"Ella es la inocencia que él no puede tocar. Él es el pecado que ella no puede evitar."
Lucía Bennet es dulce, romántica y nunca ha conocido el amor. Como asistente de Dante Moretti, sabe que él es un hombre prohibido: está comprometido con una heredera poderosa y una cláusula en su contrato le prohíbe acercarse a él bajo pena de una demanda millonaria.
Dante es implacable y frío, pero la pureza de Lucía ha despertado en él una obsesión que no puede controlar. Tras la fachada del CEO perfecto, se esconde un deseo insaciable que amenaza con destruirlo todo.
Atrapados en una suite en Milán, la línea profesional se rompe. Entre una boda por interés, una familia que exige obediencia y un contrato legal implacable, ambos se hunden en una pasión clandestina.
NovelToon tiene autorización de Arianna Rose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El hielo y la seda
La mañana avanzaba entre documentos legales y el sonido incesante de las fotocopiadoras. Lucía había intentado mantener una distancia de seguridad, limitándose a entregar carpetas y tomar notas en silencio durante la reunión con los abogados. Sin embargo, cada vez que Dante hablaba, ella sentía la vibración de su voz en la boca del estómago. Él, por su parte, no dejaba de seguirla con la mirada cada vez que ella cruzaba la sala, una atención silenciosa y pesada que los abogados italianos empezaban a notar.
Cerca de la una de la tarde, la puerta de la oficina se abrió sin previo aviso. No fue un golpe suave, sino una entrada triunfal.
—Espero que no sea un mal momento para rescatar a mi prometido de este aburrimiento —anunció Alessia Van Doren.
Vestía un conjunto de dos piezas en color crema que gritaba exclusividad parisina. Entró en la habitación como si fuera la dueña del edificio, desprendiendo un perfume floral tan intenso que borró el aroma a café y papel. Dante se puso de pie, recuperando su máscara profesional, aunque Lucía notó que sus hombros se tensaban.
—Alessia. No te esperaba —dijo Dante, permitiendo que ella le diera un beso protocolario en la mejilla.
—Lo sé, querido. Pero mi padre dice que trabajas demasiado y he decidido que Milán es demasiado hermosa para pasarla encerrado en este cubículo gris —Alessia giró la cabeza y, como si acabara de notar la presencia de Lucía, entornó sus ojos perfectamente maquillados—. Oh, Lucía. Sigues aquí.
—Es mi trabajo, señorita Van Doren —respondió Lucía con voz suave, bajando la vista hacia sus notas.
—Qué dedicada —comentó Alessia con un tono cargado de condescendencia—. Dante, querido, ¿podrías pedirle a tu... secretaria que me traiga un té verde? El vuelo de ayer me dejó algo deshidratada y los asistentes del lobby son terriblemente lentos.
El silencio que siguió a la petición fue ensordecedor. Lucía sintió que el rostro le ardía. No era por el hecho de servir un té —lo hacía a diario para Dante—, sino por la forma en que Alessia lo pedía: como si Lucía fuera una sirvienta de rango inferior y no la asistente ejecutiva que manejaba los hilos de la firma.
Dante miró a Lucía. Ella vio en sus ojos grises una chispa de furia, una tormenta contenida. Él sabía que Alessia estaba intentando humillarla deliberadamente para dejar claro quién mandaba.
—Lucía no es una camarera, Alessia —dijo Dante. Su voz era baja, peligrosa—. Si quieres un té, puedo llamar al servicio de catering de la oficina.
—Oh, no seas tan dramático, Dante —rió Alessia, restándole importancia con un gesto de la mano—. Seguro que a ella no le importa ser útil. Después de todo, para eso le pagas, ¿no? Para facilitarnos la vida.
Lucía sintió que se le partía el corazón. Miró a Dante, esperando, quizás, una defensa más férrea, pero también comprendía la posición de él. Estaban en medio de una fusión multimillonaria con la familia de esa mujer. Un escándalo allí podría arruinar años de trabajo.
—No se preocupe, señor Moretti. Iré por el té —dijo Lucía, poniéndose de pie con la dignidad que le quedaba. Prefería retirarse antes de estallar en lágrimas frente a ellos.
—Esa es una buena chica —añadió Alessia, sentándose en la silla de Dante y empezando a hojear unos documentos confidenciales como si fueran revistas de moda.
Lucía salió de la oficina lo más rápido que pudo. Una vez en el pasillo, se detuvo y respiró hondo, tratando de tragar el nudo de humillación en su garganta. No se dio cuenta de que Dante había salido detrás de ella hasta que sintió su mano sujetando su brazo, llevándola hacia un rincón apartado junto a los ventanales del pasillo.
—Lucía, espera —dijo él. Su voz estaba llena de una urgencia que nunca le había escuchado.
—Déjeme ir por ese té, señor. Es mejor así —dijo ella, tratando de soltarse—. Ella tiene razón. Usted me paga por ser útil. No quiero causar problemas con su prometida.
Dante la acorraló contra el cristal, bloqueando su salida con su cuerpo. Estaba respirando agitadamente.
—Me importa un bledo el té, Lucía. Y me importa aún menos lo que Alessia piense en este momento. La forma en que te ha hablado... —apretó los dientes—. No vuelvas a permitir que nadie, ni siquiera ella, te trate como si fueras invisible.
—¿Y qué quiere que haga? —preguntó ella con lágrimas en los ojos—. Ella es su futura esposa. Ella tiene el poder y yo no tengo nada. Usted no la detuvo de verdad.
Dante golpeó suavemente el cristal con el puño, frustrado por su propia impotencia legal.
—No puedo romper este compromiso hoy, Lucía. Hay contratos de hierro que me atan a su familia. Pero no me pidas que vea cómo te humilla y que me quede callado. Cada palabra que te dijo me dolió más a mí que a ti.
—No mienta, señor Moretti —susurró ella—. Usted eligió este camino.
—Lo elegí antes de saber que existía una mujer como tú —respondió él, acercando su rostro al de ella, ignorando que Alessia estaba a solo unos metros, tras la puerta de la oficina—. Ahora mismo, lo único que deseo es llevarte lejos de aquí y pedirte perdón por cada segundo de esta farsa.
El deseo y la culpa se mezclaron en el aire. Dante estaba al límite. La presencia de Alessia, en lugar de alejarlo de Lucía, estaba provocando el efecto contrario: estaba despertando en él una necesidad feroz de proteger a su asistente y de reclamarla frente al mundo entero.