Marcos Castro, el implacable director de Apex Dynamics, cree que el control lo es todo hasta que la humilde camarera Sara tropieza con él. Ella trabaja sin descanso para pagar deudas médicas y posee una dignidad inquebrantable que fascina a Marcos, desatando en él una peligrosa obsesión.Para acercarse, él le ofrece empleo en su empresa. Sin embargo, Sara desconfía de los ricos y rechaza sus lujos, obligando al magnate a bajarse de su pedestal para ganarse su corazón. Entre el orgullo y una pasión salvaje e incontenible, ambos inician un intenso juego de seducción.La situación se complica cuando los secretos del pasado de Sara salen a la luz y un enemigo corporativo intenta usarla para destruir la compañía. El hermético empresario tendrá que decidir si es capaz de quemar su propio imperio con tal de proteger a la mujer que se convirtió en su dulce perdición.
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CAPITULO 8. EL PRIMER CHISPAZO
Las luces principales de la planta ejecutiva de Apex Dynamics se apagaron de forma automática a las siete de la tarde, dejando el pasillo de cristal sumido en una penumbra cálida e íntima. El silencio en el edificio era absoluto, roto únicamente por el sutil zumbido del sistema de climatización de fondo. Los directivos y los secretarios ya se habían marchado a casa, pero en el fondo de la oficina principal, una silueta seguía moviéndose entre las sombras.
Sara permanecía de pie en el interior del cuarto de archivo confidencial, un espacio estrecho y revestido de estanterías de madera noble adjunto al despacho de Marcos. Llevaba una hora ordenando los expedientes de las nuevas patentes de chasis que Lucía le había encomendado antes de marcharse. Se sentía cansada, pero una extraña agitación le recorría el pecho cada vez que miraba hacia la gran mesa de nogal vacía de su jefe. El recuerdo de los brazos fuertes de Marcos cargando a su pequeño Matías bajo la tormenta del viernes no la había dejado dormir en todo el fin de semana.
Un aroma sutil, varonil y abrumador a cuero negro, madera de cedro y menta salvaje inundó el espacio reducido del archivo de forma repentina.
Sasha le había dicho una vez a su hermano que los hombres Atelier sabían cómo emboscar a su presa, y Sara lo comprobó en carne propia cuando la silueta robusta y alta de Marcos bloqueó por completo la puerta de salida del archivo. El directivo se había quitado la chaqueta del traje sastre, luciendo únicamente el chaleco oscuro que se ceñía a su pecho musculoso y una camisa blanca con las mangas ligeramente arremangadas hasta los antebrazos. Sus ojos oscuros y profundos se clavaron en ella con una intensidad felina que le congeló la sangre en las venas.
—Pensé que ya te habías marchado con Lucía, Sara —dijo Marcos. Su profunda voz barítona sonó más áspera, vibrando en la intimidad del cuarto de madera noble.
Sara dio un paso atrás, apoyando la espalda contra la balda de los archivadores, forzando una rigidez orgullosa para camuflar el vuelco salvaje que le había dado el corazón. El aroma dulce a vainilla de su propia piel comenzó a mezclarse con el perfume de él, creando una atmósfera asfixiante de pura sensualidad.
—Quería dejar este inventario terminado antes del miércoles, señor Atelier —respondió Sara en un hilo de voz que intentó mantener clara y segura—. No necesito que se quede a controlar mis horarios. Sé perfectamente cumplir con mi trabajo sin que nadie me vigile.
Marcos soltó una risa corta, un sonido seco pero cargado de una posesividad que le erizó la piel a la joven. Dio un paso al frente, reduciendo la distancia física entre ambos a la nada, acorralando la silueta esbelta de Sara contra la estantería. Su mano grande se posó sobre la madera, justo al lado de la cabeza de ella.
—¿Por qué sigues llamándome señor Atelier cuando estamos a solas, Sara? —susurró Marcos, inclinándose sobre ella hasta que su respiración caliente rozó sus facciones almendradas—. El viernes en el portal de tu casa me demostraste que sabes perfectamente quién soy. Me estás huyendo desde el lunes por la mañana porque tienes miedo de lo que este roce te provoca.
El orgullo de Sara se activó en un segundo ante la arrogancia del heredero. Levantó su mirada color miel, clavándola en las pupilas de él con una fiereza indomable que desafió toda su autoridad ejecutiva.
—No le tengo miedo a usted, ni a su dinero, Marcos —replicó ella, pronunciando su nombre de pila con una lentitud desafiante que le encendió la sangre al directivo—. Tengo miedo de los hombres de su posición que creen que por habernos llevado en coche bajo la lluvia o por haber sido amables con mi hijo, tienen derecho a arrinconarnos en un pasillo oscuro para jugar con nuestras vidas. No soy un juguete de la alta sociedad.
Esa mención a Matías y la acusación de estar jugando con ella terminaron por destrozar el último vestigio de la legendaria disciplina de Marcos. Su paciencia se extinguió en un segundo, reemplazada por una furia pasional y ultraprotectora que lo dominó por completo.
—No estoy jugando contigo, maldita sea —rugió Marcos en un murmullo ronco.
Con un movimiento rápido, posesivo y de una fuerza física descomunal, su mano derecha atrapó la nuca de Sara, hundiéndose en sus mechones castaños desordenados, mientras su otra mano se cerraba alrededor de su cintura delgada para pegarla por completo contra su pecho robusto y firme. Antes de que Sara pudiera soltar un solo jadeo de protesta, Marcos bajó la cabeza y atrapó sus labios en un beso salvaje, caliente y desmedido que cortó el aire del archivo.
Fue un choque de bocas ardiente, espeso y caótico, cargado de todo el deseo contenido y el orgullo herido de las últimas dos semanas. Marcos la poseyó con una urgencia que hizo que a la joven se le doblaran las piernas por el subidón de adrenalina; su lengua invadió la cavidad de Sara con una insistencia hambrienta, reclamando cada rincón con una posesividad absoluta. Sara intentó resistirse el primer segundo, apoyando sus manos frías contra los hombros anchos de él, pero el contacto con sus músculos firmes, el sabor a menta de su boca y el embriagador perfume a cuero y cedro la desarmaron por completo. Su propia rebeldía e intimidad se disolvieron en el fuego del encuentro; soltó un gemido ahogado de puro placer y enredó sus dedos en el cabello oscuro de Marcos, entregándose por completo al abismo de ese primer y salvaje beso en la penumbra.
Marcos la apretó más contra las estanterías de madera, devorándola con una lentitud tortuosa y dulce antes de separarse apenas unos milímetros. Sus respiraciones se mezclaban en un compás acelerado en la oscuridad del despacho vacío.
—Esto no es un juego, Sara —susurró Marcos con la voz rota por la pasión, manteniendo sus ojos oscuros fijos en los labios hinchados de ella—. Te lo dije el viernes y te lo repito ahora: estás bajo mi techo y te vas a acostumbrar a mi presencia, porque no voy a dejar que ningún abismo nos separe.
Sara lo observó con la mirada color miel empañada en una mezcla de temor y un deseo ardiente que ya no podía camuflar, comprendiendo que el primer chispazo de la relación acababa de sellar un secretos en la oficina del que ya no habría billete de vuelta.