Lala Salcedo creyó que su boda con Damián Alcázar sería el inicio de una vida tranquila. Pero el mismo día de la ceremonia, su media hermana Iris, enferma y mimada por toda la familia, le arrebata el vestido, el novio y hasta el lugar que durante años le perteneció.
Lo que nadie esperaba era que Lala dejara de agachar la cabeza.
Con el corazón roto, una empresa en las manos y demasiadas cuentas pendientes, decide cobrar cada humillación una por una. Damián cree que puede volver cuando quiera. La familia Salcedo cree que todavía puede usarla. Iris cree que todo lo que Lala ama puede terminar en sus manos.
Hasta que aparece Sebastián Suárez, el heredero más reservado y poderoso de la ciudad, dispuesto a respaldarla cuando todos esperan verla caer.
Pero en un mundo de familias ricas, secretos viejos y amores que llegan demasiado tarde, Lala tendrá que descubrir quién quiere salvarla de verdad… y quién solo quiere usarla otra vez.
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Capítulo 21
Capítulo 21
La puerta del reservado se abrió justo cuando yo sostenía el cuchillo del pastel.
Pensé que sería otro mesero. Otra botella. Otra de las sorpresas ridículas de Vivi.
Pero entró Damián.
La música siguió sonando unos segundos, como si nadie supiera dónde poner la vergüenza. Después alguien bajó el volumen.
Damián recorrió el cuarto con la mirada: los letreros, la banda cruzada sobre mi pecho, los chicos guapos que Vivi había contratado, el pastel a medio cortar y las copas sobre la mesa.
Su cara se puso fría.
—Lala, vámonos.
Miré a Vivi.
—¿Tú lo llamaste?
Vivi, que ya traía la lengua un poco suelta por el vino, levantó la barbilla.
—Sí. Quería que viera que no estás encerrada llorando por él.
—Vivi...
—¿Qué? Que vea. Que sepa que no lo necesitas.
Damián dio un paso hacia mí.
—Iris está en terapia intensiva y tú estás aquí, rodeada de hombres.
La frase me dejó más cansada que enojada.
—Si Iris está tan mal, ¿por qué no estás con ella?
—No cambies el tema.
—El tema es ese. Siempre es ese. Iris se enferma, tú corres. Iris llora, tú corres. Iris sangra, tú corres. Pero cuando te conviene, vienes a vigilarme como si todavía tuvieras derecho.
Vivi se interpuso.
—Damián, ya estuvo. Hoy es cumpleaños de Lala. No vengas a arruinarlo.
—Quítate.
Sofía Navarro, que estaba junto al pastel, tomó un poco de crema con el dedo y se acercó con sonrisa de borracha peligrosa.
—Ay, Damián, traes una manchita.
Antes de que él reaccionara, le embarró la crema en la solapa.
—Perdón. Qué torpe soy.
Intentó limpiar con una servilleta, pero solo extendió la mancha.
Mía Cárdenas soltó una carcajada.
Lorena Duarte hizo lo mismo.
Alguien gritó:
—¡Guerra de pastel!
La primera rebanada voló hacia Sofía. La segunda terminó en la mejilla de Vivi. Yo apenas alcancé a apartarme cuando un chico me untó crema en el hombro.
Damián se quedó tieso, con el traje manchado y la dignidad hecha pedazos.
—Están locas.
—Gracias —dijo Vivi—. Ahora vete.
Él me miró una última vez.
Yo levanté el cuchillo del pastel.
—¿Quieres una rebanada o también te vas a hacer la víctima?
Damián apretó la mandíbula y salió.
La puerta se cerró.
El cuarto estalló otra vez.
Cantamos, brindamos, bailamos. Los chicos guapos siguieron haciendo su trabajo: uno cantaba, otro hacía trucos malos de magia, otro se ofrecía a traerme agua cada cinco minutos como si fuera su misión de vida.
Yo tomé más de lo que debía.
Por primera vez en semanas, mi cabeza dejó de repetir nombres: Iris, Héctor, Damián, sangre, divorcio.
A las once, la fiesta ya estaba en ruinas.
Vivi se fue con su cuñada. Sofía y Elena Vargas se fueron con chofer. Lorena se fue con su novio. Mía, la única sobria, miró su celular.
—Mi hermano ya llegó por mí. ¿Quieres que te llevemos?
—No hace falta. Vivo cerca.
—Estás muy borracha.
—Estoy perfecta.
