Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 35
Tres días en la villa habían bastado para que la relación entre Sebastián y Valeria se transformara poco a poco. Ya no existía aquella rigidez incómoda de los primeros días de matrimonio. Habían empezado a conversar con naturalidad, a caminar uno al lado del otro, e incluso a gastarse bromas sencillas de vez en cuando. Aun así, cada vez que sus cuerpos se rozaban por accidente, ambos seguían poniéndose nerviosos.
Sin embargo, había algo que no dejaba de ocupar la mente de Sebastián desde su conversación con Patricia esa mañana.
"Haz que Valeria se enamore de ti."
La frase le daba vueltas en la cabeza sin cesar. No tenía idea de cómo lograrlo. Tampoco quería presionarla ni precipitarse. Para él, el amor no podía exigirse.
Pero de una cosa sí estaba completamente seguro: no quería perder a aquella mujer sencilla que, sin que él lo advirtiera, había ido llenando cada rincón de su corazón.
Al caer la tarde, el cielo se tiñó de naranja. El sol descendía despacio hacia la línea del horizonte. Su resplandor dorado se reflejaba en la superficie del mar y hacía que las olas centellearan como si alguien les hubiera esparcido miles de esquirlas de oro.
—Sebastián. —Valeria se detuvo—. ¡Mira, qué hermoso!
Sebastián giró la vista hacia el mar.
—Sí.
Durante unos instantes permanecieron de pie, hombro con hombro, contemplando aquel espectáculo. La brisa marina soplaba suave, jugando con el cabello largo de Valeria.
Sin saber de dónde sacó el valor, Sebastián extrajo su teléfono.
—Valeria.
—¿Sí? —Ella volvió el rostro hacia su esposo.
—¿Quieres que nos tomemos una foto juntos? —Levantó el celular.
Valeria sonrió de inmediato.
—Claro que sí.
Se colocaron de frente al mar. Sebastián alzó el teléfono y, con un movimiento todavía torpe, le rodeó la cintura con el brazo.
El cuerpo de Valeria se tensó apenas. El corazón le latió más rápido. Lo miró de reojo: él lucía incluso más nervioso que ella. Hasta las orejas se le habían enrojecido.
Al ver la expresión tímida de su esposo, Valeria esbozó una sonrisa pequeña. Despacio, sin pensarlo demasiado, le rodeó la cintura a él también.
Fue Sebastián quien se quedó paralizado. Los ojos se le abrieron de par en par durante unos segundos.
—Valeria.
—¿Sí?
—T-tú...
—Yo también tengo que abrazarte, ¿no? —respondió ella con inocencia—. Si no, la foto va a quedar rara.
Sebastián no pudo contener la sonrisa.
—Sí.
El obturador sonó varias veces. La foto era sencilla. Pero para Sebastián, valía mucho más que todos los reconocimientos que hubiera recibido en su vida.
Después de inmortalizar la puesta de sol, Sebastián y Valeria emprendieron el regreso a la villa. Caminaban despacio por el sendero que bordeaba el acantilado. A la derecha, el mar se extendía inmenso, mientras el rumor de las olas llegaba y se iba en un vaivén constante que les apaciguaba el ánimo.
Sin que ninguno se diera cuenta, el brazo de Sebastián que le rodeaba la cintura a Valeria no se había apartado. Tampoco el de ella: su mano izquierda seguía enlazada con timidez alrededor de la cintura de su esposo. Disfrutaban tanto de aquella cercanía que habían olvidado soltarse.
De vez en cuando los hombros se les rozaban. La brisa fresca de la tarde hacía que todo resultara aún más agradable. No hubo entre ellos ninguna conversación larga; solo sonrisas breves que aparecían de tanto en tanto sin razón aparente.
Unos pasos más adelante, Valeria rompió el silencio.
—Cariño.
Él giró la cabeza sin dejar de caminar a su lado.
—¿Hm?
Valeria sonrió con timidez antes de continuar.
—Caminar así... se siente cálido.
Sebastián frunció un poco el ceño, sin comprender del todo.
—¿Qué se siente cálido?
Valeria agachó la cabeza un momento. El rubor se le intensificó.
—Caminar juntos.
Se detuvo brevemente y echó un vistazo a sus cinturas, donde los brazos de ambos seguían entrelazados. Luego alzó la vista hacia el brazo de Sebastián, que aún le ceñía la cintura.
—Y que me abraces así. —La sonrisa de Valeria se ensanchó—. Ahora entiendo por qué a tantas parejas les gusta pasear abrazadas.
Al escuchar aquellas palabras ingenuas, la comisura de los labios de Sebastián se elevó despacio. Una tibieza le llenó el pecho. Al final, la felicidad no siempre viene de las grandes cosas. Caminar al lado de la mujer que ama es suficiente para sentir el corazón en paz.
—A mí también —respondió Sebastián en voz baja.
Los dos retomaron la marcha mientras contemplaban el mar que comenzaba a oscurecerse. El cielo anaranjado fue cediendo a un azul profundo. A lo lejos, las luces de la villa se encendieron una a una.
Al poco rato llegaron a la villa. La casa lucía en completo silencio. La pareja que cuidaba la propiedad había salido al pueblo a comprar provisiones para la cocina. Solo el viento y el murmullo de las olas acompañaban aquella tarde.
Sebastián dejó las llaves sobre el aparador del recibidor y se volvió hacia Valeria, que estaba guardando las sandalias en el estante.
—Valeria.
Ella levantó la cara enseguida.
—¿Sí, cariño?
Sebastián pareció meditar un momento antes de hablar.
—¿Podrías cocinar esta noche?
Los ojos de Valeria se iluminaron. Una sonrisa amplia le cruzó el rostro.
—Claro que sí. ¿Qué quieres comer?
Sebastián se encogió de hombros con suavidad.
—Lo que sea. —La observó con la mirada fija—. Con que lo prepares tú, me basta.
Esa respuesta tan simple le encendió las mejillas a Valeria. Bajó la cabeza y sonrió, apenada.
—Entonces preparo algo sencillo.
—Con que esté rico —replicó Sebastián.
Al poco rato, la cocina de la villa cobró vida de nuevo. Valeria se ató un delantal color crema y empezó a sacar ingredientes del refrigerador. Sus manos se movían ágiles: lavó las verduras, peló las zanahorias y las cortó en trozos parejos.
Mientras tanto, Sebastián se había quedado a unos pasos detrás de ella, teléfono en mano. A escondidas, abrió el buscador. Segundos después, un artículo apareció en la pantalla: "Cómo acercarse a tu esposa."
Sebastián arqueó una ceja. Empezó a leer punto por punto. El primero le llamó la atención de inmediato.
[Ayuda a tu esposa a cocinar.]
Sebastián asintió despacio. Bloqueó la pantalla del teléfono y se acercó a Valeria.
—Valeria.
—¿Sí?
—Déjame ayudarte.
Valeria interrumpió lo que estaba haciendo y se volvió con una expresión ligeramente sorprendida.
—¿Tú sabes cocinar?
Sebastián guardó silencio un par de segundos.
—No... bueno, más bien todavía no.
—¿Entonces en qué quieres ayudar?