Tras un accidente que la dejó sin vida… Iliana fue devuelta a ella por una ciencia que nunca debió intervenir.
Despierta sin memoria en una isla aislada, atrapada en un laboratorio donde la ética no existe. Su cuerpo ha cambiado. Su embarazo fue intervenido. Y aquello que le arrebataron se convirtió en el origen de una plaga capaz de destruir el mundo.
En una búsqueda desesperada por reencontrarse con sus hijos, halla un submarino equipado con una inteligencia artificial prodigiosa, capaz de protegerla, guiarla… Junto a su familia, navegará entre ruinas, enfrentando no solo a los muertos que caminan, sino a los vivos que han perdido toda humanidad.
En un mundo desgarrado por la infección, el miedo y la traición, decide luchar por lo que ama, resistir lo inevitable… y no rendirse jamás.
Una historia visceral y conmovedora que explora la memoria, la identidad y el amor inquebrantable en un mundo colapsado, donde el verdadero enemigo aún camina… y tiene rostro humano.
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Cimientos de Libertad. Donde cada paso cuenta.
Esa noche descansó profundamente.
No fue un sueño inquieto ni interrumpido por sobresaltos. Fue un descanso pleno, pesado y sereno, como si el cuerpo hubiera decidido, por fin, soltar la guardia. Las sábanas suaves la envolvían con una delicadeza casi maternal, y por primera vez desde el accidente no sintió la necesidad de mantenerse alerta.
Había silencio.
Un silencio limpio.
Y en ese silencio, una certeza: estaba a salvo.
No porque el mundo fuera seguro. No porque el pasado hubiera desaparecido. Sino porque algo dentro de ella había cambiado. Ya no estaba huyendo. Estaba avanzando.
Al amanecer abrió los ojos con una sensación que tardó unos segundos en reconocer. Tranquilidad. No era euforia. No era alivio. Era algo más profundo. Estable.
Se incorporó despacio, dejando que la luz tibia se filtrara por las cortinas. El suelo frío bajo sus pies le recordó que estaba viva. Caminó hacia el balcón con una calma que antes le habría parecido imposible.
La ciudad se extendía ante ella como un mapa de posibilidades.
Los rascacielos capturaban la primera luz del día, teñidos de oro líquido. Las avenidas comenzaban a llenarse de movimiento. Vehículos, personas, ritmo. El mundo no se detenía por nadie. Y, sin embargo, esa mañana parecía inclinarse ante ella.
Respiró hondo.
El aire fresco entró en sus pulmones como una promesa cumplida. Cerró los ojos un instante y dejó que el viento rozara su piel.
Por primera vez en mucho tiempo no sintió miedo.
Durante las semanas siguientes, convirtió esa calma en acción.
Revisó cada documento, cada contrato, cada inversión que figuraba a su nombre. No lo hizo con prisa, sino con precisión. Analizó estructuras empresariales, rastreó transferencias, identificó activos contaminados por negocios que no quería recordar.
Uno a uno, los vendió.
No fue un acto impulsivo. Fue una depuración consciente. No conservaría nada que la atara a sombras ajenas. No cargaría con fortunas construidas sobre cimientos inestables.
Con el capital limpio trazó un nuevo plan.
Deepness, siempre presente a través del reloj en su muñeca, le proporcionaba datos, análisis de mercado, perfiles de posibles aliados. La información fluía con eficiencia quirúrgica. Ella aprendía rápido. No aceptaba recomendaciones sin comprenderlas.
Esta vez no dependería de nadie.
Seleccionó empresas sólidas, auditadas, transparentes. Invirtió en sectores con crecimiento sostenible. Tecnología emergente. Energías limpias. Infraestructura digital. No buscaba ganancias rápidas. Buscaba estabilidad a largo plazo.
Mes tras mes, los resultados superaron sus previsiones.
Los ingresos comenzaron a crecer con una consistencia casi matemática. Pero no fue la magnitud lo que la sorprendió, sino el control. Cada cifra respondía a una decisión tomada con plena conciencia.
Ya no era espectadora de su vida financiera. Era arquitecta.
No se limitó a firmar contratos. Estudió. Se formó. Analizó tendencias globales. Comprendió dinámicas macroeconómicas. Aprendió sobre riesgos, volatilidad, proyecciones.
El conocimiento se convirtió en su nueva forma de seguridad.
Sin embargo, en medio del progreso, había un pensamiento que nunca se disipaba: sus hijos.
Cada logro tenía un destinatario invisible.
Gestionó documentos con embajadas, revisó requisitos legales, completó formularios con una meticulosidad casi obsesiva. No podía permitirse errores. No esta vez.
Deepness facilitaba información, alertaba de plazos, proporcionaba actualizaciones constantes. Pero las decisiones finales eran suyas. Siempre suyas.
