Kenji solo quería una vida tranquila, pero reencarnó como el profesor más temido del mundo... sin saber que también es el más fuerte.
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Un invitado inesperado
Kenji cruzó el amplio pasillo acompañado por el mayordomo mientras varias sirvientas abrían lentamente las enormes puertas del salón principal.
La estancia era elegante sin resultar exagerada; grandes ventanales dejaban entrar la luz de la mañana, una larga alfombra negra atravesaba la habitación y varias butacas estaban dispuestas alrededor de una mesa donde ya habían preparado té y algunos bocadillos para los visitantes.
Kenji observó todo con satisfacción y asintió varias veces. Aquello le parecía mucho más apropiado que recibir a la gente en medio de tanto protocolo. «Al menos podrán descansar un poco después de esperar tanto», pensó mientras dejaba el maletín sobre una silla.
Pocos segundos después comenzaron a entrar los primeros invitados. Los sastres reales fueron los más rápidos en acercarse.
Tras hacer una profunda reverencia, comenzaron a explicar con entusiasmo los distintos tipos de telas, bordados y capas que habían preparado especialmente para el banquete del Palacio Real.
Sacaban una pieza tras otra con un orgullo enorme, describiendo materiales traídos de montañas sagradas, sedas tejidas por arañas mágicas e hilos encantados que, según ellos, solo podían vestir los personajes más importantes del continente.
Kenji escuchó todo con mucha atención hasta que uno de ellos terminó la explicación y preguntó cuál era su favorita.
El profesor señaló sin dudar una tela completamente lisa de color negro que estaba olvidada en una esquina.
—Esa me gusta.
Todos los sastres permanecieron inmóviles.
—¿E... esa?
—Sí. Se ve cómoda, ligera y parece fácil de lavar.
Los maestros sastres comenzaron a mirarse entre ellos completamente confundidos. Habían pasado semanas confeccionando auténticas obras de arte para que el profesor eligiera precisamente la tela más sencilla de todas. Después de unos segundos de silencio, el más anciano sonrió con admiración.
—Comprendo... la verdadera elegancia no necesita adornos.
Los demás asintieron inmediatamente.
—Como era de esperar del profesor.
Kenji solo sonrió con vergüenza sin entender por qué todos parecían tan impresionados.
Después entraron los joyeros, quienes abrieron pequeñas cajas de madera donde descansaban anillos, collares, broches y gemas de un valor incalculable. Uno de ellos levantó una corona ceremonial decorada con cristales azules y habló con orgullo.
—Esta pieza perteneció a un antiguo héroe.
Kenji la observó unos segundos antes de negar educadamente con la cabeza.
—Es muy bonita, pero creo que alguien podría tropezar conmigo si llevo tantas cosas encima. Prefiero algo sencillo.
El joyero quedó completamente conmovido.
—Incluso rechaza reliquias históricas... porque no le interesan las riquezas...
Varios nobles comenzaron a murmurar admirados.
Para ellos aquello demostraba que Kenji estaba completamente desprendido de los bienes materiales.
Mientras todo aquello ocurría, el hombre de la capa gris permanecía tranquilamente sentado al fondo del salón, observando cada detalle sin intervenir. Veía cómo Kenji trataba exactamente igual a un noble, a un artesano o a un simple sirviente. Siempre sonreía, daba las gracias y escuchaba con atención a cualquiera que le hablara. Aquello hizo que el desconocido sonriera levemente.
«Así que los rumores eran ciertos...»
No era solo su poder.
También era su carácter.
Cuando los demás visitantes terminaron sus asuntos, el hombre de la capa gris finalmente se puso de pie y caminó hasta el centro del salón. El mayordomo dio un paso al frente dispuesto a anunciarlo, pero el desconocido levantó discretamente una mano para detenerlo.
—Solo soy un viajero que deseaba agradecerle algo al profesor.
Kenji sonrió con amabilidad.
—Entonces tome asiento. No hace falta que permanezca de pie.
El hombre aceptó la invitación y ambos comenzaron a conversar tranquilamente sobre temas cotidianos. Hablaron de la ciudad, del clima, de la academia y hasta de la comida de la mansión. La conversación era tan natural que ninguno de los presentes entendía cómo aquel desconocido podía hablar con tanta tranquilidad frente al profesor.
Después de varios minutos, el hombre dejó escapar una pequeña risa.
—Profesor Kenji... si algún día el rey le pidiera ayuda personalmente... ¿la aceptaría?
Kenji respondió casi de inmediato.
—Si está dentro de mis posibilidades y puedo ayudar a la gente, claro que sí. No veo ninguna razón para negarme.
El desconocido bajó ligeramente la cabeza para ocultar una sonrisa de satisfacción.
Aquella era exactamente la respuesta que esperaba escuchar.
Ninguno de los presentes imaginaba que acababan de presenciar la primera conversación informal entre el hombre más poderoso del continente... y el rey del reino, quien había decidido conocerlo sin revelar todavía su verdadera identidad.
Continuará...