Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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19. Conduce y no te distraigas
El pasillo estaba en penumbras, iluminado solo por la luz de la luna que se filtraba por los ventanales. Estrella avanzaba con confianza, como si conociera la casa mejor que él, sus pies descalzos silenciosos sobre el mármol frío. Lucio la alcanzó justo cuando ella llegaba a la puerta principal, su mano cerrándose alrededor de su brazo para detenerla.
- “Espérame”, gruñó Lucio, abriendo el armario del recibidor con la otra mano.
Lucio sacó una chaqueta de cuero negra y se la tendió.
- “Ponte esto. Hace frío afuera”, dijo Lucio.
Estrella observó la prenda por un segundo antes de tomarla, deslizándosela por los hombros con movimientos deliberadamente lentos. El cuero crujió al ajustarse a su cuerpo, moldeándose a sus curvas.
Lucio tragó saliva cuando ella se inclinó para recoger el bolso de diseñador que había dejado abandonado en una silla, la chaqueta abriéndose lo suficiente para darle una vista perfecta de sus pechos colgando, pesados y perfectos, bajo la camisa.
- “¿Listo?”, preguntó Estrella, enderezándose, los ojos brillando con algo más que determinación.
- “No. Pero no por las razones que crees”, admitió él, ajustándose el bulto en los pantalones con un gesto brusco.
Ella no respondió. Solo abrió la puerta y salió a la noche, el aire frío golpeándolos de inmediato.
Lucio la siguió, cerrando con llave antes de dirigirse al garaje donde su auto, un Porsche 911 negro, bajo y potente, los esperaba. Estrella ya estaba junto a la puerta del copiloto cuando él activó la alarma, el sonido agudo rompiendo el silencio de la madrugada.
- “Subete”, ordenó Lucio, abriendo la puerta para ella con un gesto que era mitad caballerosidad, mitad urgencia.
Estrella se deslizó dentro, el cuero de la chaqueta chirriando contra el asiento de cuero del auto. Lucio no pudo evitar mirar cómo la tela de la camisa se levantaba al sentarse, dejando ver un destello de su tanga negra antes de que ella cruzara las piernas con elegancia. Dios, esta mujer va a matarme, pensó, cerrando su puerta con más fuerza de la necesaria.
El motor rugió a la vida, un sonido gutural que vibró en el pecho de Lucio. Estrella se inclinó hacia adelante, ajustando el espejo retrovisor con movimientos precisos, sus dedos rozando el panel de control.
Cada pequeño contacto como el crujir del cuero bajo su peso, el olor a su perfume mezclándose con el aroma a cuero nuevo del auto, el sonido de su respiración, ligeramente acelerada era una tortura para Lucio.
- “¿Sabes cómo llegar?”, preguntó ella, girando hacia él, una pierna doblada bajo su cuerpo, la otra estirada, el muslo rozando el cambio de marchas.
Lucio asintió, poniendo el auto en movimiento.
- “Sé cada curva de ese maldito camino. Lo recorrí una docena de veces después del accidente, buscando… no sé, algo, una pista, una razón”, respondió, acelerando hacia la salida de la propiedad.
Estrella lo observó en silencio por un momento, la luz de los faros iluminando su perfil mientras el auto se adentraba en la carretera desierta.
- “¿Y encontraste algo?”, preguntó Estrella finalmente, su voz más suave, casi vulnerable.
- “Solo más preguntas como por qué el sistema de seguridad falló justo ese día”, confesó Lucio, apretando el volante hasta que los nudillos palidecieron.
Estrella no dijo nada, pero Lucio sintió su mirada quemando el costado de su rostro. Cuando finalmente habló, su voz era un susurro cargado de algo oscuro, algo que hizo que el vello de sus brazos se erizara.
- “Entonces vamos a encontrar respuestas. Porque siento que si hay algo que sé hacer bien, Lucio, es cazar a quienes piensan que pueden jugar conmigo”, dijo Estrella, deslizando una mano sobre su muslo, los dedos fríos incluso a través del tejido de sus pantalones.
La mano subió, acercándose peligrosamente a su entrepierna. Lucio contuvo el aliento, el auto desviándose ligeramente antes de que lograra corregir el rumbo.
- “Estrella”, advirtió Lucio de nuevo, pero esta vez su voz era ronca, quebrada.
- “Conduce y no te distraigas, todavía”, fue todo lo que ella dijo, apretando los dedos alrededor del músculo tenso de su muslo.
Lucio soltó el aire lentamente y fijó la vista en la carretera. La mano de Estrella no descendió más, tampoco se apartó. El gesto ya no era una provocación. Era algo más profundo, una forma de afirmarse, de recordarse que estaba viva.