Tras el cierre del ciclo terrenal en el refugio alpino y la trascendencia de Lyra más allá del umbral mortal, la historia evoluciona hacia una nueva y fascinante etapa de la mitología de los guardianes. El Eclipse del Tiempo explora la soledad milenaria de Onyx bajo la luz de un nuevo amanecer y la inesperada irrupción de un fenómeno cósmico e histórico que amenaza con desenterrar los secretos más oscuros del Cónclave que creían sepultados para siempre. Mientras las estaciones siguen girando en el Valle del Sol, una nueva generación de sombras y alianzas improbables pondrá a prueba la inmortalidad del vínculo de amor que desafió a los siglos.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
- Eclipse Del Tiempo: La Aurora Eterna
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El Visitante De La Bruma
La densa bruma matutina que envolvía las faldas del Valle del Sol comenzó a disiparse lentamente bajo los primeros rayos de un sol estival que apenas lograba templar la fría piedra de los senderos alpinos. Onyx permanecía inmóvil al pie de la escalinata del porche, con la atención fija en el punto exacto del bosque donde la rama se había partido unos instantes antes. Su naturaleza milenaria, endurecida por siglos de combates silenciosos y traiciones en las cortes del norte, no albergaba el miedo, sino una curiosidad fría y calculadora. Nadie en su sano juicio se aventuraba por los pasos septentrionales de la cordillera durante el deshielo temprano a menos que estuviera huyendo de algo infinitamente peor que la muerte o que buscara, con premeditación y alevosía, desenterrar los secretos que el propio vampiro había jurado proteger con su sangre.
El crujir de la gravilla húmeda confirmó que el intruso se acercaba, avanzando con torpeza a través del terreno escarpado cubierto de musgo y raíces centenarias. No era un asesino del Cónclave entrenado en el arte del sigilo absoluto; sus movimientos delataban el cansancio extremo de un viajero al límite de sus fuerzas, alguien cuyo cuerpo mortal suplicaba tregua mientras su voluntad lo empujaba hacia adelante contra toda lógica. Onyx no se movió de su sitio, cruzando los brazos sobre su pecho con una elegancia imponente, dejando que el sonido de los pasos se acercara hasta que una figura encapuchada emergió de entre los troncos oscuros de los abetos.
La persona se detuvo abruptamente al divisar la silueta alta y rígida del vampiro recortada contra la madera clara de la cabaña. Una respiración agitada, entrecortada y dolorosa escapó de entre los pliegues de una capa de viaje desgarrada por las zarzas y pesadamente salpicada de barro seco. Con un temblor evidente en las manos, el viajero se echó hacia atrás la capucha de lana gruesa, revelando un rostro joven pero profundamente demacrado por el hambre, el frío y el terror acumulado durante semanas de persecución implacable. Se trataba de una muchacha que apenas rozaría la veintidós primaveras, con el cabello rubio ceniciento apelmazado por la suciedad y unos ojos verdes, inyectados en sangre, que reflejaban una mezcla desesperada de desafío y súplica.
—¿Eres... eres Onyx el ejecutor? —preguntó la joven con la voz rota, ronca por la falta de agua y temblando visiblemente, tanto por la helada brisa de la montaña como por la aterradora reputación que precedía al nombre del vampiro en los anales prohibidos del Cónclave.
Onyx la observó en silencio durante varios segundos, evaluando cada detalle de su postura, el origen militar de las hebillas en sus botas y el peculiar emblema descosido pero aún visible en el forro interior de su capa: el símbolo de la facción disidente del norte, la misma resistencia que Lyra y él habían ayudado a organizar dos décadas atrás antes de retirarse al aislamiento definitivo del valle. El peso del pasado, que el vampiro creía sepultado bajo la tumba de su compañera, irrumpió de golpe en el presente con la fuerza de una marea incontrolable.
—El nombre que mencionas hace mucho tiempo que dejó de pertenecer a los registros de los vivos —respondió Onyx con su voz profunda, resonante y perfectamente controlada, que cortó el aire matutino como una hoja de acero templado—. Este valle no recibe visitas, muchacha, y los caminos del norte están cerrados por orden de la naturaleza y por la voluntad de quien habita este refugio. Si buscas asilo, has elegido el lugar equivocado; aquí solo hay silencio y cenizas de batallas libradas hace una eternidad.
—No busco asilo para mí —replicó la joven con un destello de furia indomable en sus ojos verdes, dando un paso tambaleante hacia adelante antes de doblar ligeramente las rodillas por el agotamiento físico—. Busco a alguien que pueda descifrar esto antes de que los sabuesos de los nuevos magistrados reduzcan a cenizas lo poco que queda de la verdadera resistencia.
De entre los pliegues de su túnica, la muchacha extrajo un cilindro de metal pesado, sellado con cera roja y marcado con el sello personal que perteneciera en vida a los líderes históricos de la rebelión. Al reconocer las marcas oficiales, Onyx sintió que el tiempo se detenía por completo. Aquel sello no lo portaba cualquiera; era el símbolo de una red clandestina que operaba en las sombras de las grandes ciudades industriales del sur, una red que él mismo había ayudado a tejer en los días en que la sangre derramada aún tenía un propósito político claro.
—¿Quién te entregó ese cilindro? —exigió saber el vampiro, abandonando su postura estática y acortando la distancia entre ambos con la velocidad sobrenatural característica de su especie, deteniéndose a escasos centímetros de la muchacha sin tocarla.
—Mi nombre es Elianora —respondió la joven, conteniendo el aliento ante la cercanía imponente del inmortal, pero sin apartar la mirada de sus oscuros ojos—. Y el hombre que me lo entregó antes de ser ejecutado en la plaza pública de Oakhaven fue el viejo general Kaelen. Me dijo que si el Cónclave lograba descifrar los nuevos códigos de la máquina de cifrado que están construyendo en las catacumbas del sur, la humanidad entera volverá a caer bajo las cadenas de una esclavitud tecnológica de la que jamás podrá despertar. Y me aseguró que solo quedaba un hombre en todo el mundo lo suficientemente viejo, poderoso y libre como para destruir esa máquina antes de que sea demasiado tarde.
Onyx contempló el cilindro metálico en las manos temblorosas de la muchacha. La sombra de Lyra pareció proyectarse brevemente sobre los tablones del porche, recordándole la promesa tácita de que su retiro en el Valle del Sol era sagrado, pero también que los ideales por los que habían luchado no morirían jamás mientras quedara una chispa de resistencia en el mundo. Sin pronunciar una sola palabra más, el vampiro extendió la mano fría, tomó el cilindro de metal y giró la pesada puerta de madera de la cabaña, invitando a la inesperada mensajera a cruzar un umbral que juró no volver a abrir jamás a los asuntos de los hombres.
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