Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
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LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
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14. Una silla vacía
La sala del directorio del Conglomerado Portugal no conocía el silencio. Era un espacio diseñado para imponer respeto, había mesa de madera oscura de quince puestos, ventanales de piso a techo con vista a la ciudad, una pantalla central donde parpadeaban cifras que no se detenían por tragedias personales.
- “No podemos seguir así. Las filiales internacionales están solicitando lineamientos. Los inversionistas quieren garantías. La prensa ya empezó a especular”, dijo el director financiero, ajustándose los lentes.
- “Estrella Portugal no puede dirigir una corporación desde una clínica. Necesitamos elegir un presidente interino”, sentenció otro.
La silla principal, la de cabecera, permanecía vacía. Y era más elocuente que cualquiera de ellos.
Alex estaba sentado a la derecha. No llevaba bata médica. Llevaba puesto un traje azul oscuro, lucía impecable, pero su postura no era la de un hombre que hubiese crecido entre balances y adquisiciones hostiles. Era la de un cirujano en territorio ajeno.
Camila estaba a su lado, demasiado serena, demasiado compuesta. Sus manos descansaban sobre la mesa con una elegancia casi ensayada. Solo observaba, no intervenía. Sus ojos recorrían a cada directivo como si estuviera tomando nota mental de quién hablaba y cómo lo hacía.
“Con todo respeto, doctor Alex, usted no tiene experiencia corporativa. Es médico, y además…”, intervino la directora legal.
Hizo una pausa estratégica, que cuestionaba cada decisión.
- “Está casado con la dueña de una empresa que ha recibido respaldo financiero del Conglomerado Portugal en los últimos cuatro años. Hay un evidente conflicto de interés”, continuó la directora legal.
Un murmullo recorrió la mesa. Alex no respondió de inmediato. Camila inclinó apenas la cabeza, como si el movimiento de una reina invisible hubiese sido ejecutado.
- “Mi esposa recibió inversión bajo los mismos criterios técnicos que cualquier otra compañía. Y fue aprobada por este mismo directorio”, dijo Alex, firme.
- “A propuesta de Estrella, respondió otro. “Y ahora Estrella no está”, añadió.
- “No podemos permitir que el conglomerado quede en manos de alguien sin experiencia solo por ser hijo de la presidenta. Esto no es una herencia sentimental. Es una estructura que mueve millones”, insistió el director financiero.
Camila habló por primera vez. Y cuando lo hizo, nadie interrumpió.
- “Curioso. Cuando mi madre estaba aquí, nadie dudaba de su criterio. Ahora que no está, cuestionan todas sus decisiones, incluso las que ustedes aprobaron por unanimidad”, dijo Camila de manera calmada. Su tono no era agresivo, era elegante, y eso incomodaba más.
- “Estamos hablando de gobernanza corporativa, Camila”, respondió la directora legal.
- “No. Están hablando de poder”, dijo Camila sosteniendo la mirada.
Se inclinó apenas hacia adelante, todos se quedaron en silencio, supusieron que era el punto más débil de Estrella Portugal.
- “Mi madre no ha muerto. No ha renunciado. No ha sido declarada incapaz. Está en recuperación”, expresó Camila.
- “Pero no puede ejercer”, insistió el financiero.
- “Temporalmente”, corrigió ella.
La palabra quedó suspendida. Alex respiró hondo.
- “No estoy postulando a la presidencia, pero tampoco permitiré que conviertan esta situación en una lucha de buitres”, dijo Camila.
Algunos se removieron incómodos.
- “Entonces, ¿qué propone?”, preguntó uno de los accionistas mayores.
Y fue ahí donde se sintió, ese algo. Como si la sala estuviera siendo observada por alguien que no estaba físicamente presente. Camila apoyó las manos sobre la mesa.
- “Propongo un comité ejecutivo transitorio. Tres miembros del directorio. Supervisión conjunta. Sin elecciones apresuradas. Sin fracturas internas. Y con la cláusula expresa de que la presidencia sigue perteneciendo a Estrella Portugal hasta que ella misma determine lo contrario”, dijo Camila.
Hubo un murmullo más fuerte esta vez. No era una niña emocional, era estratégica, parecida a la versión joven de Estrella.
- “Eso paraliza decisiones de alto nivel”, dijo el financiero.
- “No, las distribuye”, respondió Camila con una media sonrisa leve. “Además, cualquier intento de elección extraordinaria podría activar cláusulas de revisión en nuestros contratos internacionales. Dudo que quieran abrir auditorías externas en este momento”, añadió casi de manera casual.
Eso sí los hizo callar. Alex la miró de reojo. No sabía de dónde había sacado esa información, pero allí estaba, serena, controlando, como si Estrella respirara a través de ella.
- “Su madre siempre dijo que el poder no se toma cuando hay humo. Se espera a que el fuego se apague”, dijo uno de los accionistas más antiguo. Camila sostuvo su mirada.
- “Mi madre también dijo que nunca se abandona el trono solo porque otros se impacienten”, expresó Camila.
La silla vacía en la cabecera parecía menos vacía ahora. La votación no fue unánime, pero el comité transitorio fue aprobado. No hubo nuevo presidente, no todavía.
Cuando la reunión terminó, los directivos se retiraron con la sensación incómoda de que habían intentado desplazar a una reina y habían descubierto que incluso sin memoria, incluso sin presencia física, seguía gobernando.
Alex se acercó a su hermana cuando quedaron solos.
- “¿Desde cuándo sabes de cláusulas internacionales?”, preguntó Alex.
Camila tomó su bolso, lo miró y sonrió con esa calma que nunca era del todo transparente.
- “Desde que entendí que mamá nunca perdió el poder, solo lo delega sin que nadie lo note”, respondió Camila.
Y mientras salían, la silla de Estrella quedó allí, vacía, pero indiscutiblemente suya.