Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 35: El muro de cristal
El desayuno en la mansión Smirnov solía ser un campo de batalla de miradas cargadas de odio o de chispas de una tensión sexual que ninguno quería admitir. Pero esta mañana, el silencio era diferente. Era un silencio funcional, vacío, como el de dos extraños que comparten una habitación de hotel por necesidad.
Damián estaba sentado al final de la mesa, revisando unos planos del puerto en su tableta mientras tomaba café negro. Ni siquiera levantó la vista cuando entré a la habitación con Eithan en brazos.
—Buen día —dije, mi voz sonando extrañamente pequeña en el gran comedor.
—Buen día, Alessandra —respondió él, sin mirarme—. La avena de Eithan está lista. Mijaíl revisó el perímetro hace una hora; todo está despejado para que el niño juegue en el jardín después de comer.
Fue como si me hubieran arrojado un balde de agua helada. No hubo el habitual escaneo de sus ojos sobre mi ropa, ni el comentario sarcástico sobre mi actitud, ni la presión de su presencia buscando la mía. Me trató con la cortesía eficiente de un empleado de alto rango. Solo era "la madre de su hijo".
—Gracias —murmuré, sentando al niño.
Eithan balbuceaba, ajeno a la guerra fría que se libraba sobre su cabeza. Damián se levantó, le acarició el cabello al pequeño con una ternura que me apretó el corazón, y luego se dirigió a la puerta.
—Damián, sobre lo de anoche... —empecé, buscando una grieta en su armadura.
Él se detuvo, pero no se dio la vuelta.
—Lo de anoche quedó claro. Dimitri moverá el cargamento a las dos de la mañana en el muelle 14. Necesito que revises los códigos de acceso que le quitamos a los hombres de Bianca. Si vamos a hacer esto, tenemos que estar coordinados. Como socios.
—¿Solo eso? ¿"Como socios"? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta que me costaba tragar.
—Es lo que pediste, ¿no? —Damián se giró finalmente, y sus ojos estaban apagados, como cenizas después de un gran incendio—. El niño no necesita vernos pelear más. Merece estabilidad, y si para eso tengo que sacar mis sentimientos de la ecuación, lo voy a hacer. Nos vemos en el despacho a las diez para la logística.
Se fue sin esperar respuesta. Me quedé sola con Eithan, sintiendo un dolor agudo en el pecho. Me dolía su indiferencia más que sus gritos. Me dolía que hubiera dejado de pelear por mí. Verlo priorizar la paz del niño por encima de su propio deseo me hacía darme cuenta de que el Damián egoísta estaba desapareciendo, y lo que quedaba era un hombre que ya no estaba dispuesto a ser mi saco de boxeo emocional.
Pasé la mañana en el despacho, rodeada de pantallas y mapas. Los movimientos de Dimitri en el puerto eran inminentes. Según los informes de inteligencia, el Pakhan vendría con un despliegue de fuerza masivo para recuperar lo que él creía que Bianca le había robado.
Damián entró dos horas después. Se movía con una precisión militar, dándome órdenes cortas, discutiendo rutas de escape y puntos de extracción. Trabajamos codo a codo, nuestras manos rozándose ocasionalmente sobre los mapas, pero él retiraba la suya al instante, como si mi piel le quemara.
—Si algo sale mal —dijo Damián, señalando un punto en el mapa del puerto—, Mijaíl te sacará a vos primero. Él sabe que la prioridad es que regreses con Eithan.
—¿Y vos? —le pregunté, clavando mis ojos en los suyos.
—Yo soy prescindible, Alessandra. Mientras ustedes estén a salvo, mi trabajo como padre está hecho —respondió con una frialdad que me dejó helada.
—No sos prescindible para Eithan —dije, y por poco añado: ni para mí.
Damián solo asintió, cerrando la carpeta de los planos.
—Prepará tus armas. Salimos a las 23:00. Dimitri no sabe que lo estamos esperando, pero Bianca sí sabe lo que Dimitri es capaz de hacer. Tal vez sea hora de que tu hermana nos dé la última pieza del rompecabezas antes de que nos maten a todos en ese muelle.
Salió del despacho dejándome con mis pensamientos. Me sentía pequeña, vulnerable y terriblemente sola. Estaba logrando lo que quería: tener el control, ser respetada como una igual y que él dejara de presionarme. Pero el precio era verlo alejarse hacia un abismo donde yo ya no era su luz, sino simplemente la madre de su descendencia.
Miré mis manos. Estaban temblando. Lo estaba perdiendo, y mientras el reloj avanzaba hacia la medianoche y la batalla final en el puerto, entendí que quizás, cuando Dimitri llegara, no tendría que preocuparme solo por las balas, sino por el hecho de que ya no había nada que Damián quisiera rescatar de las cenizas de mi orgullo.
padre debe pagar por humillarte el querer asesinar te