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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16: La Carta Urgente

Al amanecer, Pilar dejó de ser una persona y se volvió un problema doméstico.

Esa fue la primera lección del día.

Dos sirvientas bajaron la vista mientras retiraban las sábanas manchadas. Un guardia llevó la taza rota envuelta en un trapo. Nana Elena dio órdenes en voz baja para que el pasillo quedara limpio antes de que los invitados de la casa despertaran. Nadie habló de una ceremonia de despedida bajo la luna. Nadie mencionó sacerdotisas. Nadie preguntó si Ximena, la hija de Pilar, debía recibir un mechón de cabello de su madre para guardarlo en una bolsa de tela azul, como marcaba la costumbre de las familias antiguas.

Pilar había vivido como sombra.

También querían enterrarla como sombra.

Valentina observó desde el extremo del corredor, apoyada en Sofía y con Lucía a su otro lado. La rodilla le ardía. Las manos seguían vendadas. Pero el dolor físico tenía bordes. Lo otro no.

Lo otro era una puerta abriéndose dentro de ella.

Detrás de esa puerta no había llanto.

Había furia.

—No van a darle rito —susurró Sofía.

Lucía apretó la mandíbula.

—Dirán que una suicida no merece altar.

—Una mujer perseguida hasta la muerte merece más altar que quienes la persiguieron —dijo Valentina.

Sofía la miró, sorprendida por el filo de su voz.

Al fondo del pasillo, Doña Milagros pasó sin mirar la habitación de Pilar. Iba vestida de negro, pero no por duelo. En ella, el negro era estrategia. Su rostro no mostraba culpa. Mostraba cálculo.

Valentina entendió entonces que la muerte de Pilar no iba a detener a esa casa.

Solo iba a enseñarle a esconder mejor los cuchillos.

Volvió a su cuarto antes de que el sol terminara de subir.

La carta de la noche anterior estaba sobre la mesa, cerrada con cera sencilla. No bastaba.

Una carta escrita con miedo podía hacer que Don Ernesto enviara consejos, sermones, quizá una promesa lenta de revisar el asunto cuando los ánimos bajaran.

Valentina ya no necesitaba un padre que revisara.

Necesitaba un jefe de familia que firmara.

—Papel nuevo —dijo.

Lucía no preguntó. Colocó otra hoja frente a ella, más gruesa, de las que se usaban para peticiones oficiales.

Sofía seguía pálida por la noche anterior. Tenía un vendaje bajo el labio y marcas moradas en las muñecas, pero aun así se quedó junto a la puerta como guardia.

Valentina tomó la pluma.

La mano le temblaba.

Esta era ya la tercera carta.

No por miedo.

Por rabia contenida en un cuerpo todavía débil.

Padre:

La carta que envié antes hablaba de honra. Esta habla de supervivencia.

Pilar murió anoche dentro de Hacienda Reyes después de haber sido usada para destruirme. Antes de morir declaró que Doña Milagros la amenazó durante años y que Catalina del Valle participó en la trampa tendida contra mí. Hay testigos protegidos por la Casa Montero y una declaración escrita del Comandante Emilio Lara.

No le pido consuelo.

Le exijo, como hija legítima de la familia Solano y como Luna reconocida por la ley, que regrese antes de la próxima luna llena para respaldar mi Petición de ruptura del enlace ante el Tribunal de la Manada Real.

Si aún me reconoce como hija, venga.

Si no viene, entenderé que el apellido Solano prefiere una tumba discreta a una mujer viva.

Valentina dejó la pluma.

La tinta brillaba como una herida abierta.

Sofía se cubrió la boca.

Lucía, en cambio, asintió despacio.

—Ahora sí va a tener que contestar.

—Ahora ya no le estoy dejando espacio para esconderse.

—¿Quiere que salga hoy?

—Hoy.

Lucía dobló la carta con precisión. Valentina la selló con el anillo Solano que conservaba en una cajita desde su boda. La marca era pequeña, menos impresionante que un sello de Alfa, pero era suya por sangre.

Luego escribió una segunda nota, breve, para el administrador de Solano Holdings.

Preparar fondos líquidos. Casa de jacarandás. Discreción absoluta. Prioridad: salida inmediata.

Lucía guardó ambas cartas dentro de su chal.

