"En los libros de historia, Jeon Youngjae era un monstruo. En persona, es mi mayor tentación." Kang Yoona es una estudiante de historia que sabe cómo termina la vida del joven Rey Youngjae: traicionado, solo y ejecutado. Pero cuando un antiguo espejo la arrastra al año 1520, Yoona no cae en un libro de texto, sino en los brazos del hombre más peligroso de Corea. Él es un tirano que no confía en nadie; ella es una intrusa que conoce todos sus secretos y su trágico final. Para sobrevivir, Yoona deberá jugar un juego mortal: ¿Cambiará la historia para salvar al hombre que ama, aunque eso signifique borrar su propio futuro? En una era de acero y sangre, la verdad es el arma más peligrosa.
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Capítulo 23: La grieta en la eternidad
El aire en el dormitorio real se había vuelto denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara. El éxtasis de nuestra noche de coronación, ese calor líquido que aún recorría mis venas tras la entrega de Youngjae, se congeló de golpe. No era el frío de la noche de Hanyang lo que me hacía temblar, sino el brillo esmeralda que emanaba de la esquina oscura de la habitación.
Allí, sobre el suelo de madera laqueada, un fragmento del espejo de bronce que yo misma había jurado destruir palpitaba como un corazón moribundo.
—¿Qué es esa brujería? —La voz de Youngjae fue un rugido bajo, peligroso.
Se levantó del lecho con la agilidad de un depredador, ignorando su propia desnudez. Su mano buscó instintivamente la espada que descansaba cerca de la cabecera, pero sus ojos no se apartaron del brillo verdoso. El resplandor iluminaba las cicatrices de su torso, dándole un aspecto de deidad guerrera atrapada en una pesadilla alquímica.
—Es el espejo… —susurré, envolviéndome en las sábanas de seda roja, sintiendo que el suelo bajo mis pies se volvía inestable—. No se destruyó del todo. Está reaccionando a él.
—¿A quién, Yoona? ¿A ese hombre que viste en la multitud? —Youngjae se giró hacia mí. Su rostro, que momentos antes se había suavizado con el amor, ahora era una máscara de furia posesiva. Dio un paso hacia mí, tomándome de los hombros con una fuerza que no pretendía hacerme daño, pero que revelaba su desesperación—. Dime quién es ese "maestro" de tu tiempo. ¿Viene a reclamar lo que es mío?
—Es el Dr. Kim —respondí, con la voz quebrada—. Fue mi mentor. Él me vio desaparecer. Si está aquí, significa que el tiempo está intentando corregirse, Youngjae. El fragmento… es un ancla. Mientras exista, el portal puede abrirse de nuevo.
El Rey soltó una maldición que pareció desgarrar el aire. Caminó hacia el fragmento y, antes de que pudiera detenerlo, intentó aplastarlo con la empuñadura de su espada. Pero el acero rebotó contra la luz esmeralda con un estrépito metálico que vibró en las paredes. El fragmento no se movió; en su lugar, el zumbido aumentó, un tono agudo que me taladraba el cráneo.
—¡NO! —grité, tapándome los oídos—. No puedes romperlo con fuerza bruta. Reacciona a la energía del viaje. Si él tiene el dispositivo que creo que tiene, puede arrastrarme de vuelta sin que yo pueda evitarlo.
Youngjae se quedó helado. La palabra "arrastrarme" pareció herirlo más que cualquier flecha enemiga. Volvió a mi lado y me rodeó con sus brazos, apretándome contra su pecho con una intensidad que me cortaba el aliento. Sentía los latidos de su corazón, rápidos y pesados, como tambores de guerra.
—Nadie te arrastrará a ninguna parte —gruñó contra mi oído—. No me importa si es un dios o un demonio de tu siglo. Si intenta ponerte una mano encima, le enseñaré por qué la historia me teme.
La cacería del hombre de sombra
Youngjae no esperó al amanecer. Vestido con su túnica negra de combate y con el rostro endurecido por una resolución mortal, convocó al Capitán de la Guardia y a sus "Sombras", el cuerpo de espías más letal del palacio.
Yo estaba sentada en el diván, todavía envuelta en la seda, observando cómo Youngjae daba órdenes con una frialdad que me recordaba al hombre que conocí en el jardín, pero con un matiz nuevo: una obsesión aterradora.
—Quiero a ese hombre —ordenó Youngjae, señalando hacia el patio exterior—. Un hombre con vestiduras extrañas, una capa larga y oscura. No lo matéis. Quiero que esté vivo cuando yo mismo le arranque los secretos de su tiempo. Cerrad todas las puertas de la ciudad. Registrad cada posada, cada monasterio, cada rincón de Hanyang. Si alguien lo oculta, su linaje terminará hoy.
