Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?
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Capítulo 3: La Primera Noche.
Capítulo 3: La Primera Noche
Su boca sabía a peligro. A venganza. A todo lo que había jurado que no sentiría. Mis manos se aferraron a su traje sin permiso de mi cerebro. Mi cuerpo respondía como si lo hubiera esperado durante años. Y en cierto modo, así era.
Tres años atrás aquella noche equivocada, él creyó que yo era Rebeca. Pero yo si sabía que no debía estar allí. Yo llevaba el vestido de Rebeca; el mismo peinado. El mismo perfume. Él estaba borracho y confundido. No podía distinguirnos.
Pero yo sabía quién era él, y también sabía que no debía estar allí. Pero me quedé. Por ella. Por Rebeca. Porque me lo pidió, y de esa noche nació Nicolás el bebé del CEO. Me separé de él con un empujón.
—No —dije, jadeando—. Esto no puede pasar.
Sebastián me miró con los ojos entrecerrados. Su respiración también estaba agitada. Su pecho subía y bajaba bajo la camisa blanca que había usado en la cena.
— ¿Por qué no? —Preguntó, con la voz ronca—. Eres mi esposa.
—Soy tu esposa falsa bajo un contrato, que tú mismo lo escribiste.
—Los contratos se rompen.
—El mío no.
Me aparté de la pared y caminé hacia la ventana. Necesitaba distancia. Necesitaba aire. Necesitaba recordar por qué estaba allí. Detrás de mí, sentí su mirada clavándose en mi espalda.
—Camila —dijo, y esta vez no usó el tono de CEO ni el de jefe. Usó un tono que no le conocía. Frágil. Casi humano—. ¿Qué te hizo tanto daño?
Me di la vuelta.
—Tu familia.
Él frunció el ceño.
— ¿Mi familia?
—Tu madre me odia sin conocerme. Tu empresa se construyó sobre las ruinas de otras. Y tú... tú eres el hombre que pudo haber matado a mi hermana.
Sus ojos se oscurecieron.
—No maté a Rebeca.
—Eso es lo que dices, pero todavía faltan por aclarar muchas cosas, sobre la muerte de mi hermana.
—No sé a qué cosas te refieres pero es la verdad. No tuve nada que ver con la muerte de Rebeca.
—No te creo.
Avanzó hacia mí con pasos lentos, medidos. Como si estuviera conteniendo una fiera dentro de sí.
—No me importa si me crees —dijo—. Pero quiero que sepas algo. Ella no era quien tú creías. Tu hermana Rebeca... era una mentira andante.
—No hables de ella.
—Alguien tiene que decirte la verdad.
— ¿Y ese alguien eres tú? —Repliqué—. El hombre que se beneficia de su muerte.
—No me beneficio de nada.
—Entonces, ¿Por qué necesitas una esposa falsa? ¿Para qué necesitas a una mujer desesperada, que vende su dignidad por doscientos mil dólares?
Sebastián enmudeció.
Por primera vez desde que lo conocía, no tuvo una respuesta inmediata. Algo brilló en sus ojos. ¿Será la duda? ¿Sentimientos de culpa? No pude identificar lo que estaba pasando por su cabeza.
—Vete —dije, señalando la puerta—. Esta noche no va a pasar nada. Mañana tampoco. Nunca va a suceder nada entre nosotros.
Él no se movió.
—Vete, Sebastián.
—Camila...
— ¡Vete!
Mi grito rompió el silencio de la habitación. Afuera, un pájaro nocturno alzó el vuelo. Adentro, él finalmente se giró. Caminó hacia la puerta y la abrió. Antes de cruzar el umbral, se detuvo.
—Lo siento —dijo.
No supe si se disculpaba por el beso, por la boda, por Rebeca o por todo junto. Cerró la puerta y me quedé sola. Caí de rodillas en medio de la habitación y lloré hasta quedarme dormida en el suelo.
Desperté con el sol entrando por el balcón. Mi vestido blanco estaba arrugado. Mi maquillaje, corrido. Mi dignidad hecha trizas. Me levanté como pude. Entré al baño y me miré al espejo. Tenía los ojos hinchados, y los labios todavía rosados por su beso.