Mía me miró con esa cara de niña buena que no engañaba a nadie.
—Ajá.
Su teléfono volvió a sonar.
—Ya voy —dijo al contestar—. No, no tomé. Sí, ya salgo.
Me abrazó con cuidado.
—Mándame mensaje cuando llegues.
—Sí, mamá.
—No me digas mamá, que mi hermano ya bastante me regaña.
Se fue.
Quedamos dos chicos y yo.
Uno de ellos, Leo o Lalo, no estaba segura, se sentó demasiado cerca.
—Lala, ¿quieres que te acompañe a casa?
—No.
—No tienes que dormir sola en tu cumpleaños.
Me reí porque sonaba barato.
Él intentó abrazarme.
Una mano lo agarró del cuello de la camisa y lo apartó de golpe.
El muchacho cayó contra la mesa.
Levanté la vista.
El hombre frente a mí era alto, con camisa oscura y una mirada tan fría que el alcohol se me bajó un poco.
—Te pareces a Sebastián Suárez —murmuré.
Él inclinó apenas la cabeza.
—¿Ah, sí?
—Pero Sebastián es más guapo.
—Qué exigente.
—Y más elegante. Y más... todo.
El chico que quedaba entendió que era mejor desaparecer. Leo también se fue sin reclamar.
El celular del hombre sonó.
Contestó.
—Mía.
Abrí los ojos.
—¿Conoces a Mía?
Él siguió hablando.
—Sí, ya la encontré. No, no la dejaste bien. Está conmigo. Tú vete a casa.
Colgó.
Lo señalé.
—Entonces sí eres parte de la sorpresa.
—No.
—Vivi contrató chicos. Tú eres el premium.
Sebastián guardó el celular.
—Lala, vamos. Te llevo a casa.
—Los hombres de compañía no pueden dar órdenes.
—No soy hombre de compañía.
—Todos dicen eso.
Me ayudó a levantarme. Caminé dos pasos y casi me fui de lado. Me sostuvo por la cintura, firme, sin aprovecharse.
En el pasillo nos encontramos con Damián.
No se había ido.
O tal vez había vuelto.
Su mirada cayó sobre la mano de Sebastián.
—Suéltala.
Sebastián no lo hizo.
—Está borracha. La llevo a casa.
—Es mi esposa.
—Es una mujer a la que traicionaste y que está peleando el divorcio en el Juzgado Familiar.
—Tú no sabes nada.
—Sé suficiente.
Damián dio un paso.
—No te metas.
Sebastián sonrió apenas.
—Si estuviera sobria, tampoco querría irse contigo.
Yo levanté la mano.
—No peleen. Me duele la cabeza.
Sebastián me acercó a él y siguió caminando.
Damián no pudo detenerlo.
En el coche, Sebastián me dio agua.
—Toma.
Bebí dos tragos y lo miré con sospecha.
—Eres muy profesional.
—Gracias.
—Pero no eres tan bueno como Sebastián.
—Lo tendré en cuenta.
El coche frenó de golpe por una moto que se cruzó. Me fui hacia adelante, pero Sebastián me sostuvo con un brazo y luego se inclinó para ponerme el cinturón.
Su perfume me rozó.
—Hueles bien.
—Quédate quieta.
—¿Cuántos años tienes? Pareces menor que yo. Yo tengo veintiséis.
—Los suficientes para saber que no deberías tomar tanto.
—Qué aburrido.
Me acerqué a su cara.
—Si eres del servicio, ¿puedo besarte?
Él giró, pero mis labios alcanzaron su mandíbula.
Sebastián se quedó inmóvil.
Yo me reí.
—No te asustes. No soy tan fácil. Con mi ex estuve seis años y nunca pasamos de lo que yo quise permitir. Ningún hombre vale tanto como para que una entregue el cuerpo por impulso.
Su voz salió baja.
—Entonces no provoques.
—Solo juego.
Cuando llegamos a mi edificio, mis piernas ya no obedecían.
Sebastián me cargó hasta el elevador.
Apoyé la cara en su hombro.
—Mamá...
No sé si lo dije en voz alta.
Solo recuerdo la puerta de mi departamento, el sofá, el vaso de agua en mi mano y la voz de Sebastián:
—No soy un acosador. Mi asistente verificó tu dirección en el camino. Me voy cuando estés estable.
Lo agarré de la manga.
—No te vayas. Tengo preguntas.
Buena la novela 🥰
se hace demasiada larga
se hace demasiada larga