Su padre debía millones.
Él necesitaba una esposa.
Ella fue la garantía.
Cuando Alessia Lombardi es obligada a casarse para pagar la deuda millonaria de su padre, descubre que su nuevo esposo no es solo un hombre frío y poderoso, sino el heredero de una de las organizaciones más peligrosas del país. El contrato es claro: un año de matrimonio, sin amor y sin sentimientos. Pero nadie les advirtió que el odio puede transformarse en algo mucho más intenso.
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Capítulo 8
...Lealtades frágiles...
Dormí poco esa noche.
No por miedo.
Por exceso de pensamiento.
Las palabras de Isabella no eran lo que me inquietaban.
Era la forma en que Thiago no las negó.
“Alianzas forzadas siempre tienen consecuencias.”
Si alguien había planeado nuestro matrimonio, esa persona seguía moviendo piezas.
Y nosotros apenas comenzábamos a entender el tablero.
A la mañana siguiente, la casa estaba más tensa de lo habitual.
Dos hombres nuevos custodiaban la entrada.
Uno no apartó la vista de mí cuando bajé las escaleras.
Eso era nuevo.
Thiago estaba en el despacho.
La puerta entreabierta.
Voces bajas.
Me detuve antes de entrar.
—No podemos descartar que la llamada viniera desde dentro —decía uno de sus hombres.
Silencio.
—¿Estás sugiriendo traición? —preguntó Thiago con calma peligrosa.
—Estoy sugiriendo que alguien sabía exactamente cuándo presionar la deuda.
Mi estómago se tensó.
No era solo un enemigo externo.
Podía ser alguien sentado en su propia mesa.
Empujé la puerta.
Las miradas se giraron hacia mí.
—¿Interrumpo? —pregunté.
—No —respondió Thiago sin apartar los ojos del hombre frente a él—. Continúa.
El hombre dudó.
—La empresa marítima que arruinó al señor Lombardi fue adquirida hace tres meses por un fondo fantasma.
—¿Propietario? —pregunté antes de poder detenerme.
El hombre me miró, sorprendido de que participara.
—Aún no identificado.
Thiago apoyó los dedos sobre la mesa.
—Quiero nombres antes de esta noche.
El hombre asintió y salió.
Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a instalarse.
—No deberías escuchar conversaciones así —dijo él.
—Estoy involucrada. Tengo derecho.
Su mirada se suavizó apenas.
—Tienes derecho a estar a salvo.
—No soy una porcelana que puedas guardar en una vitrina.
Se levantó.
Caminó hasta quedar frente a mí.
—Alguien forzó esta unión para debilitarme.
—O para controlarte.
—No funciona así conmigo.
—Todo el mundo tiene un punto vulnerable.
Su mandíbula se tensó.
—No tú.
—Eso es lo que creen los hombres antes de caer.
Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca.
No con violencia.
Con intensidad.
—No voy a permitir que te usen contra mí.
—Entonces no me apartes.
Sus ojos buscaron los míos con algo distinto.
Evaluación.
—Si hay un traidor —continué—, necesita creer que no sospechamos.
—¿Y qué propones?
Respiré hondo.
—Que actuemos como si todo estuviera bajo control.
—Lo está.
—No. Solo lo parece.
Un segundo de silencio.
Luego, inesperadamente:
—Te subestiman —dijo él.
—Eso es útil.
Una leve sombra de aprobación cruzó su expresión.
—Esta noche habrá otra reunión.
—¿Con Isabella?
—No.
Su tono fue más frío.
—Con alguien más peligroso.
Mi pulso se aceleró.
—¿Quién?
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—El hombre que compró la empresa de tu padre.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—¿Lo encontraste?
—Encontré una pista.
—¿Y si es una trampa?
—Entonces la cerraremos antes de que se active.
—¿Y si no podemos?
Sus dedos se deslizaron lentamente hasta soltarme.
—Entonces alguien caerá primero.
—¿Quién?
Sus ojos no vacilaron.
—No serás tú.
El problema era que ya no estaba segura de que pudiera cumplir esa promesa.
Y por primera vez, entendí que el verdadero enemigo no estaba en las sombras.
Estaba lo suficientemente cerca como para observarnos desde dentro.