**Una promesa sellada con sangre y eternidad.**
Tras la traición de su prometido, Cecil intenta concentrarse en lo único que siempre le ha dado sentido a su vida: la medicina. Como parte de una comisión médica de Oxford, viaja al reino de Kratos, sin imaginar que aquel viaje cambiará su destino para siempre.
Desde su llegada, extraños sueños y recuerdos que no le pertenecen comienzan a atormentarla. Al mismo tiempo, se siente inexplicablemente atraída por el rey Azharel, un hombre tan poderoso como enigmático, cuyos ojos parecen guardar el dolor de siglos enteros.
Lo que Cecil ignora es que su historia con Azharel comenzó mil años atrás, cuando él era un príncipe vampiro que renunció a todo por amor. Separados por la tragedia y la muerte, una promesa sellada con sangre y eternidad los mantuvo unidos a través del tiempo.
Ahora, mientras los secretos del pasado resurgen y antiguos peligros vuelven a despertar, Cecil deberá descubrir quién fue realmente y por qué el rey vampiro la mira como si hubiera esperado mil años para volver a verla.
Una apasionante historia de amor, destino y reencarnación, donde ni siquiera la muerte puede romper los lazos de un amor eterno.
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Un bosque que ni siquiera les pertenece
Aquella mañana, Merida se despertó temprano. El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte y una suave luz dorada bañaba las torres de piedra cubiertas de enredaderas y flores.
Después de tomar un baño, se vistió con un sencillo vestido amarillo bordado con pequeñas flores moradas y colocó una cinta del mismo color alrededor de su cabello castaño.
Luego tomó una canasta llena de sapos albinos y caminó hacia el inmenso campo medicinal que se extendía frente a las torres.
El lugar estaba lleno de vida.
Miles de flores de distintos colores crecían ordenadamente, mientras decenas de mariposas revoloteaban de una planta a otra.
Detrás de ella, el pequeño león albino jugaba persiguiendo a las mariposas.
—Grrr...
Merida sonrió mientras liberaba a los pequeños sapos.
—Con cuidado, mi lord, no las asustes.
El cachorro se puso sobre sus dos patas intentando atrapar una mariposa.
Esta escapó.
Entonces él la siguió.
Merida continuó concentrada en su trabajo, sin darse cuenta de que el pequeño león se alejaba cada vez más, atravesando el campo de hierbas y flores.
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Por otro lado, Azharel se encontraba reunido con las brujas mayores dentro de la torre que le habían asignado.
La habitación era amplia y luminosa. Varias ventanas dejaban entrar la brisa fresca, mientras una gran mesa de madera ocupaba el centro de la estancia.
El príncipe permanecía de pie.
Vestía completamente de negro, con una capa bordada en hilos dorados.
Frente a él estaban Imelda y las demás brujas mayores.
—Pedimos su apoyo —dijo Azharel con serenidad—. Deseamos expandir nuestro territorio, pero los lobos nos darán problemas.
Imelda lo observó unos segundos antes de responder.
—¿Y cómo no van a darles problemas? Están intentando quitarles sus tierras y despojarlos de sus dominios.
Azharel mantuvo la compostura.
—¿Y qué otra opción tenemos? La última vez fueron ellos quienes atacaron Kratos.
Una de las brujas intervino.
—Sí, porque sus caballeros mataron a dos de los suyos.
Azharel desvió la mirada hacia ella.
—Porque uno de sus lobos atacó a un escuadrón que únicamente atravesaba el bosque.
—Un bosque que ni siquiera les pertenece —contestó otra bruja.
—Nos defendimos y ellos respondieron con una guerra.
El príncipe guardó silencio un instante antes de continuar.
—Además, una vez conquistemos sus tierras, ustedes y nosotros podremos negociar ciertos territorios. Sé que también desean expandirse hacia algunos de los bosques que poseen los lobos.
Las brujas se miraron entre sí.
La propuesta era tentadora.
Imelda permaneció inmóvil.
Finalmente habló.
—Pensaremos en su propuesta, joven príncipe. Tampoco deseamos una guerra con los lobos.
Azharel inclinó ligeramente la cabeza.
—Las brujas y los vampiros pueden construir la paz sin los lobos.