—¡Youngjae, espera! —intervine, poniéndome en pie—. El Dr. Kim no es un guerrero. Es un hombre de ciencia. Si lo acorralas como a un animal, podría activar el dispositivo y causar un desastre. Podría borrar este palacio entero de la existencia.
El Rey se detuvo y miró a sus guardias, indicándoles que se retiraran. Cuando estuvimos solos, caminó hacia mí. Me tomó del rostro, obligándome a mirar la oscuridad de sus pupilas.
—Me pides paciencia cuando el destino está llamando a mi puerta para robarme mi vida —dijo, su voz temblando de rabia contenida—. Ese hombre es una amenaza para nosotros, Yoona. Mientras él esté aquí, tú no eres libre. Eres una prisionera del tiempo esperando a ser ejecutada. Y no voy a permitirlo.
—Lo sé —susurré, acariciando su mano—. Pero déjame ir contigo cuando lo encuentren. Él confía en mí. Puedo convencerlo de que me deje aquí.
Youngjae soltó una risa seca, sin rastro de alegría.
—¿Confiar en él? ¿Después de que te dijo que el tiempo no perdona la traición? No, Yoona. Tú te quedarás aquí, bajo la guardia de cien hombres. Yo iré a buscar a tu "maestro" y le demostraré que el Rey de Joseon no negocia con el futuro.
Me besó con una pasión que sabía a despedida y a guerra. Fue un beso duro, posesivo, que buscaba marcarme una vez más antes de enfrentarse a lo desconocido. Salió de la alcoba sin mirar atrás, dejándome sola con el fragmento esmeralda que seguía pulsando en la esquina, como un ojo que nunca dormía.
El encuentro en el Templo de la Bruma
Pasaron las horas como si fueran siglos. Los informes llegaban al palacio: la ciudad estaba en estado de sitio. Youngjae estaba peinando personalmente los alrededores del Templo de la Bruma, un lugar sagrado en las colinas donde los mercaderes extranjeros solían buscar refugio.
No pude quedarme quieta. Usando el pasadizo detrás del trono que Youngjae me había mostrado —el mismo que él planeó para mi escape—, logré escabullirme de mis doncellas. Llevaba una capa de viaje oscura y el pequeño cuchillo de jade que Youngjae me había regalado para mi protección. Sabía que si el Dr. Kim estaba en alguna parte, sería en los lugares donde la energía del espejo era más fuerte.
Llegué al templo justo cuando el sol empezaba a teñir el cielo de un rojo violáceo. Allí, entre las estatuas de piedra cubiertas de musgo, vi la silueta de la gabardina oscura. El Dr. Kim estaba de pie frente a un altar antiguo, sosteniendo el cronómetro de plata que brillaba con la misma luz esmeralda que el fragmento en mi alcoba.
—Sabía que vendrías, Yoona —dijo, sin girarse—. Siempre fuiste la mejor de mis alumnas, pero también la más impulsiva.
—¿Qué haces aquí, Dr. Kim? —pregunté, mi mano apretando el mango del cuchillo—. ¿Cómo cruzaste?
Él se giró. Su rostro estaba demacrado, sus ojos cargados de una fatiga que trascendía los años.
—No crucé para rescatarte, Yoona. Crucé para detenerte. Al quedarte aquí, al salvar a Youngjae, has alterado la línea temporal de forma catastrófica. Las excavaciones en el siglo XXI están desapareciendo. El palacio que estudiamos ya no existe en las ruinas. Estás borrando el futuro.
—¡Este es mi presente! —grité—. ¡Este hombre es real! ¡Sus sentimientos son reales! No soy una pieza de un museo, Dr. Kim. Soy una mujer que ha encontrado su lugar.
—Tu lugar es la muerte de la historia —sentenció él—. Si no vuelves conmigo ahora, el tejido del tiempo se rasgará. Y Youngjae… él será el primero en desaparecer. Su supervivencia es una anomalía que el universo no puede sostener.
De repente, una flecha silbó en el aire, clavándose a milímetros de los pies del Dr. Kim.
—¡ALÉJATE DE ELLA! —la voz de Youngjae rugió desde la entrada del templo.
El Rey emergió de la niebla como una aparición infernal. Su espada estaba desenvainada, y sus ojos brillaban con la locura de quien está dispuesto a quemar el cielo para proteger su tesoro. Detrás de él, sus guardias rodeaban el altar.
