Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16 Como siempre lo soñaste
Marco no volvió a verla durante tres días.
No porque Isabella dejara de ir a la mansión.
Sino porque él encontró cualquier excusa para permanecer lejos.
Pasaba horas enteras en la bodega.
Salía al amanecer hacia los viñedos y regresaba cuando el personal ya se había marchado.
Lucía no tardó en darse cuenta.
Aquella huida tenía un nombre.
Isabella.
Una tarde lo encontró sentado en la terraza, contemplando las hileras interminables de viñas sin sostener una copa de vino entre las manos. Aquello ya era extraño.
—¿Piensas seguir escondiéndote? —preguntó mientras se sentaba frente a él.
Marco dejó escapar un suspiro.
—No me estoy escondiendo.
—Entonces mírame y repítemelo.
Él levantó la vista.
Lucía conocía demasiado bien aquella expresión.
Era la misma que había visto en el muchacho de doce años cuando despertó en el hospital después del accidente.
Solo que ahora había algo diferente.
Había arrepentimiento.
—La lastimé.
Lucía sonrió con dulzura.
—Sí.
Marco apoyó los codos sobre las rodillas.
—No era mi intención.
—Lo sé.
—Solo quería ser honesto.
Lucía negó despacio.
—Confundiste honestidad con frialdad.
Marco permaneció en silencio.
Ella continuó.
—¿Recuerdas cuando eras niño y querías regalarle flores a tu madre?
Él frunció ligeramente el ceño.
—Sí.
—Pasaste toda una mañana buscando las más bonitas.
No porque fueran caras.
Sino porque querías verla sonreír.
Marco sonrió apenas al recordarlo.
—Ella decía que las flores silvestres eran las más hermosas.
—Exacto.
Lucía tomó una de las manos de Marco.
—Con Isabella ocurre lo mismo.
No le importa tu fortuna.
Ni tu apellido.
Quiere sentir que la eliges porque no imaginas la vida sin ella.
No porque la necesites para resolver un problema.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Marco bajó la mirada.
Por primera vez comprendió que jamás se había preguntado qué sentía Isabella.
Solo había pensado en lo que él necesitaba.
Ese mismo día, Isabella ayudaba a su madre a preparar conservas de tomate.
Aunque trabajaba con la misma dedicación de siempre, Elisa notaba que algo había cambiado.
—No has reído en todo el día.
Isabella siguió cortando tomates.
—Estoy bien.
—No, hija.
No lo estás.
La joven dejó el cuchillo sobre la mesa.
—Solo me siento un poco avergonzada.
—¿Por haberlo rechazado?
Isabella negó con la cabeza.
—Por haber pensado, aunque fuera un segundo, que quizá...
Se quedó callada.
Elisa esperó.
—¿Que quizá qué?
Una sonrisa triste apareció en el rostro de Isabella.
—Que quizá había algo especial entre nosotros.
Pero solo necesitaba una esposa.
Nada más.
Su madre rodeó la mesa y la abrazó.
—Algún día llegará un hombre que te mire como siempre soñaste.
Isabella apoyó la cabeza en su hombro.
—Ojalá.
Sin saber que ese hombre llevaba tres noches sin poder dormir pensando únicamente en ella.
A la mañana siguiente, Marco llamó a Lorenzo.
—Necesito tu ayuda.
Su amigo sonrió al otro lado del teléfono.
—Eso sí que es nuevo.
¿Qué ocurrió?
—Cometí un error.
—Lo imaginé.
¿Qué tan grande?
Marco respiró hondo.
—Le pedí matrimonio a Isabella.
Hubo unos segundos de silencio.
Después Lorenzo soltó una carcajada.
—¡¿Qué hiciste?!
—No tiene gracia.
—Depende de cómo se lo hayas pedido.
Marco guardó silencio.
Lorenzo dejó de reír.
—No me gusta ese silencio...
Cuéntame exactamente qué dijiste.
Cinco minutos después, el empresario terminó de escuchar la historia.
Se llevó una mano a la frente.
—Marco...
eres un genio haciendo vino.
Pero para conquistar a una mujer eres un desastre.
Marco no discutió.
Porque sabía que tenía razón.
—¿Y ahora qué hago?
Lorenzo sonrió.
—Empieza por olvidarte de los negocios.
Y pregúntate una sola cosa.
Si mañana Isabella desapareciera de tu vida...
¿La echarías de menos?
Marco respondió sin pensar.
—Sí.
—¿Mucho?
Él cerró los ojos.
—Demasiado.
Lorenzo sonrió al otro lado de la línea.
—Entonces deja de actuar como un empresario y compórtate como un hombre enamorado.
Aquellas palabras no abandonaron a Marco durante todo el día.
Al caer la tarde caminó solo entre las viñas.
Recordó la primera vez que sostuvo a Isabella para evitar que cayera.
La discusión que tuvieron después.
Su risa durante la Fiesta del Vino.
Sus lágrimas en el viejo molino.
Las flores que había colocado en su despacho.
La manera en que había devuelto la vida al invernadero.
La música sonando otra vez en el piano.
Y comprendió algo que llevaba demasiado tiempo negándose.
La mansión ya no se sentía vacía cuando ella estaba allí.
Ella había llenado de luz lugares que él creía muertos.
Y, sin darse cuenta...
también había comenzado a iluminar su corazón.
Al anochecer buscó a Lucía.
La encontró organizando unas velas en el comedor.
—Necesito preparar algo.
Ella levantó la vista.
—¿Algo?
Marco asintió.
—Quiero volver a pedirle matrimonio.
Pero esta vez...
como ella siempre lo soñó.
Lucía sonrió emocionada.
—Ahora sí estás hablando como el niño que conocí.
—Necesito tu ayuda.
—La tendrás.
—Y también la de todo el personal.
La ama de llaves dio una palmada de entusiasmo.
—Déjamelo a mí.
Cuando una mujer sueña con un momento especial...
otra mujer sabe exactamente cómo hacerlo realidad.
Marco sonrió.
Una sonrisa sincera.
Quizá la más auténtica que había mostrado en muchos años.
Miró hacia la ventana.
El sol comenzaba a esconderse detrás de los viñedos, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados.
Por primera vez no pensó en contratos.
Ni en socios.
Ni en rumores.
Solo pensó en Isabella.
Y en una única pregunta.
No la que resolvería sus problemas.
Sino la que podía cambiar su vida para siempre.
Una pregunta que esta vez nacería del corazón.
Y que estaría acompañada por cientos de pequeñas luces, pétalos de rosas y el paisaje más hermoso de toda la Toscana.
Porque, aunque todavía no se atrevía a pronunciar la palabra amor...
Marco Vivaldi estaba decidido a conquistar a la única mujer capaz de devolverle la esperanza.