Alessia Castelli nació para obedecer. Hija de una de las familias mafiosas más poderosas de Italia, jamás ha podido decidir sobre su propia vida. Ni a quién amar. Ni con quién casarse. Ni siquiera qué sueños perseguir.
El día de su boda arreglada, todo cambia cuando es secuestrada por Fabiano Conti, el temido líder de la organización rival. Para él, Alessia no es más que la única pieza capaz de devolverle a la persona que más ama.
Mientras una guerra entre familias amenaza con desatarse, ambos descubren que existen prisiones mucho peores que una habitación cerrada. Ella jamás ha conocido la libertad. Él hace mucho tiempo que olvidó cómo se siente vivir sin culpa.
Entre amaneceres frente al Mediterráneo, pequeños actos de rebeldía y decisiones que nunca antes les permitieron tomar, Alessia y Fabiano comenzarán a cuestionar todo aquello para lo que fueron criados.
Porque, a veces, el enemigo no es quien te roba la libertad... Sino quien te enseña, por primera vez, cómo se siente tenerla.
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Más que familia
Fabiano
Espero a que Alessia desaparezca por el ventanal antes de volver la vista hacia mi hermana.
Sigue escondida detrás de Mattheo. Apenas puedo verle una parte del rostro.
Tiene una mano aferrada a la espalda de su camisa con tanta fuerza que sus nudillos se han vuelto blancos.
—Enana... —No responde—. Mírame.
Sus ojos oscuros se levantan lentamente hasta encontrar los míos.
Están completamente inundados de lágrimas.
—Lo siento...
Mi pecho se aprieta.
—No tienes por qué disculparte.
Asiente apenas.
—Pensé que era él.
Su voz es tan baja que apenas consigo escucharla.
Doy un paso hacia ella.
Mattheo se mueve exactamente al mismo tiempo.
No para detenerme. Pero sí para asegurarse de que Cloe permanezca detrás de él.
Frunzo ligeramente el ceño.
—Ya pasó —dice él antes de que pueda hablar—. Respira.
Cloe obedece.
Inhala.
Exhala.
Vuelve a hacerlo.
Mattheo espera. No la toca. No intenta abrazarla. Solo permanece ahí.
Como un muro entre ella y el resto del mundo.
—No volverá a acercarse —le dice con una calma que no coincide en absoluto con la furia, que hace apenas unos segundos, había en su voz.
Cloe cierra los ojos y asiente otra vez.
Solo entonces Mattheo da un pequeño paso hacia un lado. Lo suficiente para que yo pueda verla por completo.
Me acerco despacio. Como si volviera a tener cinco años y estuviera intentando convencerla de bajar de un árbol.
—Enana...
Levanto una mano.
No la toco. Espero.
Ella da el último paso y se lanza contra mi pecho.
La abrazo inmediatamente.
—Lo siento... —repite.
—No vuelvas a decir eso.
—Creí que... —Su respiración vuelve a romperse—. Creí que Lucio había vuelto.
Paso una mano por su cabello.
—Lo sé.
—No quería gritarle.
—Lo sé.
—Ella no hizo nada.
—También lo sé.
Siento cómo rompe a llorar nuevamente entre mis brazos.
Levanto la vista.
Mattheo sigue mirando hacia la terraza. Hacia donde salió Alessia.
Tiene la mandíbula tan apretada que parece capaz de romperse un diente.
—No debiste hablarle así. —digo. No responde—. Te estoy hablando.
Finalmente gira la cabeza.
—Y yo te estoy diciendo que no volverá a acercarse a Cloe.
Mi cuerpo se tensa.
—No decides eso.
—Mientras Cloe reaccione así, sí.
—Esta es mi casa.
—Y ella es tu hermana.
—Precisamente.
Mattheo da un paso hacia mí.
—¿Sabes lo que vi cuando esa mujer levantó la vista?
Aprieto la mandíbula.
—Esa mujer se llama Alessia —siseo.
—No. —Niega con la cabeza—. Yo vi a Lucio. —Miro a Cloe, quien sigue aferrada a mi camisa. Mattheo continúa: —Y Cloe también.
—No fue culpa de Alessia.
—Jamás dije que lo fuera.
—Entonces deja de tratarla como si lo fuera.
Su paciencia se rompe.
—¡Casi le provoca un ataque de pánico a Cloe!
El comedor entero queda en silencio.
Viola deja lentamente la bandeja sobre la mesa.
Nadie dice una palabra.
—No vuelvas a gritarle —gruño.
—No vuelvas a exponer a Cloe.
Nos quedamos frente a frente.
Dos pasos.
Eso es todo lo que nos separa.
Hace años que no discutíamos de verdad.
—No permitiré que nadie haga sentir a Alessia como un monstruo.
—Y yo no permitiré que nadie vuelva a hacer sentir a Cloe como una víctima.
La frase me golpea, porque entiendo exactamente lo que quiere decir.
No está hablando de Alessia. Está hablando del miedo.
Del recuerdo.
De Lucio.
Mattheo da un paso atrás.
Respira profundamente antes de volver a mirar a mi hermana.
Toda la furia desaparece de su rostro.
—¿Quieres subir?
La voz con la que le habla no se parece en nada a la que utilizó conmigo.
Es suave, paciente y cuidadosa. Como si cualquier palabra demasiado fuerte pudiera romperla.
Cloe asiente.
—¿Quieres que llame a la doctora?
Niega.
—¿Quieres estar sola?
Vuelve a negar.
Mattheo espera.
No la presiona.
Solo espera.
Entonces Cloe hace algo que me sorprende.
Busca su mano.
No la toma.
Simplemente engancha dos dedos en la manga de su camisa. Como una niña pequeña.
