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LA LEYENDA DE LA ESPADA DE FUEGO

LA LEYENDA DE LA ESPADA DE FUEGO

Status: En proceso
Genre:Magia / Mundo mágico / Acción / Espadas y magia / Mundo de fantasía / Fantasía épica
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Cristian David Leon

Leónidas, un mago de bajo rango intentará llegar a la cima como el número uno en su clase como novato recién llegado. La academia del reino de Grand Village esconde secretos tras sus muros, Leónidas junto a sus amigos intentarán llegar al fondo de ellos mientras se desarrolla como mago y se convierte en el más fuerte de todos.

NovelToon tiene autorización de Cristian David Leon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LOS MAGOS DE LA CORTE

​Hace once años, el mundo era un lugar mucho más simple para Hitoka. Lejos de las intrigas políticas y el brillo gélido del reino de Grand Village, existía un pequeño pueblo sin nombre donde el tiempo parecía medirse únicamente por las cosechas y el ciclo de las lluvias. En este rincón olvidado, la comunidad no era solo un grupo de vecinos, sino una familia extendida y profundamente unida.

​Aquella mañana, el aire olía a tierra mojada y a renovación. El abuelo de Hitoka se asomó a la ventana, observando cómo los primeros rayos del sol se filtraban entre las nubes que aún quedaban de la tormenta nocturna.

​—Vaya, parece ser que hoy será un gran día —murmuró para sí mismo, con una sonrisa surcando su rostro curtido por los años.

​Su principal preocupación era el sustento de su hogar. Con paso lento pero firme, se dirigió hacia los campos de cultivo. Temía que el aguacero de la noche anterior hubiera estropeado el trabajo de meses, pero al llegar, se detuvo en seco, maravillado. Ante sus ojos se extendía un manto verde esmeralda: lechugas frescas y deslumbrantes que habían resistido con nobleza la furia del cielo.

​—¡Oh!, maravilloso —exclamó con júbilo. Sintiendo que no podía guardar tal alegría para sí solo, decidió buscar a su nieto. —Llamaré a Hitoka.

​El anciano caminó de regreso hacia la pequeña choza familiar y llamó suavemente a la puerta.

​—Hitoka, ¿estás ahí? —preguntó.

​Desde el interior, una voz joven y soñolienta respondió con cariño:

​—Ohhh, abuelo. ¿Qué ocurre?

​—Ven, las lechugas ya están para cosechar —anunció el abuelo con orgullo.

​Hitoka salió de un salto, con los ojos brillando de emoción. Al llegar al campo, quedó tan asombrado como su abuelo. Las hortalizas parecían joyas bajo el sol de la mañana.

​—¡En serio!, increíble —dijo el joven, arremangándose la camisa—. Mira nada más esas lechugas, ahora mismo me pondré manos a la obra.

​—De acuerdo —asintió el anciano—. Llámame si necesitas algo.

​Hitoka comenzó la cosecha con una sonrisa, disfrutando del contacto con la tierra y la paz del entorno. Sin embargo, la armonía fue interrumpida de forma antinatural. De la nada, una niebla oscura, densa y fría comenzó a serpentear entre los cultivos, rodeando el pueblo y apagando la luz del día.

​—¿Qué es esta niebla? —preguntó Hitoka, enderezándose con una creciente sensación de pavor.

​El terror se apoderó de los habitantes. No era una bruma común; traía consigo un silencio sepulcral que pronto fue roto por gritos de agonía. Monstruos deformes surgieron de la oscuridad, atacando sin piedad a los campesinos indefensos.

​—¡No!, ¡abuelo! —gritó Hitoka, soltando las herramientas y corriendo desesperadamente hacia la casa.

​Lo que encontró al llegar le destrozó el alma. Su abuelo yacía en el suelo, herido de muerte. El joven lo tomó en sus brazos, sintiendo cómo la vida se le escapaba entre los dedos.

​—No abuelo, por favor... —sollozó, con el rostro bañado en lágrimas—. ¡NOOO!

​En ese momento de vulnerabilidad, un monstruo se acercó lentamente por su espalda, listo para dar el golpe de gracia. Hitoka no se movió, hundido en su dolor. Pero antes de que la criatura pudiera tocarlo, una figura intervino con una facilidad pasmosa, derrotando a la bestia en un parpadeo.

​—¿Estás bien, niño? —preguntó una mujer de presencia imponente.

​Hitoka levantó la vista, confundido por el repentino silencio del monstruo.

​—¿Eh? ¿Q-Quién eres? —tartamudeó.

​—Soy la mujer que te sacará de este caos —respondió ella con voz firme. Era la Profesora Jill. —¿Puedes pararte?

​—P-Pero mi abuelo... —balbuceó el chico, mirando el cuerpo inerte.

​—Lo siento niño, él ya no puede seguir —sentenció Jill con una frialdad necesaria para el momento.

