A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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El mensaje
—¿Y bien? ¿De qué quieres hablar? —preguntó Giselle, cruzando los brazos sobre el pecho, manteniéndose a la defensiva.
—Sé que he sido un idiota... —comenzó Diego, con una voz inusualmente baja.
Giselle soltó una carcajada seca, cargada de sarcasmo.
—Has sido mucho más que un idiota —comentó con ironía, clavando su mirada en la de él—. Has sido cruel, arrogante y despiadado.
Diego bajó la mirada, tragándose su orgullo, un gesto que en el pasado habría sido impensable para un Alcázar.
—Lo sé, y es por eso que quiero pedirte perdón. No sabía por todo lo que estabas pasando y, aunque sé que no hay excusas para la forma en que te traté... te pido que me perdones. Dame la oportunidad de demostrarte que no soy ese ogro que conociste.
Diego intentó ser sincero, pero el corazón de Giselle llevaba una coraza forjada con años de desengaños y lucha solitaria. No sería fácil de romper.
—No creo en tu arrepentimiento, Diego. Algo estás tramando —sentenció ella con frialdad—. Te conozco. Siempre hay una intención oculta detrás de tus "buenos gestos". Y desde ya te digo que no permitiré que uses a mi hija para tus planes. No la metas en tu juego de poder.
Diego dio un paso hacia ella, pero se detuvo al ver cómo ella retrocedía. La distancia física era un reflejo de la distancia entre sus almas.
—Ana no es un peón, Giselle. Ella es... ella es especial —Diego estuvo a punto de decir "ella es mi hija", pero se contuvo a tiempo—. No quiero usarla. Solo quiero que ella esté bien, y que tú dejes de mirarme como si fuera el diablo.
—Me obligaste a casarme contigo bajo amenaza, Diego. Me quitaste mi carrera. Me humillaste frente a tu familia. ¿Y ahora esperas que te crea porque me trajiste una joya y una caja de música? —Giselle negó con la cabeza, con los ojos empañados—. El perdón se gana con hechos, no con palabras en un balcón a medianoche.
Diego metió las manos en los bolsillos, sintiendo el frío de la noche calar en sus huesos.
—Tienes razón. No espero que me creas hoy, ni mañana. Pero estamos casados, Giselle. Viviremos bajo este techo un año. Solo te pido una tregua. Por Ana. Ella necesita un ambiente de paz para recuperarse, no una guerra constante entre nosotros.
Giselle guardó silencio. La mención de Ana siempre era su punto débil. Miró hacia el jardín iluminado de la mansión y luego volvió a mirar a Diego. Por un segundo, la luz de la luna le recordó al hombre de sus sueños, aquel que la había hecho sentir protegida una vez.
—Una tregua —susurró ella—. Solo por ella. Pero no te equivoques, Diego Alcázar. En cuanto Ana esté sana y este contrato termine, me iré de aquí y no volverás a saber de nosotras.
Diego asintió, aunque por dentro sintió una punzada de dolor. Sabía que tenía menos de un año para confesarle la verdad y lograr que ella no quisiera irse nunca. Justo cuando iba a responder, el teléfono de Giselle vibró en su bolsillo.
Ella lo sacó y su rostro se palideció al instante. Era un mensaje de un número desconocido.
"Qué linda se ve la mansión Alcázar de noche, Giselle. Disfruta de tu nueva jaula, pero recuerda que los secretos siempre encuentran una forma de salir a la luz. Nos vemos pronto. — J.V."
Giselle dejó caer el teléfono, que impactó contra el suelo del balcón. Diego se apresuró a recogerlo y, al leer el mensaje, una furia asesina se reflejó en su rostro. Javier Vargas estaba cerca, y el tiempo de las palabras se había acabado.
—¡Este imbécil quiere perder la vida! —exclamó Diego, con los ojos inyectados en furia mientras apretaba el teléfono de Giselle en su mano—. Si no quiere entender por las buenas, lo hará por las malas. Nadie molesta a mi mujer y sale airoso.
Giselle se congeló al escucharlo pronunciar esas palabras. «Su mujer». El peso de esa posesividad la dejó sin aliento. ¿De verdad Diego se estaba creyendo que esa farsa de matrimonio era real, o era simplemente su orgullo herido actuando como escudo?
—Ve a descansar —ordenó él, aunque esta vez su tono no buscaba someterla, sino darle paz—. Yo me encargo de ese infeliz.
Antes de que ella pudiera protestar, Diego se acercó y, con una delicadeza que le resultó extraña, le plantó un beso suave en la frente. Fue un contacto fugaz, pero cargado de una promesa de protección que la dejó muda. Él la acompañó hasta la puerta de su habitación, comportándose por primera vez como el caballero que ella alguna vez imaginó que podría ser, aunque Giselle no bajaba la guardia ni por un segundo.
—Hasta mañana, esposa mía —susurró él, sosteniendo su mirada—. Descansa y no te preocupes por nada. Ahora estoy aquí para protegerlas.
Diego esperó a que ella entrara y cerrara la puerta con llave antes de alejarse. Giselle, del otro lado, se apoyó contra la madera, escuchando cómo los pasos de él se perdían en el pasillo. Estaba desconcertada. Hasta hace apenas unas horas, Diego se había comportado como una bestia capaz de arruinar la vida de cualquier persona con un chasquido de dedos; ahora, la trataba como si fuera lo más valioso de su existencia.
Giselle caminó hacia la cama de Ana y se sentó en el borde, mirando el estuche de la joya que Diego le había regalado. Se sentía atrapada entre dos fuegos: el acoso de Javier, que amenazaba su libertad, y la protección de Diego, que amenazaba su corazón.
Mientras tanto, en el despacho de la planta baja, Diego marcaba un número en su teléfono con una frialdad gélida.
—Quiero a Javier Vargas localizado en menos de una hora —dijo Diego a su jefe de seguridad—. No me importa cuánto cueste o a quién tengan que presionar. Ese hombre ha cometido el error de amenazar lo que me pertenece, y no va a vivir para contarlo.
Diego colgó y se sirvió un trago de whisky, mirando hacia la oscuridad de los jardines. Sabía que la tregua con Giselle era frágil, pero ahora que tenía a su hija y a ella bajo su techo, no permitiría que nadie, ni el pasado ni el presente, se las arrebatara.