Imelda lo observó durante unos segundos.
Luego dirigió la mirada hacia las nubes negras que poco a poco parecían extenderse por el continente.
Un mal presentimiento volvió a invadirla.
—Pienso que lo único que debemos discutir es la paz.
No añadió nada más.
Entonces dio media vuelta y abandonó la torre.
Las demás brujas la siguieron.
Azharel las acompañó hasta la salida y permaneció observándolas alejarse.
Cuando estaba a punto de entrar de nuevo, escuchó un sonido.
—Grrr...
Bajó la vista.
Allí estaba un pequeño león albino.
Pero no fue el animal lo que llamó su atención.
Fue el aroma.
Aquel olor dulce.
Lavanda.
Miel.
Flores.
Era exactamente el mismo aroma de aquella joven.
Un extraño presentimiento lo invadió.
Entonces tomó al pequeño león por la piel del cuello.
El animal soltó un gruñido más fuerte.
—¡Grrr!
Sacó sus pequeñas uñas y mostró sus diminutos colmillos, moviendo las patas en el aire.
Azharel lo observó unos segundos.
No había duda.
Era el mismo olor.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué este gato tiene su olor?
Luego volvió a mirar al animal.
—¿Por qué tienes su olor?
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Merida terminó de liberar los sapos blancos y después soltó las tarántulas en distintos rincones del jardín medicinal.
Observó a los pequeños sapos alejarse dando saltos entre la hierba húmeda, mientras las tarántulas avanzaban despacio, escondiéndose bajo las hojas y las piedras.
Sonrió satisfecha.
—Listo, mi lord. Terminamos. Ahora vamos a comer. Te daré una pierna de pavo.
Al voltear, su sonrisa desapareció.
El cachorro no estaba.
—¿Mi lord?
Miró a su alrededor.
Nada.
Las puertas de las torres permanecían cerradas.
—Mi lord...
Comenzó a caminar más deprisa.
—¡Mi lord!
Miró detrás de unas plantas.
Nada.
Corrió hacia un sendero.
—¡Mi lord!
La preocupación comenzó a crecer en su pecho.
Miró hacia el bosque.
No.
Él jamás iba al bosque.
—¿Dónde te metiste?
Entonces observó unos pequeños pelos blancos entre unos arbustos.
—¡Mi lord!
Sonrió un instante.
—Espera a que te encuentre...
Continuó avanzando.
Más adelante vio a varias brujas cosechando plantas medicinales.
Una de ellas la miró.
—¿Buscas al travieso?
—Sí.
—Lo vi correr hacia allá.
Señaló una dirección.
—Gracias.
Merida salió corriendo.
Pero mientras avanzaba, algo la hizo detenerse.
La torre donde se hospedaba el príncipe vampiro apareció ante ella.
Su corazón dio un salto.
Retrocedió de inmediato.
—No, no, no...
Se dio la vuelta.
Entonces lo escuchó.
Un chillido.
Y después...
—¡GRRRRR!
Y otro pequeño chillido de miedo.
Merida abrió los ojos de golpe.
—¡Mi lord!
Sin pensarlo dos veces, corrió hacia la torre.
No le importaron las advertencias que Imelda le había dado.
Solo podía escuchar los chillidos desesperados de su pequeño compañero.
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Azharel sostenía al cachorro albino de la piel del cuello.
El pequeño animal estaba completamente inquieto.
No reconocía aquel aroma.
Chillaba.
Pero también intentaba hacerse el valiente.
Sacaba sus diminutas garras y mostraba sus pequeños colmillos.
Su pelaje estaba erizado.
Azharel lo observó.
—Maldito gato...
El cachorro respondió con un pequeño rugido.
—Grrrr.
Azharel entrecerró los ojos.
—Seguramente la sacrificaron para crearte. La sangre de los de tu especie fortalece a los vampiros.
Sacó una pequeña daga.
Al verla, el cachorro se asustó aún más.
Comenzó a moverse desesperadamente.
Las pequeñas patas pataleaban en el aire.
Entonces...
—¡¡¡NO, MI LORD!!!
Azharel levantó la vista.
Una joven corría hacia él.
Merida.
Ella ni siquiera lo miraba.
Solo veía a su cachorro.
Su respiración estaba agitada.
