Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Cajas 3
El carruaje se detuvo en la zona más humilde del pueblo mientras el polvo aún flotaba en el aire.
Daniel descendió primero. Su expresión era seria, concentrada. Observó las casas, los niños, las mismas calles que Emma había mirado días atrás conmovida.
Un criado le acercó una pequeña carpeta con los documentos de entrega.
Daniel tomó una hoja y escribió con trazos claros y firmes..
“Entregar todo en nombre de la Casa Devlin.”
Firmó debajo.
No añadió más.
Los guardias comenzaron a descargar las cajas marcadas con el escudo verde y dorado. Las familias se acercaron con cautela, luego con gratitud visible. Algunos inclinaban la cabeza, otros murmuraban bendiciones.
Daniel observó todo en silencio.
Vanessa, en cambio, se movía entre la gente con una sonrisa ensayada, saludando como si la obra fuese suya. Se inclinaba apenas, acomodaba su vestido, pronunciaba palabras suaves que él no alcanzaba a escuchar… ni le interesaban.
Cuando notó que ella se aproximaba nuevamente hacia él, Daniel giró sobre sus talones.
Pidió su caballo.
Sin esperar al carruaje, montó con agilidad y emprendió el regreso a la mansión por el camino más corto.
No vio la expresión fugaz de frustración en el rostro de Vanessa.
El carruaje Devlin, sin embargo, tenía instrucciones claras.. regresar directamente a la mansión. Y Vanessa iba dentro.
En el patio trasero, el último emblema acababa de ser terminado.
Emma sopló suavemente sobre la pintura fresca del escudo verde y dorado. Sus dedos estaban manchados, igual que los de Damián y David. El abuelo observaba con orgullo.
—Quedaron dignas del nombre Devlin —declaró satisfecho.
Fue entonces cuando escucharon pasos apresurados en el interior de la casa.
Daniel cruzó el umbral del patio.
Se detuvo.
Los cuatro lo miraban.
Pero no con alegría.
Con extrañeza.
El abuelo fue el primero en hablar.
—Daniel.. ¿Dónde están las donaciones?
Daniel frunció el ceño ligeramente.
Antes de que pudiera reaccionar, pasos rápidos resonaron detrás.
Vanessa apareció casi corriendo, respirando agitadamente pero con una sonrisa triunfal apenas disimulada.
—Abuelo Collins, Dani y yo ya entregamos todas las donaciones a nombre de la Casa Devlin. Hice… o sea, hicimos el trabajo de la condesa.
Los gemelos giraron la cabeza lentamente hacia Emma.
Ella aún sostenía el pincel.
Tenía los dedos verdes.
El dorado brillaba en el borde de su muñeca.
Por un instante, nadie habló.
Emma sintió un frío recorrerle la espalda.
Había algo que no encajaba.
Miró a Daniel.
Su voz, cuando salió, tembló apenas.
—¿Tú… entregaste las donaciones?
Vanessa respondió antes de que él pudiera moverse.
—Claro. Fui con Dani al pueblo e hicimos tu trabajo, prima. Tranquila, sigue descansando.
La palabra “descansando” cayó como una piedra.
Los gemelos tensaron la mandíbula.
El abuelo entrecerró los ojos.
Emma no apartó la mirada de Daniel.
Esperaba que negara.
Que escribiera algo.
Que negara con la cabeza.
Cualquier cosa.
Pero Daniel solo miraba alrededor, confundido.
Miraba las cajas recién pintadas.
Las manos manchadas de Emma.
La expresión del abuelo.
La tensión evidente en el aire.
No entendía por qué todos lo observaban así.
No comprendía que, en su silencio, estaba dejando espacio para que la versión de Vanessa pareciera verdad.
Y Emma, con el pincel aún en la mano, sintió cómo la duda comenzaba a clavarse lentamente en su pecho.
Emma no pudo sostener la mirada por mucho tiempo.
La palabra “hicimos” todavía resonaba en su cabeza.
