

En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.

Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.

NovelToon tiene autorización de Caro Tovar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Regreso Anhelado. Volver con otra mirada.

Con la decisión ya asentada en su interior, buscó a un arquitecto.

No quería una reforma superficial. Necesitaba una transformación coherente con lo que ella misma estaba viviendo. Durante horas caminaron la propiedad en silencio, observando ángulos, midiendo distancias, evaluando estructuras. Él hablaba de vigas, cimentaciones y cargas. Ella pensaba en la luz, en la respiración, en el futuro.

Cada cambio debía tener sentido.

Reforzar la estructura principal. Abrir un ventanal hacia el este para que el amanecer entrara sin obstáculos. Ampliar la cocina para convertirla en el corazón de la casa. Rediseñar el jardín, no como ornamento, sino como espacio de encuentro.

Nada sería improvisado.

No buscaba lujo. Buscaba equilibrio.

Incluso pidió que se conservaran algunas imperfecciones: una pared de piedra original, el leve crujido de la escalera restaurada, la chimenea como centro visible. No quería borrar la historia del lugar. Quería integrarla.

Mientras los trabajos avanzaban, visitaba la casa con casco y botas, observando cómo el polvo y el ruido daban paso lentamente a formas definidas. Cada pared levantada era una afirmación silenciosa: esto permanece.

Aún vacía, la casa ya no le parecía abandonada.

Veía más allá de las herramientas dispersas y los suelos cubiertos de protección. Imaginaba cuadros en las paredes, libros en los estantes, voces llenando los espacios.

Había posibilidades.

Cuando finalmente obtuvo el título de propiedad, lo sostuvo entre sus manos como si pesara más de lo que el papel indicaba. Su nombre impreso no era solo identidad legal; era arraigo.

Después vino la parte menos romántica.

Permisos. Inspecciones. Certificaciones. Documentos que viajaban de oficina en oficina. Firmas que se acumulaban. Sellos que parecían tardar una eternidad.

Aprendió a esperar sin desesperarse.

Había esperado cosas más difíciles.

El día que regresó y encontró la restauración concluida, la sensación fue distinta. La casa ya no era promesa. Era realidad.

Entró sola.

El eco era diferente. Más contenido. Más amable. La luz atravesaba los nuevos ventanales con generosidad. El suelo renovado mantenía su carácter, pero sin desgaste.

Subió las escaleras con lentitud, tocando la baranda pulida. Se asomó a cada habitación como si saludara a un futuro inminente.

Aún no había muebles.

Y, sin embargo, el espacio no se sentía vacío.

Cerró los ojos en el centro del pasillo del segundo piso. En su mente escuchó pasos pequeños corriendo. Una puerta que se cierra con prisa. Una risa que rebota contra las paredes recién pintadas.

Sonrió.

Salió esa misma tarde con la intención de comenzar a amueblar. Visitó tiendas amplias, luminosas, llenas de opciones. Sofás de líneas modernas. Mesas robustas de madera natural. Cortinas ligeras que dejaban pasar la luz.

Tomó medidas. Observo revistas. Evaluó texturas.

Pero algo no encajaba.

Veía a las familias elegir juntas.

Padres inclinándose sobre catálogos, niños opinando con entusiasmo desbordado, parejas debatiendo colores como si el mundo dependiera de esa decisión mínima. Había risas suaves, desacuerdos breves, miradas cómplices.

Sintió una punzada leve.

No fue un dolor abierto.

Fue algo más sutil.

Una conciencia repentina de lo que faltaba. De las decisiones que aún no podía compartir. De la mesa que no debía escoger sola, del sofá donde todavía no se habían sentado juntos.

No era envidia. Era ausencia.

Aquella casa merecía ser construida en conjunto. No quería decidir sola qué lámpara iluminaría las cenas ni qué cama sostendría sueños nuevos.

Salió sin comprar nada.

El teléfono sonó antes de que llegara al coche.

Respondió con calma, aunque el corazón ya intuía la noticia.

La aprobación estaba confirmada.

La reunificación había sido autorizada oficialmente.

Por primera vez en mucho tiempo, tuvo que apoyarse contra el vehículo para sostener el impacto de la emoción. No lloró. No gritó. Pero el aire le faltó unos segundos.

Todo comenzaba a alinearse.

Regresó a sus oficinas y dedicó las siguientes semanas a cerrar procesos pendientes. Reestructuró inversiones, delegó operaciones, consolidó las participaciones. No quería distracciones cuando volviera.

Firmó contratos finales con pulso firme.

Había construido estabilidad.

Ahora debía recuperar lo esencial.

Compró el boleto de avión con una sensación que mezclaba ansiedad y alivio. Observó la fecha en la pantalla. Era concreta. Definitiva.

Pensó en llevar regalos. Caminó por tiendas especializadas, evaluó opciones. Pero cualquier objeto parecía insuficiente frente al tiempo perdido.

Decidió esperar.

Elegirían juntos.

El día del viaje llegó con una claridad casi simbólica. Preparó una maleta pequeña. Ropa necesaria. Documentos. Nada más.

No necesitaba llevar pruebas de éxito ni demostraciones de poder.

Lo importante era su presencia.

En el aeropuerto, el bullicio le resultó ajeno. Familias despidiéndose. Ejecutivos apresurados. Niños curiosos observando aviones.

Para ella, cada paso hacia la puerta de embarque era una afirmación.

Subió al avión y tomó asiento junto a la ventana. Observó cómo la pista se extendía frente a ella como una línea que conectaba dos etapas de su vida.

Era la primera vez que volaba.

Esperó sentir inseguridad.

No ocurrió.

Cuando el avión despegó, sintió el impulso físico hacia atrás y el suelo alejándose con rapidez. Miró por la ventana mientras la ciudad se hacía pequeña.

No estaba huyendo.

Estaba regresando.

Durante el trayecto, su mente se llenó de preguntas.

¿Cómo explicar tres años de ausencia?

¿Qué versión sería suficiente para protegerlos sin exponerlos?

La verdad completa era impensable.

Zombis.

Incluso pensarlo resultaba absurdo.

Había decidido contar una historia coherente, plausible, diseñada para cerrar grietas sin abrir nuevas.

No mentía para engañar.

Mentía para preservar.

Cuando el avión aterrizó, su corazón golpeó con fuerza contenida. El impacto contra la pista la trajo de vuelta al presente.

Había llegado.

Al cruzar las puertas del aeropuerto, el aire cálido la envolvió como un abrazo anticipado. Reconoció el olor de su tierra antes incluso de identificar el paisaje.

Ese aroma no se olvida.

Avanzó hacia la salida sintiendo que cada paso era más ligero que el anterior. Las calles conocidas comenzaron a desfilar en frente. Esquinas familiares. Colores que despertaban memorias dormidas.

No todas eran nítidas.

Pero eran suyas.

Cuando el vehículo se detuvo, respiró profundo antes de subir.

Estaba en casa.

Y aunque el abrazo la aguardaba, sabía que su futuro no habitaba allí.

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Débora Jael Lemaire
muy bueno
caro Tovar: Gracias por el apoyo ☺️
total 1 replies
caro Tovar
Me encanta 😍
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