Renace en un mundo mágico, en un matrimonio sin amor, pero decidida a cambiar su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico *
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Guerra 3
Al día siguiente, Helen y Dylan se encerraron desde temprano en el despacho grande de la mansión Lewis.
No hubo paseos.
No hubo bocetos de cortinas.
No hubo té relajado.
Solo papeles, números y memoria.
Helen llevaba un vestido claro, pero su expresión era dura, concentrada. Dylan extendió sobre la mesa varias carpetas traídas del archivo familiar, junto con copias de libros contables, registros bancarios y cartas comerciales.
—Hoy vamos a hacer algo que Claud jamás esperó.. Reconstruir cada paso que dio usando su nombre.
Helen asintió.
—Quiero todo.. Cada moneda. Cada contrato. Cada palabra que haya usado para comprometerme sin mi permiso.
Comenzaron por los libros de cuentas.
Helen se inclinó sobre ellos, pasando páginas con rapidez, pero sin perder detalle. Cada vez que veía una transacción sospechosa, golpeaba suavemente la mesa con el dedo.
—Aquí.. Este retiro fue dos días después de la boda.
Dylan anotó.
—¿Autorizado por usted?
—Jamás.
—Entonces va a la lista.
Siguieron con transferencias a casas comerciales, pagos adelantados, reservas de mercancía, inversiones en rutas mercantes que Helen nunca había aprobado.
Cada línea era una traición más.
[Así que mientras yo fingía dolor de vientre… él ya estaba vaciando mis cofres.]
Luego pasaron a los contratos firmados.
Dylan desplegó varios documentos sobre la mesa, algunos con el sello Opathi, otros con imitaciones burdas del sello Lewis.
—Este lo firmó con la casa Norhaven.. quien construye los carruajes Prometió una inversión conjunta “aprobada por su esposa”.
Helen leyó el párrafo con los labios apretados.
—Conocere a Lady Norhaven, quizas tengamos negocios, pero no con la familia Opathi
Lo marcaron.
Uno por uno.
Contratos de vino.
Contratos de especias.
Contratos de barcos.
Contratos de préstamos.
Algunos ya habían recibido adelantos.
Otros solo estaban “en palabra”, pero con testigos.
Helen no perdonó ninguno.
—Incluye todo.. Aunque solo haya sido una promesa verbal.
Después vino la parte más venenosa.. las palabras.
Dylan había enviado discretamente emisarios a tabernas finas, clubes de comerciantes y salones nobles.
Los informes comenzaron a llegar al mediodía.
—Claud dijo que usted iba a financiar una nueva ruta hacia el sur.
—Prometió apoyar la ampliación del puerto.
—Insinuó que la casa Lewis compraría tierras cerca del río.
—Aseguró que usted estaba “totalmente de acuerdo” con un préstamo a la casa Viremont.
Helen cerró los ojos al escuchar cada frase.
[Usó mi nombre como moneda.]
—Escribe todo.. Con fechas. Con testigos. Con lugares.
Dylan obedeció.
La lista crecía.
Una página.
Dos páginas.
Cinco páginas.
Diez páginas.
Cuando cayó la tarde, la mesa estaba cubierta de documentos, anotaciones y copias selladas.
Helen se dejó caer en la silla, agotada.
—¿Cuánto?
Dylan revisó sus cálculos.
—En dinero ya retirado o comprometido… cerca de ochenta mil monedas.
—En promesas futuras… más del doble.
Helen cerró los ojos un instante.
[Así que ese era su plan. Hundirme con él.]
Abrió los ojos con una frialdad nueva.
—Perfecto.
Dylan la miró.
—¿Perfecto?
—Ahora tenemos el mapa completo de su crimen.. Sin huecos. Sin dudas.
Tomó la lista final y la sostuvo entre las manos.
—Esto no es solo para recuperar mi dinero.. Esto es para demostrar que nunca fue un esposo. Fue un estafador con anillo.
Dylan inclinó la cabeza, impresionado.
—Con esto podemos demandarlo, congelar sus bienes y destruir cualquier credibilidad que le quede.