Miró sus propias manos.. manchadas de verde y dorado. Horas de trabajo. Risas compartidas. La ilusión de su primera obra como condesa. Su primera responsabilidad real ante el pueblo.
Miró al abuelo.
Miró a los gemelos.
Había hecho que todos pintaran durante días. Los había entusiasmado, involucrado. Había querido que Daniel se sintiera orgulloso al ver el esfuerzo familiar.
Pero él… Había ido a entregar las donaciones con Vanessa.
Sola con él en el carruaje.
Por elección.
Eso fue lo que más le dolió.
No las cajas.
No el retraso.
No siquiera la posible equivocación.
Sino la imagen que ahora no podía apartar de su mente.. Daniel y Vanessa viajando juntos, compartiendo algo que ella había preparado con tanta dedicación.
Su mentón tembló.
Sus ojos se llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer.
Con una fuerza que apenas entendía, fingió una sonrisa suave.
—Bien… permiso, me retiro.
Vanessa inclinó ligeramente la cabeza, con una sombra de burla apenas perceptible.
—Anda a descansar, prima.
Emma asintió.
No volvió a mirar a Daniel.
Subió las escaleras con pasos lentos pero firmes, sosteniendo la compostura hasta que desapareció tras el corredor superior.
El silencio que quedó en el salón fue denso.
Y entonces explotó.
—¡¿Qué hiciste, muchacho?! —rugió el abuelo, golpeando el suelo con el bastón.
Daniel dio un paso atrás, sorprendido por la intensidad.
El anciano señaló hacia el patio.
—¡Esas cajas las pintamos durante días! ¡Emma organizó cada detalle! ¡Era su primera obra como condesa!
Los gemelos no tardaron en intervenir.
Vanessa abrió la boca, probablemente para añadir algo más, pero Damián se adelantó, interponiéndose.
—Ni una palabra más.
David se colocó del otro lado, bloqueándole el paso cuando intentó acercarse al abuelo.
—Ya hiciste suficiente.
Vanessa frunció el ceño.
—Solo intentaba ayudar. Si la condesa no pudo cumplir…
—¡Ella cumplió! —interrumpió Damián con rabia contenida—. Las cajas estaban listas. Solo faltaba el momento adecuado.
El abuelo continuó, mirando directamente a Daniel.
—Ella quería que fuera una sorpresa para ti. Pintó tu escudo con sus propias manos.
Vanessa intentó replicar..
—Pero las donaciones ya estaban..
David la miró con frialdad.
—Y tú fuiste quien inició los rumores en el mercado sobre la condesa, ¿no es así?
El comentario cayó como una piedra.
Vanessa palideció apenas.
—Eso es absurdo.
—No lo es.. Todo el pueblo habla. Y tú siempre estás en el centro.
El ambiente se volvió insoportable para ella.
Finalmente, al verse sin aliados, giró sobre sus talones con indignación fingida.
—No toleraré este trato.
Y salió del salón.
La puerta se cerró con un golpe seco.
El abuelo respiraba con dificultad, furioso.
—Esa niña trabajó como nunca. Y tú.. La dejaste creer que elegiste a otra persona para acompañarte.
Daniel permanecía inmóvil.
Pero por primera vez desde que entró, ya no estaba confundido.
En su mente solo había una imagen.
El mentón tembloroso de Emma.
La sonrisa que no alcanzó a ocultar la herida.
Sus manos manchadas de verde y dorado.
Y comprendió.
Había pensado que la estaba ayudando.
Que al encargarse él mismo, la estaba liberando de presión.
No entendió que, al hacerlo con Vanessa al lado, sin explicaciones, había destruido algo mucho más delicado.
No le importaban los gritos.
Ni la furia del abuelo.
Ni las acusaciones sobre rumores.
Solo podía ver el rostro triste de su esposa alejándose por las escaleras.
Y esa imagen pesaba más que cualquier deuda.
Maravilloso Daniel sigue asi👏