—Usaré al mensajero de la ruta del maíz —dijo—. No pasa por las oficinas de Manada Reyes.

—Que cambie de caballo dos veces.

—Ya está previsto.

Sofía intentó sonreír.

—Ustedes dos hablan de huir como si estuvieran comprando telas.

Valentina miró por la ventana.

En el patio, un sirviente lavaba el piso donde la noche anterior habían pasado cargando el cuerpo de Pilar. El agua clara se volvía gris al tocar la piedra.

—Huir también requiere contabilidad.

En el campamento Montero, a varias calles de distancia, Emilio Lara colocó tres documentos sobre la mesa de campaña.

Damián no se sentó.

Había mapas abiertos, lámparas encendidas y olor a cuero húmedo. Afuera, los soldados entrenaban bajo un cielo bajo, como si la lluvia de la noche anterior aún no hubiera terminado de abandonar la ciudad.

—Los dos testigos confirmaron el punto de encuentro —dijo Emilio—. Mercado viejo, bodega de sal, entrada trasera. Los hombres no eran borrachos de calle. Trabajan por encargo. Uno sirvió antes como rastreador en frontera. Otro tiene entrenamiento con acónito.

Damián miró el primer documento.

—¿Pago?

—Monedas limpias en superficie. Pero el intermediario usó una cuenta ligada a ganado de Manada del Valle. No aparece el nombre de Catalina, por supuesto.

—Por supuesto.

La voz de Damián no cambió.

Eso hizo que Emilio se tensara.

—Hay tres hombres más escondidos al sur del canal. Los testigos dicen que fueron los que recibieron la instrucción directa sobre Luna Valentina y Sofía.

Damián levantó la vista.

—¿Vivos?

—Por ahora.

El silencio dentro de la tienda se volvió frío.

Emilio conocía muchas versiones de su Alfa. El estratega que dejaba que un enemigo ganara una calle para perder una ciudad. El soldado que dormía con armadura si el campamento estaba inseguro. El noble que podía escuchar insultos durante una hora sin mover una pestaña.

Esta versión era distinta.

No estaba furioso en voz alta.

Estaba demasiado quieto.

—Prepara el caballo —dijo Damián.

—Mi Rey Alfa, puedo encargarme.

—Lo sé.

—Entonces...

Damián tomó su espada.

—Por eso vendrás conmigo.

El escondite estaba detrás de una curtiduría abandonada. Olía a piel vieja, cal, agua podrida y miedo reciente. Los tres hombres intentaron huir por una salida lateral cuando vieron las sombras Montero cerrar el callejón.

No llegaron lejos.

Damián no usó su Voz Alfa.

No la necesitó.

El primero cayó de rodillas al reconocerlo. El segundo intentó transformarse y descubrió demasiado tarde que Emilio había marcado el suelo con polvo de acónito diluido, suficiente para impedir el cambio sin matar. El tercero sacó una navaja.

Fue un error breve.

Cuando todo terminó, no hubo gritos.

Solo respiraciones rotas, lluvia fina sobre tejas y el sonido de Damián limpiando su espada en el borde de una capa ajena.

—Dos vivos para declarar —dijo Emilio, mirando los cuerpos de los principales cabecillas—. Uno muerto por resistirse.

Damián observó al hombre caído.

El jefe del grupo tenía una bolsa de cuero atada al cinturón. Dentro había más monedas, un papel con una dirección y una frase escrita con letra cuidadosa:

La Luna no debe regresar entera.

Emilio leyó la frase y, por una vez, no dijo nada.

Damián dobló el papel.

No lo guardó en el archivo.

Lo guardó junto al pecho, en el mismo bolsillo donde todavía, aunque ya seco, quedaba el olor tenue de nieve bajo luna.

—¿Quiere cambiarse antes de volver al campamento? —preguntó Emilio.

La manga de Damián tenía sangre.

No mucha.

Suficiente.

—No.

—Va a llamar la atención.

—Que la llame.

Emilio lo siguió bajo la lluvia fina.

—Mi Rey Alfa.

Damián no se volvió.

—Habla.

—Esto ya no parece solo una investigación.

Damián siguió caminando.

—No lo es.

La respuesta llegó sin explicación.

Emilio, que era inteligente, no pidió más.

Esa noche, Damián fue al Santuario de la Luna sin escolta visible.