Sin pensarlo, se quitó una zapatilla y se la lanzó.
La zapatilla golpeó el hombro de Azharel.
Cuando Merida estuvo cerca, lo reconoció.
Él también.
—¿Tú? —dijeron ambos al mismo tiempo.
La daga cayó al suelo.
Y el cachorro también.
Apenas tocó el piso, salió corriendo hacia Merida.
Chillando.
Trepó por su vestido.
Merida lo atrapó en sus brazos.
El pequeño león temblaba.
Escondió la cabeza en su cuello.
Ella lo abrazó con fuerza.
—Tranquilo, mi lord. Estoy aquí.
Besó su cabecita.
—Nada te va a pasar.
El cachorro soltó un pequeño sonido y se pegó más a ella.
Entonces Merida levantó la vista.
Su expresión cambió de inmediato.
—¡No te acerques!
Azharel se detuvo.
—¿Qué?
—¿Qué te pasa, maldito idiota? ¿Cómo te atreves a lastimar a un bebé inocente?
Azharel la miró.
—Es un cachorro de bestia.
Merida lo señaló.
—¡La única bestia aquí eres tú!
Él arqueó una ceja.
—¿Y usted qué hace aquí?
Pero en ese instante una voz se escuchó detrás de ellos.
—¡Merida!
Ambos voltearon.
Imelda acababa de llegar.
Al verla, se colocó inmediatamente al lado de la joven.
—¡Merida! ¿Qué haces aquí? ¿No te dije que no vinieras a este lugar?
Merida asintió.
—Lo sé, mi señora.
Se apresuró a responder.
—Estaba liberando a los sapos blancos y a las tarántulas en el jardín del sur. Mi lord se perdió y vine a buscarlo. Cuando llegué aquí, escuché que estaba asustado y este vampiro idiota lo tenía tomado del cuello y lo iba a matar.
Señaló a Azharel.
—¡El muy idiota!
Imelda abrió los ojos.
Le jaló la oreja.
—¿Qué acabas de decir?
Merida se encogió.
—¿Idiota?
—¡No! ¡Lo otro!
Imelda suspiró.
—Arrodíllate y pídele perdón al príncipe.
Merida parpadeó.
Azharel la observó divertido.
Imelda señaló al vampiro.
—Merida... él es el príncipe Azharel.
Merida abrió los ojos.
—¿Qué?
Miró a Imelda.
—¿El príncipe vampiro?
—Sí.
—¿Está segura?
—¡Claro que estoy segura!
Merida tragó saliva.
Imelda la miró con seriedad.
—Pide perdón.
Merida miró a Azharel.
Y de pronto...
Todos los recuerdos llegaron a su cabeza.
Lo llamé idiota.
Lo llamé vampiro cobarde.
Le tiré una piedra.
Lo besé.
Su rostro perdió todo el color.
Miró a su cachorro.
—Mi lord...
Luego levantó la vista.
—Estamos muertos.
Y se desmayó.
Imelda apenas logró sostenerla antes de que cayera al suelo.
El cachorro también cayó, pero inmediatamente volvió a trepar sobre el pecho de Merida.
Azharel se acercó.
El pequeño león, asustado, le lanzó un diminuto zarpazo.
Azharel lo miró.
Y, sin molestarse, lo tomó nuevamente de la piel del cuello.
El cachorro comenzó a patalear.
Las garras salían al aire.
Soltaba pequeños rugidos de protesta.
Con la otra mano, Azharel tomó a Merida y la subió sobre su hombro como si no pesara nada.
Ella quedó inconsciente, colgando como un costal de papas.
Azharel miró a Imelda.
—¿Dónde la llevo?
Imelda se quedó unos segundos sin saber qué responder.
Frente a ella estaba el príncipe vampiro.
Con una mano sostenía a su cachorro albino, que pataleaba furiosamente.
Y sobre su hombro llevaba a Merida desmayada.
Imelda tragó saliva.
Y señaló una dirección.
—Por aquí... príncipe.
y el no cae en cuenta como es manipulado por ella , ciego por no querer ser menos en un mundo donde las bestias tienen poder y eso le va a jugar en contra 🤔
y el rey segado por el dolor tomando malas decisiones😡😡