—Eres una idiota, Camila —me dije a mi reflejo—. Viniste a vengarte, no a enamorarte.
Me duché. Me vestí con lo primero que encontré en el armario: unos pantalones negros y una blusa blanca sencilla. Cuando bajé al desayuno, Sebastián ya estaba sentado en la mesa. Elena también. El ambiente era tan denso que se podía sentir su peso sobre nuestras cabezas.
—Buenos días —dije, sentándome.
Nadie respondió.
El mayordomo sirvió café en mi taza. Lo agarré con ambas manos, necesitando su calor.
—Anoche escuché gritos —dijo Elena, sin levantar la vista del periódico—. ¿Tienen problemas conyugales tan temprano?
—No —respondió Sebastián por mí—. Fue una discusión sin importancia.
— ¿Sin importancia?
Elena dejó el periódico, y me miró con la ironía brotándole de los ojos
—. Una esposa que grita en su primera noche de bodas, expulsando a su marido de la habituación, demuestra que empezó muy bien este matrimonio.
—Mamá, ya basta.
—Solo observo, hijo. Solo observo.
Me levanté de la mesa. No podía comer. No podía respirar en ese lugar.
— ¿A dónde vas? —preguntó Sebastián.
—A tomar aire.
Salí al jardín. El césped estaba húmedo por el rocío. Los rosales florecían en hileras perfectas. Todo era hermoso y al mismo tiempo era falso como yo. Como este matrimonio. Como la vida que estaba fingiendo. Mi teléfono vibró en el bolsillo, y era un mensaje de Lucía:
"Nico preguntó por ti esta mañana. Le dije que mamá volverá pronto. No llores por favor. Él está bien. Tú, preocúpate por ti. ¿Cómo fue la primera noche?"
Sonreí con amargura. Cómo explicarle que casi me derrito, en los brazos del hombre al que juré destruir "Complicado", respondí. "Pero sobrevivo".
Guardé el teléfono. Caminé hasta el final del jardín, donde una fuente de piedra marcaba el límite con el bosque. Y entonces lo vi. Era un sobre colocado debajo de una piedra, como si alguien lo hubiera dejado allí a propósito. Me agaché y Lo abrí. Dentro había una foto de Rebeca abrazando a un bebé. Era mi hijo Nicolás.
La fecha al dorso era de hace dos años. Una fecha en la que supuestamente ya mi hermana ya estaba muerta. Al darme cuenta de ese detalle el mundo se detuvo. Mis manos temblaron. Las piernas me flaquearon. Si Rebeca estaba viva cuando esta foto fue tomada... entonces...
— ¿Encontraste algo interesante?
Me giré sobresaltada. Sebastián estaba detrás de mí. No había hecho ningún ruido al acercarse. Oculté la foto en mi espalda.
—No... Nada.
Él sonrió de una manera, que decía por las claras que no me creía una palabra.
—Mientes muy mal, Camila.
—No sé de qué hablas.
—Sé lo de Nicolás.
Mi corazón dejó de latir por un segundo.
— ¿Qué?
—Te investigué —respondió, con una calma aterradora—. Antes de la entrevista. Sabía de tu madre. Sabía de tus deudas. Sabía de Lucía. Sabía de Nico.
—Tu hijo —dijo—. El niño de tres años con mis ojos.
Intenté negarlo, pero las palabras no salían. Él lo sabía. Siempre lo supo, pero no lo demostraba.
—No te preocupes —dijo, girándose para volver a la mansión—. No te lo quitaré. Al menos no todavía. Y se fue dejándome allí, con la foto en la mano y el alma hecha pedazos.
— ¿Cómo lo sabe? —susurré al viento.
Nadie respondió. Entonces me percaté que había una persona asomada, a una ventana del segundo piso. Era Elena su madre, que desde arriba me observa sonriendo.
___ ESE BESO… ¿Se dieron cuenta de que él la besó primero?
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