Tras la muerte de su padre, Haruto Saitō hereda una montaña de deudas que parecen imposibles de pagar. Desesperado por proteger a su madre, a su hermana y a la mujer que ama, acepta trabajar para una organización criminal creyendo que solo será por un tiempo. Pero cada deuda saldada exige un precio mayor, y cada decisión lo aleja un poco más del hombre que alguna vez fue.
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Revelaciones
La mañana comenzó igual que todas las anteriores.
El despertador.
El silencio.
El café sin terminar sobre la mesa.
Pero algo había cambiado.
Haruto ya no miraba la casa preguntándose qué podía perder.
Ahora miraba preguntándose qué había perdido ya.
El dibujo de Yui seguía sobre la mesa.
No había podido guardarlo.
Cada vez que intentaba doblarlo y ponerlo en un cajón, algo dentro suyo se negaba.
Era una prueba.
Una prueba de que todavía existía alguien que veía al viejo Haruto.
Aunque él mismo ya no estuviera seguro de encontrarlo.
Cuando llegó a la oficina, Shinji estaba sentado revisando documentos.
No levantó la vista.
—Llegaste tarde.
Haruto miró el reloj.
Eran las ocho en punto.
—Son las ocho.
—Exacto.
Antes llegabas quince minutos antes.
Haruto permaneció callado.
Shinji cerró la carpeta.
—Eso es bueno.
Por primera vez en semanas, parecés cansado.
No confundido.
No asustado.
Cansado.
Haruto no entendió la diferencia.
Pero Shinji sí.
Kenji apareció unos minutos después.
Traía un teléfono en la mano.
—Tenemos información.
Shinji extendió la mano.
Leyó el mensaje.
Su expresión no cambió.
—Encontraron a Ryō.
Haruto sintió que el cuerpo reaccionaba antes que la mente.
Se levantó de golpe.
—¿Dónde?
Silencio.
Shinji dejó el teléfono sobre el escritorio.
—Siéntate.
Haruto no obedeció.
—Le pregunté dónde está.
Shinji lo miró.
Y por primera vez...
Pareció decepcionado.
—Todavía reaccionas antes de pensar.
Haruto apretó los puños.
—Es mi amigo.
—Lo sé.
—Entonces dígame dónde está.
Shinji sostuvo su mirada.
—Está vivo.
Esa frase consiguió detenerlo.
Después de tantos días imaginando lo peor...
Esa única palabra fue suficiente.
Vivo.
Lo llevaron a un edificio abandonado cerca del puerto.
El mismo tipo de lugar donde Haruto ya había visto demasiadas cosas.
Pero esta vez era diferente.
Porque sabía quién estaba adentro.
Bajaron por unas escaleras.
Una puerta metálica.
Dos hombres vigilando.
Kenji abrió.
Haruto entró.
Y lo vio.
Ryō estaba sentado en una silla.
No estaba golpeado.
No estaba herido.
Parecía simplemente agotado.
Cuando levantó la vista y reconoció a Haruto, su expresión cambió.
Primero sorpresa.
Después alivio.
Después vergüenza.
—Haruto...
Su voz estaba rota.
Haruto dio un paso hacia él.
—Ryō.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Eran dos amigos que habían pasado por demasiadas cosas juntos.
Dos personas que conocían las peores versiones del otro.
Ryō bajó la cabeza.
—Lo siento.
Haruto frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque sabía que iban a venir por mí.
Silencio.
—Y aun así no hice nada.
Haruto sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué pasó?
Ryō soltó una risa amarga.
—Lo de siempre.
Creí que podía arreglarlo.
Pensé que una última apuesta me salvaría.
Una última oportunidad.
Una última vez.
Haruto cerró los ojos.
Era exactamente lo que Ryō siempre decía.
Entonces apareció Shinji detrás de ellos.
Ryō lo vio.
Su expresión cambió.
Ya no era culpa.
Era miedo.
—Él...
Él es...
Haruto miró a Shinji.
—¿Lo conoces?
Shinji no respondió.
Ryō comenzó a temblar.
—Haruto...
No sabés dónde estás metido.
La habitación quedó en silencio.
Kenji bajó la mirada.
Shinji permaneció inmóvil.
—Dile.
Ryō miró a Haruto.
—¿Decirme qué?
—Dile qué clase de personas son.
Haruto sintió algo extraño.
Como si Shinji estuviera esperando esa respuesta.
Ryō respiró hondo.
—Son personas que hacen que creas que te están salvando.
Silencio.
—Y cuando te das cuenta...
Ya es demasiado tarde.
Haruto miró a Shinji.
Esperaba enojo.
Pero no.
Shinji parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—¿Terminaste?
Ryō apretó los dientes.
—Sí.
Shinji asintió.
Después miró a Haruto.
—Ahora tú.
Haruto frunció el ceño.
—¿Yo qué?
—Decide.
El corazón se le detuvo.
—¿Qué?
Shinji señaló a Ryō.
—Él está endeudado.
Le debe dinero a la organización.
También intentó vender información para pagar sus deudas.
Ryō levantó la voz.
—¡No tuve opción!
Haruto lo miró.
Era la misma frase que él había usado.
No tuve opción.
Shinji continuó.
—Pero tiene algo que otros no tienen.
Una persona que todavía cree en él.
Haruto sintió un escalofrío.
—¿Qué quiere que haga?
Shinji lo miró fijamente.
—Eso depende de ti.
Silencio.
—Porque hoy no quiero ver qué tan bien sigues órdenes.
Quiero ver qué eliges cuando nadie te obliga.
Haruto salió del edificio sin saber cuánto tiempo había pasado.
La lluvia había comenzado otra vez.
Kenji caminaba unos pasos detrás.
—¿Qué vas a hacer?
Haruto no respondió.
Miró sus manos.
Las mismas manos que habían sostenido un arma.
Las mismas manos que habían firmado contratos.
Las mismas manos que habían abrazado a Aiko.
Las mismas manos que Ryō había sostenido tantas veces después de una mala apuesta.
Por primera vez entendió la verdadera crueldad de Shinji.
No quería que matara.
No todavía.
Quería algo peor.
Quería que Haruto aceptara que podía hacerlo.
Porque el día que alguien acepta que es capaz de destruir algo que ama...
La destrucción deja de parecer imposible.
Esa noche, Haruto recibió un mensaje.
De Ryō.
Solo decía:
"Si todavía queda algo del viejo Haruto ahí adentro... no me dejes convertirme en otra cosa que tengas que perder."
Haruto leyó el mensaje una y otra vez.
Hasta que la pantalla se apagó.
Y por primera vez desde que entró a la organización...
Tuvo miedo de una pregunta.
No:
"¿Podría matar a Ryō?"
Sino:
"¿Qué tendría que pasar para que dejara de importarme hacerlo?"