No descansaría hasta tenerlos cerca.
Entre balances y trámites comenzó a notar otra inquietud. El apartamento donde se hospedaba era cómodo, lujoso incluso, pero temporal. Era un punto de transición. No un destino.
Para que aprobaran la reunificación necesitaba algo más que solvencia económica.
Necesitaba un hogar.
La palabra resonó en su mente con una fuerza inesperada.
No una propiedad.
Un hogar.
Comenzó la búsqueda con criterios claros: seguridad, privacidad, amplitud. Visitó casas modernas con líneas minimalistas y sistemas de vigilancia avanzados. Mansiones impecables en barrios exclusivos. Residencias funcionales con jardines perfectamente diseñados.
Todas cumplían los requisitos.
Ninguna la convencía.
Eran estructuras frías. Espacios calculados para impresionar, no para vivir. No podía imaginar risas en sus pasillos. Ni tardes despreocupadas bajo sus techos.
Siguió buscando.
Ciudad tras ciudad, la lista de opciones crecía y se reducía con la misma rapidez. Algunas eran demasiado expuestas. Otras demasiado rígidas. Otras, simplemente, no despertaban nada.
Hasta que un día el trayecto cambió.
El vehículo dejó atrás la autopista principal y se internó en un camino más estrecho. Los árboles comenzaron a cerrarse sobre la carretera formando un túnel natural. La luz se filtraba entre las hojas, creando sombras móviles sobre el suelo.
Algo en ese paisaje la obligó a enderezarse en el asiento.
La brisa llevaba olor a tierra húmeda. A fruta madura. A naturaleza viva.
El coche se detuvo frente a una entrada discreta.
Los setos crecían sin disciplina. Los árboles frutales extendían ramas pesadas de cosecha abundante. Flores silvestres emergían entre la hierba alta como pequeñas rebeliones de color.
No era una propiedad impecable.
Era real.
El sendero de grava, parcialmente invadido por vegetación, conducía hacia la casa. Y allí estaba.
Imponente sin ostentación.
Tres pisos terminados y un cuarto aún en construcción. Fachada de celeste apagado combinada con piedra expuesta. No pretendía ser moderna. No necesitaba serlo. Tenía presencia.
El porche amplio descansaba sobre columnas de piedra robustas. Sin ornamentos innecesarios. Funcional. Firme.
Los ventanales altos reflejaban el entorno como espejos oscuros. La puerta principal, de roble macizo con detalles en hierro forjado, parecía diseñada para resistir generaciones.
Subió los escalones lentamente.
La puerta cedió con un crujido profundo.
El interior la recibió con luz natural. La sala de estar era amplia, dominada por una chimenea de piedra que aportaba carácter. El techo alto ampliaba la sensación de espacio. El suelo de madera, ligeramente desgastado, crujía bajo cada paso.
No era silencio vacío.
Era silencio con historia.
Frente a la entrada, una escalera tallada conectaba los niveles. A la derecha, una habitación con baño privado. Al fondo, cocina y comedor se abrían hacia el patio trasero mediante puertas de cristal.
Afuera, la piscina permanecía cubierta de hojas. El parque infantil mostraba señales de abandono, pero aún conservaba su estructura intacta.
No vio deterioro.
Vio posibilidad.
En el segundo piso, varias habitaciones con balcones privados. En el tercero, una estancia principal amplia y tres habitaciones adicionales. Una terraza abierta prometía tardes largas bajo el sol.
Finalmente, la azotea.
Desde allí el paisaje se extendía sin interrupciones. Verde. Amplio. Libre.
Cerró los ojos.
Imaginó voces. Pasos corriendo por el pasillo. Puertas que se abren sin miedo. Ventanas abiertas en verano. Risas en la piscina restaurada. Árboles podados con cuidado.
Imaginó estabilidad.
La agente inmobiliaria enumeró defectos: reparaciones necesarias, reformas pendientes, inversión adicional.
Ella apenas escuchó.
No buscaba una casa lista para habitar.
Buscaba un lugar donde comenzar.
Sabía que requeriría trabajo. Estrategia. Paciencia. Pero también sabía algo más importante: ninguna otra propiedad le había hablado de esa manera.
Firmó los documentos sin titubeo.
Mientras la tinta se asentaba sobre el papel, comprendió que no estaba adquiriendo metros cuadrados.
Estaba reclamando territorio.
No para huir.
Para permanecer.
Esa casa no era perfecta. Pero tampoco lo era ella.
Y quizás por eso encajaban.
Al salir, volvió la vista atrás una última vez. El viento movía las ramas altas. El sol comenzaba a descender lentamente, tiñendo las paredes de un tono cálido.
Sonrió.
Había sobrevivido.
Había aprendido.
Y ahora estaba construyendo.
Donde cada paso contaba.