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La Última Hija de la Luna Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

La Última Hija de la Luna Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Autosuperación / Completas
Popularitas:96
Nilai: 5
nombre de autor: AUTORAATENA

Luara creció como la humana entre lobos: sin loba interior, sin poder, sin lugar. Criada por una manada que la tolera pero no la quiere, aprendió a bajar la cabeza, a curar heridas ajenas y a no esperar nada para ella. Hasta que la luna decide lo contrario.

Cuando el vínculo de compañeros destinados la ata al Alfa más codiciado de la manada, Luara descubre que ser elegida puede doler más que ser ignorada: él la desprecia en público, la humilla delante de todos y la entrega a un destino que ninguna mujer debería aceptar. Pero la sangre que corre por sus venas no es humana. Es divina. Y hay un rey milenario —frío, posesivo, temido en todos los reinos— que llevaba siglos esperando a que ella despertara.

De esclava despreciada a reina de un imperio inmortal, Luara tendrá que decidir entre el lobo que la rechazó y el rey que mataría por ella. En el camino: traiciones que sangran, rivales que no perdonan, una guerra entre lobos y vampiros que amenaza con incendiarlo todo, y un amor tan feroz como peligroso.

Rechazada por el Alfa. Elegida por el Rey. Y a punto de descubrir que ella siempre fue la más poderosa de todos.

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CAPÍTULO 3 — Marina, la madre de Luara

MARINA

Hay personas que llegan a nuestra vida como respuestas a preguntas que ni siquiera sabíamos hacer.

Luara fue así.

Yo nunca llevé una hija en el vientre. Mi cuerpo no fue capaz de eso, y durante años cargué ese peso en silencio, sonriéndoles a las otras lobas que anunciaban embarazos y presumían a sus crías como si el mundo entero necesitara enterarse. Yo aplaudía. Abrazaba. Decía que era hermoso.

Y lloraba sola cuando llegaba a casa.

Jorge nunca me reprochó nada. Nunca dijo una palabra que me hiriera. Pero yo veía en sus ojos el mismo dolor que intentaba esconder en los míos. Éramos dos lobos completos en todo, menos en aquello que más deseábamos.

Entonces, aquella noche, la Diosa de la Luna respondió.

No con palabras. No con señales en el cielo.

Con tres golpes suaves en nuestra puerta.

Cuando Jorge abrió y encontró aquel cesto de paja en el umbral, yo estaba detrás de él, con el corazón en la garganta. Él se agachó despacio. Levantó la manta con la punta de los dedos.

Y allí estaba ella.

Tan pequeña que cabía entera en sus brazos.

Los ojitos cerrados. La boquita entreabierta. Las manitas apretadas como si durmiera guardando algo precioso.

—Jorge... —fue todo lo que logré decir.

Él me miró. Sus ojos brillaban de una manera que yo jamás había visto.

Sin decir una palabra, puso a la bebé en mis brazos.

Y fue en ese instante cuando entendí lo que es el amor incondicional.

No era la sangre. No era el olor a cría. No era nada que pudiera explicarse por la naturaleza de los lobos.

Era solo aquella criatura mirándome como si yo fuera el mundo entero.

Le di el nombre que ya llevaba dentro de mí sin saberlo: Luara.

* * *

Criarla no fue fácil.

Desde pequeña, Luara se enfermaba con facilidad. Un viento un poco más frío bastaba para dejarla en cama varios días. Mientras los demás niños corrían por la aldea sin siquiera sudar, mi hija volvía a casa roja de fiebre, apenas capaz de arrastrarse hasta el cuarto.

Pasé más noches en vela de las que puedo contar.

Aprendí sobre hierbas medicinales no por curiosidad, sino porque mi hija lo necesitaba. Me memoricé cada té, cada compresa, cada combinación de hojas que aliviara aquel cuerpecito que siempre parecía en guerra consigo mismo.

Jorge se quedaba a su lado en la cama cuando le subía la fiebre, contándole historias graciosas con esa voz grave hasta que ella se dormía riendo, aunque no tuviera fuerzas para reír.

Esa era nuestra rutina.

Y no la cambiaría por nada.

* * *

Lo que dolía era otra cosa.

No era su baja resistencia. No era la lentitud en las carreras. No era el hecho de ser la más débil de la manada.

Era ver a Luara mirar a los demás jóvenes e intentar, con toda su buena voluntad, encajar en un mundo que no estaba dispuesto a hacerle espacio.

Yo veía cómo se reían.

Veía las miradas de reojo. Los cuchicheos. Las bromitas sobre su peso dichas en voz lo bastante alta para que las oyera.

Mi hija nunca se quejaba conmigo. Siempre llegaba a casa con esa sonrisa terca, preguntando qué había de cena, abrazando a su padre, ayudándome a doblar la ropa.

Pero yo conocía cada expresión de su rostro desde que cabía entera en mi regazo.

Sabía cuándo había llorado.

Sabía cuándo estaba guardándose algo.

Sabía cuándo el dolor era más grande de lo que ella lograba esconder.

Y en días así, yo quería ir hasta cada uno de esos jóvenes y recordarles que la fuerza de un lobo se mide por lo que protege, no por lo que consigue destruir.

Jorge me detenía.

—Deja que aprenda a levantarse sola, Marina. No siempre vas a poder estar ahí.

Tenía razón.

Pero eso no volvía más fácil quedarme quieta.

* * *

Lo que me partía el corazón de otra manera era darme cuenta de que Luara quería pertenecer.

No quería que la trataran como especial. No quería privilegios.

Solo quería sentir lo que todos a su alrededor sentían. Quería tener su loba. Quería oír esa voz interior que guiaba a cada lobo desde el primer despertar.

A veces la encontraba en la ventana, ya entrada la noche, mirando la luna con una expresión que yo no sabía nombrar del todo.

No era tristeza.

Era añoranza de algo que aún no había vivido.

Y yo me quedaba ahí, en el umbral de su cuarto, sin hacer ruido, solo mirándola pensar.

Rezaba en silencio a la Diosa de la Luna todas las noches.

Cuídala. También es tuya.

Jorge decía que yo exageraba. Que Luara era más fuerte de lo que parecía. Que una niña capaz de caminar leguas por el bosque estando enferma para llevarle un remedio a una vecina no era débil: estaba hecha de otra madera.

Yo estaba de acuerdo.

Solo quería que el mundo también lo viera.

* * *

Una mañana, cuando tenía unos quince años, fui a su cuarto muy temprano y la encontré dormida con un libro abierto sobre el pecho.

Se había quedado despierta leyendo historias de los antiguos reinos de los lobos.

Sonreí sin querer.

Aquella niña había llegado hasta mí en un cesto de paja, en una noche fría, dejada por alguien que tuvo que partir antes de poder criar a la hija que tanto amaba.

Y se había convertido en lo más hermoso que yo jamás había protegido.

La cubrí con la manta. Cerré el libro despacio.

Antes de salir del cuarto, me detuve en la puerta.

—Algún día verán quién eres, hija mía.

Ella no me oyó.

Pero yo necesitaba decirlo de todos modos.

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