Sol ha sobrevivido diez años sin nombre, sin recuerdos y sin más compañía que el dolor. Desde que despertó a los dieciocho sin saber quién era, su vida se convirtió en golpes y tortura. Pero todo cambia cuando llega al castillo del rey demonio... Y él, sin explicación alguna, le pide matrimonio.
¿Acaso ya se conocen? Quizás, el secreto de su recuerdos sean la respuesta porque él la ama tanto.
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Capitulo 5
Sol dormía inquieta. Su cuerpo se movía sobre la cama con pequeños sobresaltos, atrapado en un sueño que cambiaba entre imágenes nítidas y recuerdos desordenados. Su respiración era agitada, como si luchara contra algo que no podía ver.
En su sueño, aparecían escenas del pasado. Una mujer, su madre, la observaba con dulzura.
— Hija, no te preocupes. Sé que lo harás bien.
— Madre, no estoy acostumbrada a cuidar a un príncipe, y menos si se trata del reino vecino.
— Es un muchacho bueno. Solo quiere conocer nuestro reino. Estará aquí un año. Mira lo hermosa que eres. De seguro le agradarás.
— De acuerdo, madre. Lo haré por ti. Y por el rein…
Las imágenes se distorsionaron. El ambiente del sueño cambió abruptamente. El olor a humo y sangre llenó el aire. Los gritos reemplazaron la calma. La figura de su madre apareció de nuevo, pero esta vez desesperada.
— ¡Sol, vete con el príncipe!
— ¡Pero madre!
— ¡Sálvense ustedes dos!
Una espada atravesó a la mujer por la espalda. La sangre salpica hasta su rostro. Su cuerpo cayó sin fuerza. El grito de Sol resonó dentro del sueño.
— ¡MADRE!
El impacto la hizo despertar. Sol abrió los ojos de golpe con la respiración entrecortada. El cuarto estaba oscuro y silencioso. Noel, sentado junto a la cama, la observaba con preocupación.
— ¿Sol?
Ella se llevó una mano a la frente, tratando de ordenar los fragmentos del sueño.
— ¿Qué hora es?
— No lo sé. Ya está todo oscuro.
— ¿Has estado conmigo todo este tiempo?
— Sí. Vinieron sirvientas para despertarte, pero no las dejé entrar. Les dije que estabas mal. Y luego… —su estómago gruñó—… no tengo hambre.
Sol lo miró con una mezcla de cansancio y ternura.
— No me mientas. Vamos a buscar comida. Yo también tengo hambre.
Ambos salieron al pasillo. El reloj marcaba las nueve de la noche. El castillo estaba silencioso. En ese instante, una sirvienta caminó hacia ellos. Era la misma mujer que le había mostrado las instalaciones cuando llegó.
Sol recordó su nombre justo a tiempo.
— Disculpa… Catrina.
Catrina se detuvo, visiblemente sorprendida.
— Señora… No debería llamarme por mi nombre.
— ¿Por qué no? No me gusta llamar “criada” a nadie.
— A la reina no le interesa nuestro nombre. Pensé que a usted tampoco.
— Yo no veo a las personas como objetos. Permíteme llamarte por tu nombre.
Catrina sonrió con suavidad.
— De acuerdo. ¿En qué puedo ayudarle?
— Buscamos la cocina.
— ¿La cocina? Podría avisar para que le preparen algo.
— Prefiero hacerlo yo misma.
— Entonces sígame, Sol.
Mientras avanzaban por los corredores, Catrina habló con cautela.
— Sol, perdona la pregunta. ¿Cómo se llamaba la casa donde trabajabas?
— La casa Meyer.
Catrina se detuvo unos segundos. Sus manos temblaron ligeramente.
— En esa casa… ¿no había un niño albino?
Sol intentó recordar. Su vida antes de llegar al castillo era un conjunto de imágenes borrosas. No logró recordar nada.
— Lo siento. No creo que hubiera uno en esa casa.
— Está bien.— resopló con un poco de tristeza.
Continuaron avanzando hasta llegar a una puerta clausurada.
— Vaya… Ya cerraron la cocina.
— ¿Por qué hacen eso? —preguntó Sol.
— Son órdenes de la reina Antonieta. Cree que nos robaremos la comida. Pero no se preocupe. La llevaré a la mansión de las flores. Ahí vivimos las mujeres que el rey rescató. Bueno… fue Gael quien lo hizo. Aun así, le agradecemos al rey.
Salieron del castillo. La mansión de las flores estaba iluminada por lámparas colgadas en la entrada. Catrina dio dos palmadas y las luces del interior se encendieron. Dentro, una mujer cocinaba y otra leía tranquilamente.
La mujer de la cocina observó a Sol con desconfianza.
— ¿Ella es? La famosa prometida del rey.
Sol se sentó junto a Noel.
— Yo no quería comprometerme. Solo pedí quedarme con este niño.
La mujer siguió moviendo la sartén sin mirarla.
— Pues gracias a eso, la reina Antonieta se va a divorciar del rey. Y todo ese caos será por ti.
Sol bajó la mirada.
— Lo siento. No quise provocar nada. Tampoco quiero casarme con él.
— No te disculpes —intervino Catrina— Ruth, no seas tan dura.
Ruth dejó un plato sobre la mesa.
— ¿Crees que estamos molestas contigo por sacar a la reina? Al contrario. Preferimos a cualquiera antes que a esa mujer. Nos odia por venir de Mandrágor. Nos desterró del castillo.
La otra mujer, Sofía, cerró su libro con fuerza.
— ¿Qué dijiste? ¿No quieres casarte con él?
Sol la miró, confundida.
— ¿Eh?
Sofía levantó un retrato del rey.
— ¡Dije que por qué no quieres casarte con él! ¡Míralo! ¿Cómo no vas a querer casarte con alguien así?
Ruth le dio un golpe en la cabeza con la sartén.
— Cálmate, Sofía. La vas a espantar.
Sol respiró hondo.
— No quiero casarme, pero lo haría por Noel. Para darle una buena vida.
Sofía frunció el ceño.
— Algo no me cuadra. ¿Por qué el rey se casaría contigo? Eres una esclava. Vienes del reino más pobre del continente.
— Es lo que también me pregunto —murmuró Sol.
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Mientras tanto, en una oficina recién renovada del castillo, Gael discutía con el rey.
— Señor, piénselo de nuevo. No puede casarse con esa mujer. ¿Qué ganará el reino? No puede divorciarse de Antonieta. Y dígame al menos quién es ella.
Lumiel exhaló con cansancio.
— Gael, eres mi mano derecha. Confía en mí. Esto beneficiará al reino. Ya tenemos alianza con los Alberich. Ahora falta Mandrágor.
— ¿Qué quiere decir?
— Me preguntaste quién es ella. Te lo diré todo.
A las afueras de la mansión de las flores, dos figuras se ocultaban entre los arbustos. Una de ellas, Antonieta, observaba la entrada con ojos fríos de resentimiento.
— Mi señora… Por favor no lo haga. Si el rey la descubre…
Antonieta la miró con rabia contenida.
— ¿Insinúas que esa esclava está por encima de mí? ¿Crees que me sacarán del castillo? Mucho más motivo para convertirla en hielo.
La reina avanzó hacia la mansión con una expresión asesina.