Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
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CAPITULO 18. LA CUERDA TENSA Y EL ULTIMO REFUGIO
Parte 1: La perspectiva de José
El volumen de facturación de TechCore Solutions seguía una curva ascendente impecable, pero mis niveles de tolerancia humana estaban bajo mínimos. Me pasaba los días enteros metido en mi despacho, encadenando reuniones de negocios y firmando acuerdos comerciales que me consolidaban como uno de los empresarios más potentes de la provincia. Mi reputación de picaflor en el pueblo seguía intacta, alimentada por las fotos falsas con mujeres sofisticadas que yo mismo me encargaba de propiciar en los restaurantes de moda. Un decorado perfecto. Una mentira diseñada al milímetro para convencer al mundo, y a mí mismo, de que el vacío crónico que arrastraba en el pecho no era más que un daño colateral del éxito.
Esa tarde de jueves, Laura entró en mi oficina de la capital de la provincia para dejarme unas facturas pendientes de la liquidación de sus antiguas prácticas. Llevaba el pelo recogido de forma apresurada y se le notaba una tensión en los hombros que me puso en alerta al instante. Llevaba años fajándose como encargada general de aquel supermercado masivo en la capital, lidiando con huelgas de transporte, balances descuadrados y abusos de la gerencia, pero hoy su rostro reflejaba un límite peligroso.
—¿Estás bien, Laura? —le pregunté, bajando el tono de voz y dejando el bolígrafo sobre la mesa—. Tienes una cara espantosa.
Mi hermana soltó una carcajada amarga, cruzándose de brazos mientras miraba hacia el ventanal.
—Estoy al límite, José. La central del supermercado nos ha exigido un recorte de personal del quince por ciento para el próximo trimestre, manteniendo los mismos objetivos de venta. Eso significa que yo, como encargada, voy a tener que doblar turnos gratis y poner la cara ante los despidos de empleados que llevan años dejándose la piel. Estoy asfixiada. No puedo más con este empleo de mierda.
—Si necesitas dejarlo, hazlo. Sabes que puedo ayudarte económicamente o abrirte un hueco definitivo en mi departamento financiero —le ofrecí con total sinceridad, movido por un puro instinto de protección de hermano mayor.
Laura me miró fijamente, con una seriedad que me heló el pulso, y negó con la cabeza de forma tajante.
—No quiero tus parches de hermano rico, José. Y tampoco quiero que me rescates. Estela y yo estamos buscando nuestra propia salida de este pozo —hizo una pausa intencionada, midiendo sus palabras—. Por cierto, Estela ha empezado a salir con un cirujano del hospital céntrico. Se llama Fernando. Parece que por fin ha encontrado a un hombre maduro que sabe lo que quiere y que no tiene miedo de comprometerse.
Se dio la vuelta y salió del despacho pegando un portazo que hizo vibrar los cristales de la oficina. Me quedé inmóvil en mi silla de piel, sintiendo un zarpazo de celos tan violento en las entrañas que casi se me cae la taza de café de las manos. Un cirujano. Fernando. El nombre se me quedó clavado en la mente como un clavo ardiente. La farsa de mi vida de mujeriego se me desmoronó encima en un segundo, dejándome a solas con la cruda realidad: mientras yo seguía encerrado en mi fortaleza de orgullo y aislamiento, Estela seguía adelante, buscando en otros hombres el calor y la valentía que yo jamás me atreví a demostrarle.
Parte 2: La perspectiva de Estela
El reloj de pulsera de Fernando brillaba bajo las luces del restaurante, marcando el inicio de nuestra cuarta cita en menos de un mes. Era un cirujano reputado, un hombre de treinta y ocho años con una conversación culta, unos modales impecables y una madurez que a mis compañeras de la firma de abogados les parecía el ideal de pareja perfecta. Fernando representaba la estabilidad absoluta, el refugio seguro tras la tormenta destructiva que supuso la ruptura con Sergio.
—Estela, he estado pensando que el próximo fin de semana podríamos hacer una escapada a un hotel rural en el norte. Te vendrá bien desconectar del bufete —me dijo, dedicándome una sonrisa afectuosa mientras me servía un poco más de vino.
—Es un detalle precioso, Fernando. Muchas gracias —respondí, forzando una sonrisa que me dolió en los músculos de la cara.
Me sentía profundamente culpable. Fernando ponía todo de su parte: era atento, respetuoso y mostraba un interés genuino por mis proyectos como asesora junior, pero mi cuerpo y mi mente se negaban a reaccionar. No había chispas, no había tensión, no había esa necesidad salvaje de medir mis fuerzas con él. El romance con el cirujano no era más que otro intento desesperado y patético por construir una mentira que tapara mi realidad. José seguía metido debajo de mi piel, un inquilino persistente que arruinaba cada caricia ajena y que transformaba la madurez de Fernando en un trámite aburrido e insípido.
La relación con el cirujano no duró ni dos semanas más. No pude sostener el simulacro; me despedí de él en la puerta de su coche con una disculpa sincera, cansada de usar a hombres inocentes como escudos contra mi propio pasado.
Al entrar en el piso compartido esa noche, encontré a Laura sentada en el suelo de la cocina, rodeada de circulares de la empresa, informes de pérdidas y ganancias del supermercado y una taza de café completamente fría. Tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas y las manos le temblaban de pura impotencia laboral.
—He dejado a Fernando, Lau —anuncié, dejándome caer a su lado sobre las baldosas de la cocina, exhausta de mis propios fracasos amorosos.
Laura apartó los papeles de un manotazo, rompiendo a llorar por fin tras días de contener la presión de su puesto como encargada general.
—Se acabó, Estela. Hoy he tenido una discusión fortísima con el director regional. Me exigen despedir a la mitad de mi equipo de cajas para abaratar costes antes del cierre anual. No pienso hacerlo. No voy a destrozar la vida de esas familias para que una multinacional gane un punto más de margen neto. Estoy agotada de este supermercado, harta de ser el verdugo de un negocio que me trata como a un número prescindible.
Le rodeé los hombros con los brazos, apretándola con fuerza contra mi pecho mientras compartíamos nuestro dolor en mitad del silencio de la noche de la capital. Yo estaba de nuevo sola, sin pareja, vacía de ilusiones, y Laura se encontraba al borde del colapso emocional por la precariedad y la falta de ética de su empleo. Nos miramos a los ojos en mitad de la cocina, limpiándonos las lágrimas, y el hartazgo acumulado durante años se transformó de golpe en una determinación fría, sólida y arrolladora.
—Lau, se acabó —le dije con una firmeza que me brotó de lo más hondo del estómago—. Tú llevas años coordinando la logística, los proveedores y las ventas de un supermercado masivo. Yo domino los contratos, las normativas legales y la constitución de sociedades en el bufete. Dejemos de regalarle nuestra salud a otros. Vamos a montar nuestro propio negocio de alimentación. Vamos a levantar nuestra propia cadena.
Laura me sostuvo la mirada y, por primera vez en muchos meses, una sonrisa real y llena de vida apareció en su rostro en mitad de las lágrimas. El desierto emocional seguía ahí, pero el germen de la multinacional de supermercados que un día dominaría el sector acababa de nacer sobre el suelo de nuestra pequeña cocina en la gran ciudad.