Mattheo baja la vista.
Durante una fracción de segundo su expresión cambia. Es tan breve que casi pienso haberlo imaginado.
Dolor.
Alivio.
Algo más.
Después vuelve a ser él.
—Vamos.
Empieza a caminar despacio, a la velocidad de Cloe. Sin tirar de ella. Sin adelantarla.
Ella no suelta la manga de su camisa ni un solo instante.
Los observo subir la escalera.
Viola se acerca a mi lado.
—Señor...
No aparto la vista de ellos.
—¿Sí?
—El señor Mattheo la conoce demasiado bien.
Sonrío apenas.
—Crecieron juntos —digo.
—Sí. —Viola tarda unos segundos en responder—. Debe ser eso.
No sé por qué esa respuesta me deja una extraña sensación en el pecho.
Sacudo la cabeza. Estoy imaginando cosas.
Mattheo siempre ha protegido a Cloe.
Siempre.
Solo que ahora... Lo hace como si su propia vida dependiera de ello.
*****
—¿Puedo acompañarla, señorita?
Less voltea y sonríe.
Mi ceño se arruga cuando veo una tristeza profunda en sus ojos.
Me siento en la silla a su lado. Cojo su silla y la acerco hasta que toda ella queda entre mis piernas.
—¿Qué está mal?
—Lo siento… Quizá deba irme. —Su rostro palidece—. Oh… no tengo una casa ahora.
Sujeto su mano y beso sus nudillos.
—La tienes. Es esta.
—Esta es la casa de Cloe. No quiero que se sienta incomoda en su propia casa. No es justo.
—Less… dale tiempo. Ha pasado un día. Por favor, dale tiempo —le pido.
Niega con su cabeza.
—No lo entiendes, Fabi —dice despacio.
—La forma en que te trataron… No volverá a suceder. Esta es tu casa y tendrán que entenderlo
Se sube a mi regazo a horcajadas y sujeta mi rostro.
—Sigues sin entenderlo.
—Te lastimaron.
—Yo la lastimé a ella —devuelve—. No me importa que Mattheo me grite, sé porque lo hace. Está protegiendo a Cloe. Está intentando que se sienta segura después de… después de… —Suspira—. Soy la hermana de Lucio y eso nunca cambiará. Si es demasiado para Cloe, lo entiendo.
—Less…
—No puedes pedirme que me quede cuando eso la está lastimando, Fabi. No es justo para ella. No después del infierno que ha vivido.
Afirma su frente en la mía.
—Démosle un tiempo, si no mejora pensaré en algo —digo. Me llevo su mano a mis labios—. Pero ten por seguro que, si tú sales de esta casa, yo iré detrás de ti, no porque seas mi prisionera sino porque ya no puedo vivir sin ti.
Alessia jadea.
Sus ojos se suavizan antes de sonreír.
—¿Hablas en serio?
—Sí. Te amo, Alessia Castelli. Nada ni nadie cambiará eso.
Se rompe en un sollozo mientras la sonrisa más hermosa me roba el corazón.
—Te amo, Fabi. Te amo demasiado —dice antes de abrazarme.
La abrazo con fuerza y escondo el rostro en su cuello.
Durante unos segundos el mundo deja de existir.
No hay guerra.
No hay Lucio.
No hay dolor.
Solo ella… Solo nosotros.
Nunca imaginé que pudiera sentirse así.
Siempre pensé que el amor sería algo parecido al deseo.
Una necesidad.
Una obsesión.
Me equivoqué.
El amor se siente como paz. Como llegar a casa después de haber estado perdido demasiado tiempo.
Beso su frente.
—Vamos a salir de esto —declaro.
—¿Lo prometes?
—Te lo juro.
Asiente despacio. Pero la tristeza no desaparece de sus ojos.
Sigue pensando en Cloe. Y, para mi sorpresa, yo también.
Apoyo mi frente contra la suya.
—No quiero que cargues con esto.
—¿Cómo no voy a hacerlo? —susurra—. Cada vez que me mire va a recordar a Lucio.
No encuentro una respuesta, porque tiene razón.
El silencio se instala entre nosotros.
Un silencio tranquilo. De esos que solo existen cuando dos personas ya no necesitan llenar cada espacio con palabras.
Entonces escucho unos pasos en el segundo piso.
Levanto la vista por instinto. Alessia también.
La puerta de la terraza permanece abierta y desde allí alcanzo a ver parte del pasillo.
Mattheo camina despacio. Tan despacio que casi parece acompasar sus pasos con los de otra persona.
Cloe avanza a su lado.
No lo toma de la mano. Solo mantiene dos dedos enganchados en la manga de su camisa. Como si soltarlo significara perder el equilibrio.
Mattheo tampoco intenta apartarse.
Simplemente reduce aún más el paso. Esperándola. Cuidando que nunca tenga que apresurarse.
Una extraña sensación me oprime el pecho.
Siempre ha protegido a mi hermana. Pero hay algo distinto.
Algo que no consigo explicar.
Quizá sea porque casi la perdimos.
Quizá sea porque todos seguimos demasiado rotos.
Sacudo la cabeza.
Estoy buscando fantasmas donde no los hay.
Mattheo quiere a Cloe como siempre la ha querido. Como una hermana.
No puede ser otra cosa.
Alessia sigue la dirección de mi mirada.
—Va a estar bien —susurra.
Paso un brazo alrededor de su cintura.
—Sí.
No sé si estoy intentando convencerla a ella... O a mí.
Estoy entendiendo que traerla de vuelta fue solo el principio.
Ahora tenemos que encontrar la forma de devolverle las ganas de vivir.
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Saludos desde México.
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