Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La trampa
El trayecto hacia la antigua residencia De La Vega era un viaje a través de la neblina de sus propios recuerdos. Miranda apretaba el volante con fuerza, sintiendo cómo la rabia y la traición de Lissandro se mezclaban con la sed de justicia. Quería llegar, quería ver a Andrés a los ojos y demostrarle que la niña que él destruyó ya no existía.
Sin embargo, a pocas calles de su destino, un sedán oscuro se le atravesó de forma brusca, obligándola a frenar en seco. Los neumáticos chirriaron contra el asfalto frío. Antes de que pudiera reaccionar o dar marcha atrás, otro vehículo se detuvo justo detrás de ella, bloqueándole cualquier salida.
Miranda llevó la mano a la guantera, buscando su defensa, pero se detuvo al ver que los hombres que bajaban de los autos no vestían como los matones de los Lara. Eran el equipo táctico de Lissandro.
—¡Señora Saavedra, no puede seguir! —exclamó uno de ellos, acercándose a su ventanilla con gesto urgente.
—¡Quítense del camino! —ordenó Miranda, bajando el cristal, con la mirada encendida—. No pedí su ayuda ni su protección.
—No es una orden de escolta, es una advertencia de seguridad —respondió el hombre, manteniendo la calma—. Detectamos un movimiento inusual en el perímetro del edificio. No es solo Andrés. Hay hombres armados rodeando la propiedad y el sistema de gas del edificio ha sido manipulado. Si usted entra por la puerta principal, volará por los aires antes de verle la cara a Lara.
Miranda se quedó helada. Lissandro no solo la estaba siguiendo; sus hombres acababan de salvarle la vida de una trampa que ella, cegada por el dolor, no había previsto.
—Lissandro los envió para detenerme, ¿verdad? —preguntó ella, apretando los dientes.
—El señor Saavedra nos envió para asegurar que usted se encuentre bien —respondió el guardia, ofreciéndole un auricular—. Él sabe que usted conoce los pasadizos. Pero quiere que lleve esto. Si va a entrar en ese nido de ratas, no lo hará a ciegas.
Miranda miró el auricular y luego la silueta del edificio a lo lejos. Entendió que, aunque su relación con Lissandro estaba rota, en la guerra contra Helios, él seguía siendo su único aliado real. Tomó el dispositivo, se bajó del auto y miró al jefe del equipo.
—No entraré, volvamos a casa — respondió Miranda pensando que si algo le pasaba su hija quedaría sola.
El jefe del equipo táctico asintió, visiblemente aliviado. Sabía que forzar a Miranda a retroceder habría sido imposible si ella no lo hubiera decidido por sí misma. Sin perder un segundo, le abrió la puerta del vehículo blindado y escoltó su regreso.
Mientras tanto, en lo alto del antiguo edificio De La Vega, la desesperación empezaba a carcomer a Andrés Lara. Caminaba de un lado a otro en la vieja biblioteca, golpeando los muebles con frustración. Había pasado horas preparando la escena, esperando ver aparecer el coche de Miranda para activar el mecanismo que lo redimiría ante sus nuevos amos.
—¿Dónde está? ¡Debería estar aquí! —gritó Andrés al vacío.
Desde las sombras de la habitación, una figura permanecía inmóvil. El jefe de Sombras de Helios lo observaba con un desprecio gélido. Para él, Andrés no era más que una herramienta desgastada.
—Te dio miedo, Andrés —dijo la voz desde la oscuridad, profunda y calmada—. Ella es más inteligente de lo que recordabas. O quizás, Lissandro Saavedra la ha entrenado mejor de lo que esperábamos.
—¡No! ¡Ella vendrá! ¡Este lugar es su debilidad! —suplicó Andrés, sintiendo el sudor frío correr por su nuca. Sabía que si fallaba en atraer a Miranda, su utilidad para Helios terminaría esa misma noche.
—Tu oportunidad se ha esfumado —sentenció la sombra, poniéndose de pie—. Miranda ha elegido a su hija por encima de su pasado. Eso la hace más peligrosa, pero a ti... a ti te hace innecesario.
Andrés retrocedió, tropezando con una pila de libros viejos. Miró por la ventana y vio las luces traseras de los vehículos alejándose. Miranda se iba. Estaba a salvo, lejos de su alcance, regresando a la fortaleza que Lissandro había construido para ella.
En la mansión, Lissandro esperaba en la entrada, con el corazón en un puño. Cuando vio aparecer el convoy y a Miranda bajar del auto, ilesa pero con la mirada endurecida, sintió que podía volver a respirar. Ella caminó hacia él, ignorando cualquier gesto de afecto, y se detuvo a un paso de distancia.
—No lo hice por ti —dijo ella, con una voz que no admitía réplicas—. Lo hice porque Lía merece una madre viva, no una mártir de tus secretos.
Sin decir más, Miranda entró en la casa buscando el refugio de su hija, dejando a Lissandro con la amarga victoria de tenerla a salvo, pero sabiendo que el perdón estaba más lejos que nunca. La guerra contra Helios no había terminado; simplemente se había movido de las ruinas del pasado a los cimientos de su propio hogar.