Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 13 – Un invitado inesperado
Briana
El timbre sonó a media tarde, justo cuando Pía y Teo terminaban de recoger los lápices de colores con los que habían estado dibujando. Mi corazón se aceleró un poco, porque sabía quién estaba del otro lado de la puerta: Daniel, mi compañero de la universidad, había aceptado venir a ayudarme con el idioma.
—¡Yo abro! —gritó Pía, corriendo antes de que pudiera detenerla.
La seguí hasta la entrada, y ahí estaba él: alto, de cabello castaño, mochila al hombro y una sonrisa tranquila que parecía querer inspirar confianza.
—Hola, ¿qué tal? —saludó—. Espero no molestar.
—No, para nada, pasa —respondí enseguida, apartándome para dejarlo entrar.
Pía lo miraba como si acabara de encontrar a un personaje nuevo en su mundo.
—¿Tú eres amigo de Briana? —preguntó con total naturalidad.
—Soy su compañero —contestó él, inclinándose un poco para hablarle—. Venimos de la misma universidad.
Pero antes de que pudiera decir algo más, una voz seca lo interrumpió.
—¿Y para qué tienes que venir aquí? —preguntó Teo, con el ceño fruncido.
Estaba en el sofá, muy cerca de su padre, con los brazos cruzados y una expresión que no dejaba lugar a dudas: no le gustaba nada la presencia de Daniel.
—Vine a ayudar a Briana con sus clases de idioma —respondió Daniel, todavía cordial.
—Ella no necesita ayuda. Nosotros podemos ayudarla —replicó el niño, lanzándome una mirada como si esperara que lo respaldara.
Sentí un rubor incómodo en las mejillas.
—Teo, no seas maleducado —dije suavemente—. Daniel vino con buena intención.
El niño bufó y volvió a cruzarse de brazos. No se movió del sofá, quedándose pegado a Maicol, que trabajaba con su portátil y algunos planos extendidos sobre la mesa baja. Él no levantó la vista, pero yo sabía que estaba escuchando cada palabra. Su silencio tenía un peso que me erizaba la piel.
—Podemos sentarnos en la mesa —le dije a Daniel, intentando mantener la calma en el ambiente.
Nos acomodamos frente a frente, y él sacó un cuaderno. Pía, como siempre, nos siguió y se quedó observando con curiosidad. Teo permaneció en el sofá, pero su mirada vigilante no se apartaba de nosotros.
Daniel comenzó con frases básicas, corrigiendo mi pronunciación. Era paciente, sonreía cada vez que me equivocaba, y trataba de hacerme sentir segura. Yo agradecía su disposición, pero me costaba concentrarme. No era por él, sino por la sensación constante de tener los ojos de Maicol sobre mí, incluso aunque no los levantara de su computadora.
—Muy bien, inténtalo otra vez —me dijo Daniel, señalando una palabra.
—“Yesterday I went to the market” —dije, despacio.
—Eso es, mejor —respondió él, animándome.
Pero de pronto, una voz grave interrumpió:
—No arrastres tanto la “r”. Suena más limpio si la cortas.
Levanté la vista. Era Maicol. Ni siquiera había apartado la mirada de sus planos, pero su comentario fue exacto.
Daniel sonrió, algo incómodo.
—Tienes buen oído —le dijo, con una risa forzada.
Maicol no respondió, solo pasó la página del documento como si no hubiera dicho nada importante.
Mi corazón latía más rápido de lo normal. No era por la corrección, sino porque sabía que me estaba prestando atención, aunque se negara a mostrarlo del todo.
Seguimos con la práctica, pero pronto Teo se acercó a la mesa, interrumpiendo.
—Eso no lo explicas bien —le soltó a Daniel—. Ella todavía se confunde.
—Teo… —intenté frenarlo.
—No pasa nada —contestó Daniel con calma—. Es normal equivocarse, todos pasamos por eso.
—Pues no se nota que tú lo hayas pasado —replicó Teo, con ironía.
Me llevé una mano a la frente, sintiendo la tensión subir. Iba a retarlo con más firmeza, pero entonces Maicol habló de nuevo, con una voz tan firme que hizo que el niño se detuviera en seco.
—Teo. Ya basta.
El chico apretó los labios y regresó al sofá, aunque sin dejar de lanzar miradas de desconfianza.
Intenté recomponerme y seguir con la lección, pero la concentración ya me había abandonado. Cada vez que Daniel se inclinaba hacia mí para corregir una palabra, sentía el calor de la mirada de Maicol en la nuca, aunque no lo viera. Y me odié un poco por eso, porque no era Daniel quien me ponía nerviosa… era él. Era Maicol.
Pía, aburrida, terminó trepándose a mi regazo.
—Bri, ¿cuándo jugamos?
—En un rato, princesa —le prometí, acariciándole el cabello.
Ella asintió, pero se quedó allí, pegada a mí, como si quisiera marcar territorio.
Al cabo de un rato, Daniel cerró su cuaderno y me dedicó una sonrisa.
—Lo hiciste muy bien. Estoy seguro de que vas a mejorar rápido.
—Gracias —respondí, con sinceridad, aunque deseando que aquel ambiente pesado se disipara.
Pía lo saludó con la mano, Teo lo ignoró por completo y yo lo acompañé hasta la puerta.
Cuando regresé a la sala, Maicol estaba guardando sus papeles. Teo seguía pegado a él, como si no se hubiera movido en toda la tarde.
—Parece un buen muchacho —dijo Maicol, con un tono neutro.
—Sí… lo es —contesté, aunque la incomodidad se me notaba en la voz.
Él sostuvo mi mirada unos segundos más de lo necesario, y luego cerró la laptop.
—La próxima vez, procura que no se alargue mucho. Los niños te necesitan también.
Asentí en silencio, con el corazón latiendo desbocado. No eran las palabras en sí, sino la forma en que las dijo, como si detrás hubiera algo más que no se atrevía a poner en voz alta.
Y fue ahí, mientras él recogía sus cosas y Teo lo miraba como si nada hubiera ocurrido, que lo comprendí con una claridad que me asustó: no era Daniel quien me alteraba. Era Maicol.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce