Alelí juró vengar la muerte de sus padres infiltrándose en la mafia, pero jamás planeó enamorarse del hijo de su peor enemigo.
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Cena con el enemigo.
La relación entre Alelí y Maykol avanzaba con una naturalidad que asustaba.
Cada día se conocían un poco más, no a través de grandes confesiones, sino de pequeños gestos: la manera en que él le servía café sin preguntarle cómo lo quería, porque ya lo sabía; la forma en que ella reconocía cuándo él necesitaba silencio y cuándo compañía. Habían aprendido a leerse entre líneas.
Y eso no estaba en el plan.
Alelí seguía adelante con su misión, pero ahora cada paso pesaba más. En su mente, la venganza seguía siendo el objetivo final, la razón por la que había sobrevivido tantos años. Sin embargo, su corazón empezaba a traicionarla.
No había planeado enamorarse.
No había planeado dudar.
Maykol no era el monstruo que ella había imaginado al principio. Era un hombre roto, marcado por la violencia que no eligió, atrapado en un apellido que odiaba tanto como ella.
Y aun así… era un Zurita.
El apellido del hombre que había asesinado a sus padres.
—Quiero que vengas a una cena familiar —dijo Maykol una noche, mientras caminaban tomados de la mano—. Quiero presentarte oficialmente.
Alelí sintió que el estómago se le contraía.
—¿Tu familia? —preguntó, intentando sonar tranquila.
—Sí. Todos estarán allí.
Ella sonrió.
—Me encantaría.
Por dentro, la emoción y el miedo se mezclaban de una manera peligrosa. Aquello era lo que había esperado durante tanto tiempo: entrar a la boca del lobo, ver de frente al asesino de sus padres, estar en el mismo espacio que él.
La oportunidad perfecta.
—¿Puedo llevar a mi familia? —preguntó.
Maykol frunció ligeramente el ceño.
—Claro —respondió—. Me encantaría conocerlos.
Alelí tragó saliva.
—Solo son Anita… y su mamá.
Maykol sonrió con suavidad.
—Entonces serán bienvenidas.
La mansión de los Zurita era imponente.
Un lugar que respiraba poder desde cada rincón: muros altos, jardines perfectamente cuidados, luces cálidas que ocultaban más secretos de los que revelaban. Alelí observó todo con atención. Cada salida, cada ventana, cada posible amenaza.
Maykol no vivía ahí permanentemente, pero pasaba gran parte de su tiempo en la mansión debido al trabajo y, sobre todo, por su hermana Anahí.
—No te preocupes —le dijo mientras avanzaban—. Nadie te faltará al respeto.
Alelí asintió.
—No es eso —respondió—. Solo… es mucho.
Maykol apretó suavemente su mano.
—Estoy contigo.
Anita caminaba unos pasos detrás, acompañada de su madre. Ambas miraban el lugar con asombro, aunque Anita también con una alerta silenciosa. Conocía a Alelí demasiado bien para no notar su tensión.
—¿Estás bien? —le susurró.
—Sí —respondió Alelí—. Mejor que nunca.
Pero Anita no terminó de creerle.
La familia Zurita era numerosa.
Tíos, tías, primos, parientes lejanos. Risas que sonaban demasiado forzadas, miradas que evaluaban con rapidez. Alelí sentía cada par de ojos sobre ella, midiendo, juzgando.
Y entonces lo vio.
Al padre de Maykol.
El hombre que había ordenado la muerte de sus padres.
Estaba sentado en la cabecera de la mesa, con una copa de vino en la mano, observándolo todo con frialdad. No era exageradamente imponente, pero su presencia se sentía pesada, opresiva. Un hombre acostumbrado a que el mundo se doblegara ante él.
Alelí sostuvo su mirada solo un segundo.
Fue suficiente.
El odio la atravesó como un rayo.
Pero no se movió. No tembló. Solo sonrió.
—Papá —dijo Maykol—. Ella es Melisa, mi novia.
El hombre la observó con detenimiento, como si intentara leerla por dentro.
—Encantado —dijo con voz grave—. Bienvenida a nuestra casa.
—Gracias —respondió Alelí—. Es un honor.
Cada palabra era una mentira bien ensayada.
Poco después, Anahí pareció.
Era incluso más bonita de lo que Maykol había descrito. Tenía una sonrisa dulce, una mirada limpia, todavía intacta por la crueldad del mundo.
—¡Así que tú eres la famosa Melisa! —dijo con entusiasmo—. Mi hermano no deja de hablar de ti.
Maykol rodó los ojos.
—No es cierto.
Alelí rió, sincera.
—Encantada, Anahí.
La chica la abrazó sin dudar, y ese gesto desarmó a Alelí por un segundo. Pensó en todo lo que estaba en juego. En lo que pasaría si su plan llegaba al final.
—Ojalá no te pierda —pensó—. Ojalá no te rompa.
Durante la cena, las conversaciones fluían con aparente normalidad. Negocios disfrazados de anécdotas, risas medidas, copas que se llenaban una y otra vez.
Fue entonces cuando Maykol se acercó acompañado de un hombre alto, de mirada amable.
—Quiero que conozcan a alguien importante para mí —dijo—.
Te presento a Luis, ella es Melisa, mi novia. Y ellas son Anita y la señora Rosa.
—Mucho gusto —dijo Luis, extendiendo la mano—. Soy médico cirujano… y el amigo que sobrevive a Maykol desde la infancia.
Anita tomó su mano y sonrió.
—Mucho gusto.
Hubo algo en ese instante. Una chispa leve, casi imperceptible. Una mirada que duró más de lo normal.
—¿Eres médica? —preguntó Luis.
—No —respondió Anita—. Estudiante… y mesera nocturna.
Luis arqueó una ceja.
—Interesante combinación.
—La vida no siempre es simple —respondió ella.
Ambos sonrieron.
Maykol observó la escena con una leve sonrisa.
—Cuidado —le dijo a Luis en voz baja—. Ella muerde.
—Perfecto —respondió Luis—. Siempre me gustaron los retos.
Anita fingió no escucharlos, pero el leve rubor en sus mejillas la delató.
Alelí observaba todo desde su asiento.
La mesa.
El asesino.
La familia.
Todo aquello que había soñado enfrentar durante años estaba frente a ella. Y aun así, no sentía la satisfacción que esperaba. Solo un cansancio profundo… y miedo.
—¿Te pasa algo? —le preguntó Maykol en voz baja.
—No —respondió ella—. Solo estoy pensando.
Él tomó su mano bajo la mesa.
—Gracias por estar aquí.
Alelí lo miró.
—Gracias por confiar en mí.
Ambos sonrieron, sin saber cuán peligrosa era esa confianza.
La cena terminó sin incidentes, pero no sin sospechas.
El padre de Maykol observó a Alelí una última vez antes de levantarse de la mesa. Sus ojos se entrecerraron apenas.
—Interesante elección, hijo —dijo—. Muy interesante.
Maykol sostuvo la mirada.
—Lo sé.
Alelí sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
La puerta se había abierto.
Y ya no habría marcha atrás.
Mientras se despedían, Anita intercambió una última mirada con Luis.
—Tal vez podamos tomar un café algún día —dijo él, casual.
—Tal vez —respondió ella—. Si sobrevives a este mundo primero.
Luis sonrió.
—Lo intentaré.
Alelí observó la escena y, por primera vez en mucho tiempo, pensó que quizá no todo estaba destinado a terminar en tragedia.
Pero en la mansión Zurita, las sombras nunca dormían.
Y la flor…
ya había entrado en el jardín del enemigo.