—¡No, Youngjae! ¡Detente! —intenté interponerme, pero Youngjae me apartó con un brazo, protegiéndome con su cuerpo mientras apuntaba al Dr. Kim.
—Así que tú eres el arquitecto de mi destino —dijo Youngjae, su voz gélida—. Dices que no debería existir. Dices que ella debe volver a un mundo de máquinas y soledad.
—Digo la verdad, Rey de Sangre —respondió el Dr. Kim, activando el cronómetro. El zumbido se volvió ensordecedor—. Ella no te pertenece. Pertenece a la eternidad.
—Ella me pertenece a mí —rugió Youngjae—. Porque yo la elegí en este siglo, y ella me eligió a mí. Y si el tiempo quiere llevársela, tendrá que matarme primero.
El Dr. Kim presionó un botón en su dispositivo. Una onda de choque esmeralda barrió el templo, lanzando a los guardias al suelo. El aire alrededor del altar empezó a distorsionarse, creando un remolino de luces que mostraba ráfagas de Seúl: rascacielos, coches, luces de neón.
El portal se estaba abriendo de verdad.
Youngjae se aferró a mi cintura, clavando sus pies en la tierra, luchando contra la succión invisible que intentaba arrastrarme hacia la luz.
—¡YOONA, NO ME SUELTES! —gritó él, su rostro contorsionado por el esfuerzo y el terror puro.
El erotismo de nuestra unión, la fuerza de nuestra noche de pasión, todo se resumía en ese agarre desesperado. Sentí que mi cuerpo se volvía etéreo, que mis pies dejaban de tocar el suelo de Joseon. El Dr. Kim extendió su mano hacia mí.
—Ven, Yoona. Es tu última oportunidad. Si te quedas, morirás cuando la paradoja se resuelva.
Miré a Youngjae. Miré sus ojos obsidianos, llenos de un amor que no sabía amar sin poseer, un amor que prefería el fin del mundo antes que la pérdida. En ese momento, recordé la promesa que nos hicimos bajo la seda roja.
—¡Prefiero morir en sus brazos que vivir un siglo sin él! —le grité al Dr. Kim.
Con un movimiento desesperado, saqué el cuchillo de jade y, en lugar de atacar al Dr. Kim, lo lancé hacia el cronómetro de plata. El impacto fue perfecto. El cristal del dispositivo se hizo añicos, y la luz esmeralda implosionó con un estruendo que nos dejó sordos.
El portal desapareció. El Dr. Kim cayó de rodillas, mirando los restos de su tecnología. El zumbido cesó, dejando solo el sonido de la respiración agitada de Youngjae.
Él me soltó y, sin decir una palabra, se lanzó sobre el Dr. Kim, poniéndole el filo de la espada en el cuello.
—No lo mates —susurré, cayendo al suelo por el agotamiento—. Ya no puede hacernos nada. Se ha quedado atrapado aquí con nosotros.
Youngjae miró al hombre caído y luego me miró a mí. La furia en sus ojos se disolvió en un alivio tan profundo que lo dejó temblando. Guardó su espada, tomó al Dr. Kim por el cuello de su gabardina y lo levantó sin esfuerzo.
—Bienvenido a Joseon, hombre del futuro —dijo Youngjae, su voz recuperando su autoridad real—. Espero que te gusten nuestras mazmorras. Porque vas a pasar mucho tiempo contándome exactamente cómo evitar que mi Reina desaparezca.
Me tomó en sus brazos, cargándome como el trofeo más valioso de su guerra contra el tiempo. Mientras bajábamos de la colina, vi cómo el fragmento del espejo en mis manos se apagaba definitivamente. Habíamos ganado una batalla, pero la advertencia del Dr. Kim seguía resonando en mi mente: El tiempo no perdona la traición.
Youngjae me apretó más contra él, besando mi frente.
—No importa lo que venga, Yoona. Ahora el futuro es nuestro. Y si el tiempo intenta buscarnos de nuevo, nos encontrará listos.
Si llegaste hasta aquí, ya sabes una cosa:
esta historia NO es un romance normal.
Aquí no hay príncipes…
hay un rey que destruye todo lo que toca.
Y Yoona…
ella sabe exactamente cómo termina su historia.
💔 Sabe cómo muere el hombre del que se está enamorando.
Ahora dime tú…
👇
¿Lo salvarías… o dejarías que el destino lo destruya?
👀 Lean con cuidado, porque lo que viene en los próximos capítulos…
no todos están listos para soportarlo.
— GIA 💞