El templo estaba en una colina baja, detrás de muros blancos cubiertos de bugambilias oscuras. A esa hora, las sacerdotisas dormían o fingían dormir. Solo una lámpara ardía en el patio central, junto a una fuente redonda donde la luna se reflejaba como una moneda rota.

Doña Esperanza lo esperaba.

La Vidente era una Omega anciana, pequeña, con cabello blanco trenzado y ojos tan claros que parecían haber mirado demasiados futuros hasta gastar el color. No se inclinó ante Damián. Nadie en el Santuario se inclinaba igual que en un palacio. Allí, incluso un Rey Alfa entraba como criatura bajo la misma luna.

—Llegas tarde —dijo ella.

—No sabía que tenía cita.

—Los lobos siempre creen que solo hay cita cuando ellos la piden.

Damián dejó una bolsita de monedas rituales junto a la fuente.

—Necesito una lectura.

Doña Esperanza miró su manga.

—Necesitas lavarte.

—Después.

—Siempre dicen después. Luego se preguntan por qué la sangre se les queda pegada al destino.

Damián no sonrió.

—Valentina Solano.

La anciana levantó la vista.

Por primera vez, su ligereza desapareció.

—Ah.

Una sola sílaba.

Demasiado cargada.

—¿La conoce?

—La luna conoce a sus hijas aunque sus casas las olviden.

Doña Esperanza tomó un cuenco de obsidiana, vertió agua clara y dejó caer tres gotas de aceite de copal. La superficie tembló. La luz de la luna entró por el techo abierto y se quebró sobre el agua en líneas plateadas.

Damián esperó.

No era un hombre paciente por naturaleza.

Era un hombre disciplinado.

La diferencia importaba.

Doña Esperanza miró el cuenco durante tanto tiempo que el silencio empezó a pesar.

Finalmente, respiró.

—La han drenado.

—Eso ya lo sé.

—No. No lo sabes. Ves el cuerpo débil y crees que entiendes el daño. El enlace de curación no solo tomó fuerza. Tomó luna. Tomó raíz. Alguien usó un río como si fuera pozo y luego se sorprendió de encontrar piedras.

La mano de Damián se cerró.

—¿Se puede reparar?

La Vidente no respondió de inmediato.

El agua del cuenco brilló.

—Hay plata en su sangre.

Damián se quedó inmóvil.

—Explique.

—No es una Omega común. Hay rastro de Loba Plateada en ella. Débil, cubierto, casi dormido. Pero está ahí.

El aire del templo pareció cambiar.

Damián había oído historias de Lobas Plateadas cuando era niño: mujeres nacidas bajo marcas antiguas, capaces de calmar manadas enteras, de sostener enlaces sin romperse, de mandar no por fuerza sino por reconocimiento. Leyendas convenientes para ceremonias y libros viejos.

No para una mujer ensangrentada en un callejón.

—¿Está segura?

Doña Esperanza lo miró con una paciencia cruel.

—Cuando un Alfa pregunta si la luna está segura, la luna suele reírse.

—No estoy aquí por acertijos.

—Entonces escucha una frase clara: la Diosa Luna no entrega a sus elegidas al lobo equivocado.

Damián sintió el golpe como si alguien hubiera tocado una herida que él no sabía tener.

—Ella ya tiene un enlace.

—Tiene una cadena.

—La ley dice...

—La ley a veces tarda en alcanzar la verdad.

La fuente siguió sonando.

Damián miró el reflejo de la luna en el cuenco.

—¿Qué quiere decir con elegida?

—Que si sobrevive, cambiará más que su propia vida.

—¿Y si no sobrevive?

Doña Esperanza no apartó los ojos del agua.

—Entonces el mundo seguirá como está. Eso también es una tragedia.

Damián salió del Santuario antes de que la madrugada aclarara.

No preguntó por sí mismo.

No preguntó qué lugar tenía él en esa lectura.

La Vidente lo vio bajar los escalones con la manga manchada, la espalda recta y el destino caminándole demasiado cerca.

Cuando su figura se perdió entre los árboles, Doña Esperanza tocó el agua del cuenco.

La luna se rompió en círculos de plata.

—El Alfa que la luna eligió —murmuró— ya estuvo frente a ella.

Y sonrió con tristeza.

—Solo que ninguno de los dos lo sabe todavía.

1
Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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