Helen no sonrió.
No estaba satisfecha.
Estaba lista.
—Haz tres copias.. Una para el templo.. Una para los bancos.. Y una para cada casa comercial afectada.
Dylan asintió.
—¿Y la original?
Helen la guardó en una carpeta de cuero con el sello Lewis.
—Esa es mía.
Se puso de pie lentamente.
—Porque cuando Claud Opathi caiga… quiero mirarlo a los ojos sabiendo que yo misma escribí su sentencia.
Y mientras la luz del atardecer entraba por la ventana e iluminaba la montaña de pruebas sobre la mesa, Helen Lewis entendió algo con una claridad brutal..
Ya no estaba defendiéndose.
Estaba contraatacando.
Esa misma noche, cuando la mansión Lewis ya estaba en silencio y las velas comenzaban a encenderse una a una en los corredores, el carruaje de Claud Opathi volvió a detenerse frente a la entrada principal.
Traía flores otra vez.
Un ramo grande, exagerado, perfumado.
Como si los pétalos pudieran borrar contratos, humillaciones y robos.
El mayordomo dudó, pero Claud avanzó con seguridad, como si todavía fuera el dueño de algo allí.
Helen estaba en el salón pequeño, revisando unas cartas con Dylan, cuando uno de los criados entró nervioso.
—Mi lady… Lord Opathi insiste en verla.
Helen alzó la vista lentamente.
Sus ojos ya no tenían duda.
Ni tristeza.
Solo una calma tensa, peligrosa.
—Déjalo pasar
Claud entró con una sonrisa ensayada, vestido con elegancia, como si nada hubiera pasado. Extendió el ramo hacia ella.
—Helen, querida… He venido a ver si ya se te pasó el enojo.
Ella no tomó las flores.
Claud rió suavemente, como si estuviera hablando con una niña caprichosa.
—Vamos… sabes cómo son estas cosas. A veces las mujeres están más sensibles de lo normal. Yo lo entiendo. Y te perdono.. Si vuelves ahora conmigo a la mansión Opathi, dejaremos todo esto atrás.
Helen lo miró.
No parpadeó.
No respondió.
Por un segundo, Claud pensó que estaba ganando.
—Después de todo.. tú me amas. Siempre me has amado. Y sabes que te necesito a mi lado.
Entonces pasó algo que no esperaba.
Helen no gritó.
No discutió.
No lloró.
Simplemente giró la cabeza hacia la puerta y dijo con voz baja..
—Guardias.
Dos hombres armados entraron de inmediato.
Claud frunció el ceño.
—¿Qué significa esto, Helen? No hagas un escándalo innecesario.
Ella se puso de pie.
Su rostro estaba pálido.
Sus manos cerradas en puños.
Sus ojos… ardían.
—Sáquenlo de mi casa.
Claud abrió la boca, sorprendido.
—¿Cómo te atreves? ¡Soy tu esposo!
Helen dio un paso al frente.
Y entonces él lo vio.
La furia pura en sus ojos.
No histeria.
No dolor.
Odio frío. Despierto. Definitivo.
—No.. No eres nada mío.
Los guardias lo tomaron por los brazos.
Claud empezó a forcejear.
—¡Helen, esto es una locura! ¡Vas a arrepentirte! ¡Estás cometiendo un error!
Ella no se movió.
No apartó la mirada.
—Fuera.
Los guardias lo arrastraron hacia la puerta. Las flores cayeron al suelo, desparramándose como una burla patética.
Y fue en ese instante, mientras era empujado hacia el exterior, cuando Claud realmente entendió.
No estaba perdiendo una discusión.
No estaba enfrentando un berrinche.
Estaba perdiendo a Helen.
Y con ella… su acceso a la fortuna Lewis.
El miedo le subió por la espalda como hielo.
[La anulación es real.]
Por primera vez desde que todo empezó, Claud Opathi sintió terror.
No por amor.
No por soledad.
Sino por algo mucho más grave..
Había subestimado a la mujer que acababa de convertir en su enemiga.