Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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A si moriré
Raeliana apareció en el pasillo, con el niño en brazos. Vio la escena. No dijo nada.
Leonard la miró.
Y entendió todo sin que ella hablara.
—Vámonos, Raeliana.
Ella negó con la cabeza.
—No puedo.
Leonard miró al conde con desprecio.
—Esto no termina aquí.
Y salió de la mansión dando un portazo.
En la siguiente reunión, Raeliana supo que algo había cambiado.
Entró al salón y las conversaciones no bajaron. No fingieron no verla. Solo la miraron.
Dos mujeres hablaban a pocos pasos.
—Pobre condesa…
—Dicen que la otra duerme en la habitación principal.
—Yo no podría soportarlo.
Raeliana pasó junto a ellas.
La miraron con lástima. Sin disimulo.
Más adelante, otra dama le habló directo:
—Debe ser difícil vivir así, condesa.
Raeliana no respondió. Siguió caminando.
Entonces lo vio entrar.
El conde.
Y a su lado, la joven rubia.
Vestida como una dama noble. Tomada de su brazo.
Se sentaron juntos. A la vista de todos.
Nadie dijo nada. Nadie necesitaba decirlo.
Desde ese día, empezó a presentarla.
—Lady Margare
Ese fue el nombre que comenzó a escucharse en todas partes.
Margare ya no era una invitada. Caminaba como si la casa le perteneciera. Opinaba, decidía, ordenaba.
Y empezó a mirar a Raeliana como si estorbara.
Un día, un sirviente corrió por el pasillo gritando:
—¡El conde! ¡La señorita Margare se ha envenenado!
La mansión se llenó de ruido.
Raeliana salió de su cuarto confundida.
Encontró a Margare acostada, pálida, con el médico a su lado.
—Intentaron matarme —susurró Margare con voz débil—. La condesa… me dio el té.
Raeliana se quedó sin palabras.
—¿Qué dices?
El conde la miró con una furia que nunca antes había mostrado.
—¿Hasta dónde eres capaz de llegar?
—¡Yo no hice nada!
El médico levantó un frasco.
—Si no hubiese tomado el antídoto a tiempo, habría muerto.
Raeliana entendió. Pero ya era tarde.
Nadie la escuchaba.
Esa misma tarde, el conde dio la orden:
—Empaque sus cosas. Se va de esta casa.
—Mis hijos…
—Se quedan aquí.
Raeliana lloró por primera vez frente a él.
—No puede hacerme esto.
—Ya lo hice.
Salió de la mansión con un pequeño equipaje.
Fue al palacio de sus padres.
La recibió su madre en la puerta.
—¿Qué has hecho, Raeliana?
—No hice nada, madre.
—Toda la ciudad habla de ti. No puedes quedarte aquí.
Y cerró la puerta.
Raeliana se quedó sola.
Su hermano estaba en campaña militar. No tenía a nadie.
Caminó sin rumbo. Pasó la noche fuera. Nadie la reconocía ya como condesa.
Al anochecer, se internó en el bosque para acortar camino hacia el pueblo.
Escuchó pasos detrás.
Voces.
Hombres.
Aceleró el paso.
Corrió.
Tropezó y cayó por una pendiente hasta el río. Se golpeó fuerte. Intentó levantarse.
Los hombres bajaron.
Uno la sostuvo del brazo.
Otro sacó una espada.
Raeliana intentó soltarse.
Sintió el filo entrar en su abdomen.
El dolor fue inmediato.
Cayó al suelo, respirando con dificultad.
Mientras la sangre manchaba el agua del río, entendió.
Uno de los hombres dijo este es un regalo de lady Margare la nueva condesa .
Raeliana pensó tuve 5 años casada con ese conde le di lo que tanto quería un heredero,y al final me traicionó .
maldito imbécil.
Pensó en sus hijos.
Pensó en todo lo que había vivido.
Y por primera vez deseó no haber obedecido nunca.
Cerró los ojos.
Y murió.