​Hitoka, roto por dentro pero entendiendo que no había marcha atrás, tomó un último aliento de fuerza y se puso en pie para seguir a su salvadora. Antes de cruzar el umbral de su antigua vida, lanzó una promesa al viento:

​—Prometo que volveré, lo prometo abuelo.

​En la actualidad.

​Han pasado once años. El pequeño campesino ha muerto para dar paso a un hombre de poder. En el corazón del reino de Grand Village, los 10 magos de la corte, los seres más poderosos de la nación, se reúnen en una sala cargada de tensión.

​—Parece ser que ya estamos todos —anunció un hombre misterioso, cuya silueta se perdía en las sombras.

​—Ni me lo digas —replicó la Profesora Jill, manteniendo su actitud cortante—. Acabemos con esto, no quiero ver las caras de ustedes.

​Hitoka, ahora miembro de este círculo de élite, la miró con una sonrisa melancólica.

​—Tan encantadora como siempre, Jill —comentó con ironía.

​—Cállate, Hitoka —le espetó ella sin mirarlo.

​—Basta —intervino el hombre misterioso—. Comencemos de una vez.

​Mientras los magos más fuertes del reino iniciaban su reunión estratégica para decidir el destino de Grand Village, la acción se trasladaba a un escenario mucho más sangriento: el Bosque Rojo.

​En el Bosque Rojo, el equipo liderado por Leónidas se encontraba al borde del colapso. Un ogro mágico, una bestia de proporciones colosales y resistencia absurda, los tenía acorralados entre los árboles de hojas color escarlata.

​—Demonios, nos queda poco tiempo —gritó Leónidas, esquivando un mazazo—. Nuestros ataques no le hacen nada.

​El líder miró a una de sus compañeras, Dey, cuya especialidad era la magia de contención.

​—¡Dey, utiliza tu magia para sellarle los pies! Intentaré otra vez.

​Dey asintió, concentrando su energía. Sus manos brillaron con una luz acuática mientras recitaba su conjuro:

​—Diosa del agua y la paz, sella a este enemigo con tu poder... —Las cadenas de agua surgieron de la tierra, inmovilizando momentáneamente a la bestia—. ¡Ahora Leónidas!

​—¡Aquí voy otra vez! —rugió Leónidas, invocando una fuerza destructiva—. ¡Dios del fuego, préstame tu poder para acabar con él!

​Lanzó una llamarada devastadora, pero el ogro, rugiendo de furia, rompió el sello de agua antes de que el fuego hiciera efecto. Con un movimiento veloz, la bestia golpeó a Dey, enviándola contra un árbol y dejándola inconsciente.

​—¡Dey! —gritó Leónidas, viendo cómo su equipo se desmoronaba. Blake, el otro integrante del equipo, se encontraba en estado de shock, paralizado por el miedo.

​Leónidas apretó los dientes, sintiendo una furia fría recorrer sus venas.

​—Rayos, Blake está en shock y Dey está inconsciente. Tendré que utilizar eso... —pensó, molesto por tener que recurrir a su técnica prohibida. —Bien, aquí voy. Espero que funcione...

​Cerró los ojos y dejó que el calor interno consumiera su raciocinio por un instante.

​—Dios del fuego, libera tu ira sobre mis enemigos y destruye todo a tu alrededor... —El aire comenzó a vibrar—. ¡Llama del purgatorio!

​Una explosión de fuego negro y naranja consumió el claro, destruyendo árboles y calcinando la tierra. Cuando el humo se disipó, el ogro mágico yacía finalmente derrotado.

​Pasó el tiempo antes de que Dey recuperara el conocimiento.

​—Uhmm, ¿dónde estoy? —preguntó ella, parpadeando débilmente.

​—Seguimos en el Bosque Rojo —respondió Leónidas, que descansaba sentado junto a un Blake aún aturdido—. Deberías reposar un poco después de ese golpe.

​—¿Y el ogro? —inquirió ella.

​—Un superior vino y acabó con él —mintió Leónidas, ocultando el verdadero alcance de su poder—. Parece ser que nos dejó la joya mágica del ogro.

​—¿En serio? —Dey miró a su alrededor—. Y... ¿Blake?

​—Tranquila, yo tampoco recuerdo nada... —murmuró Blake, bajando la cabeza con amargura—. Fui un inútil.

​Blake se quedó sumido en sus pensamientos, enojado consigo mismo por no haber podido proteger a sus compañeros. Sin embargo, Leónidas no permitió que se hundieran en lamentos.

​—Volvamos a la academia y mostrémosle la joya al presidente —ordenó, poniéndose en pie con dificultad—. No tenemos mucho tiempo.

​El equipo, herido pero victorioso, emprendió el regreso a la academia para entregar el trofeo de su cacería, sin saber que el destino de todos estaba siendo debatido en ese mismo instante por los grandes magos de la corte.

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Camila Surita
me encantaaa
Yolanda Leon
muy bueno, me encanta
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