Catalina lo dio todo por su matrimonio: su carrera como piloto, su juventud, su orgullo. Seis años dedicada a ser la esposa perfecta mientras Adrián, el hombre por quien abandonó el cielo, la humillaba a sus espaldas con otra mujer.
"Me da asco con solo mirarla."
Esas fueron las palabras que escuchó aquella noche en el estacionamiento del aeropuerto. Pero en lugar de derrumbarse, Catalina tomó una decisión: recuperar todo lo que sacrificó.
Con un divorcio a cuestas y un hijo pequeño como única compañía, vuelve a la academia de aviación decidida a reconquistar su lugar en la cabina de mando. Nadie le facilita el camino. Los instructores dudan de ella, los compañeros la subestiman y su ex hace lo imposible por sabotearla. Pero Catalina no es la misma mujer que se fue seis años atrás.
Y hay alguien que lo nota.
César es cinco años menor, heredero de la aerolínea más importante del país, y el único que aplaudió cuando ella completó la simulación más difícil de la academia. Su regla es simple: "Nunca le cortaría las alas a una mujer que nació para volar."
Mientras Catalina asciende, Adrián cae. Y la mujer que él despreció se convierte en la capitana que todos admiran.
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Capítulo 33
Adrián seguía de pie al otro lado de la calle, contemplando la casa de los padres de Leya. Estaba a punto de irse cuando sus ojos vieron a Leya salir.
La mujer llevaba un vestido sencillo en un tono pastel suave. Tenía el cabello recogido con desenfado, sin maquillaje excesivo. Pero su rostro lucía mucho más radiante que antes, y su mirada también tenía más vida.
Leya conversaba con una mujer mayor, Doña Carmen. De vez en cuando reían juntas. Aquella escena tan sencilla bastó para que el pecho de Adrián se apretara. Antes, él era quien estaba al lado de esa mujer. Ahora no era más que un desconocido parado al otro lado de la calle.
Adrián bajó la mirada un momento y luego volvió a observar la casa. Leya parecía hablar con alguien adentro; poco después, un hombre salió... César.
El hombre se acercó a Leya y con toda naturalidad le tomó la mano. Un gesto pequeño y sencillo, pero suficiente para que Adrián lo entendiera todo.
César dijo algo y Leya rio. Después, el hombre le acarició suavemente la cabeza a Leya; cada gesto, lleno de cariño.
Adrián sonrió con amargura.
—Se ve... muy feliz.
Lo pronunció en voz baja, solo para sí mismo, pero al menos sintió un leve alivio. Porque al fin y al cabo, la mujer a la que una vez lastimó había encontrado de verdad a alguien que la trataba bien. Sin embargo, justo cuando iba a dar media vuelta para marcharse, la puerta de la casa volvió a abrirse.
Un niño pequeño salió corriendo.
—¡Papá!
Adrián se quedó helado. Mateo corrió directo hacia César, y el hombre, por puro reflejo, lo levantó en brazos.
El niño reía encantado.
—¡Papá! ¡Papá, mira!
Adrián se quedó rígido en su sitio; el pecho le dolió como si algo lo golpeara. Ese era... su hijo. Y ahora le decía "papá" a otro hombre.
El niño sostenía algo en la mano: un carrito de juguete.
—¡Papá, mira! ¡Puedo hacer carreras!
César rio.
—Vaya, ¡qué bien lo haces!
Leya estaba junto a ellos, sonriendo.
Adrián no sintió rabia ni se sintió ofendido. Lo único que sentía era un peso enorme en el pecho: un arrepentimiento demasiado profundo. Comprendió algo: César jamás le quitó nada. Fue él mismo quien, en el pasado, lo tiró todo. Lo soltó todo con sus propias manos.
Adrián cerró los ojos un instante. Cuando los abrió de nuevo, el niño ya había bajado de los brazos de César y corría de vuelta al interior de la casa.
Leya también entró. César fue el último en quedarse en el jardín. De pronto, el hombre giró la cabeza hacia la calle, como si percibiera algo.
Sus miradas se cruzaron. Adrián se dio cuenta de que César también lo había visto. Durante unos segundos solo se observaron desde la distancia. Pero no había hostilidad en los ojos de César, ni tampoco burla.
Adrián hizo un leve gesto con la cabeza, un saludo sin palabras. César simplemente permaneció allí, de pie, hasta que Adrián dio media vuelta y comenzó a alejarse.
Los pasos de Adrián se sentían ligeros, aunque el corazón todavía le dolía. Al menos ya lo había visto todo con claridad. Se detuvo un momento en la esquina y echó un último vistazo a la casa.
—Leya... gracias por haber sido parte de mi vida.
Después, Adrián se marchó. Esta vez, sin volver la mirada. Porque sabía que su vida tenía que tomar un rumbo distinto ahora.
* * *
Aquella mañana, la casa de los padres de Leya se llenó de actividad. Desde el amanecer, varias personas llegaron a ayudar con los preparativos. Flores frescas adornaban los rincones de la casa; cortinas blancas y doradas engalanaban la sala, que serviría como lugar para la ceremonia civil. El ambiente era cálido y esperanzador.
En la cocina, varias mujeres de la familia se afanaban con los platillos. En la sala, los hombres acomodaban las sillas. Mientras tanto, en la habitación de la novia, Leya estaba sentada frente al espejo. Su vestido de ceremonia era sencillo pero elegante: un blanco marfil suave con bordados delicados en las mangas. El maquillaje también era discreto, natural.
Leya volteó hacia la puerta, como si pensara en alguien. Justo entonces, desde afuera se escuchó el sonido de un auto que se detenía.
En el jardín, un auto se estacionó despacio; la puerta se abrió. César bajó con un traje de ceremonia en un tono que hacía juego con el blanco marfil del vestido de Leya. Su rostro reflejaba calma, aunque en sus ojos se asomaba un ligero nerviosismo.
Varias personas se acercaron a recibirlo. Don Eduardo caminó hacia él con una sonrisa cálida.
—Ya llegaste.
Dentro de la casa, todo estaba listo para la ceremonia civil. Los familiares y los invitados tomaron asiento en las sillas dispuestas con esmero. La boda se celebró a propósito en casa de Leya, en un ambiente íntimo, solo para la familia y los allegados más cercanos.
La recepción grande se realizaría después en un hotel, con invitaciones para las numerosas relaciones profesionales y toda la tripulación de la aerolínea, dado que el cargo de César requería convocar a mucha gente.
El juez de paz se sentó frente a la mesa de la ceremonia. César ocupó la silla que le habían preparado. Sus manos apretaban ligeramente las rodillas, porque aquel momento significaba mucho para él. Además, era su primera boda.
Minutos después, Leya salió de la habitación. Todas las miradas se posaron en ella. La mujer avanzó despacio, con pasos serenos. Valentina caminaba a su lado, no solo como cuñada sino también como amiga de Leya.
Leya finalmente se sentó en la silla dispuesta junto a César. La sala quedó en silencio. El juez comenzó con unas palabras de apertura.
Luego se dirigió a César.
—Procedemos con la ceremonia.
César asintió. Don Eduardo estrechó la mano de César. El ambiente se volvió solemne; todos contenían la respiración.
—Yo, Eduardo Sarasmita, padre de la contrayente, entrego a mi hija, Catalina Sarasmita, en matrimonio con usted, César, con una dote de un juego completo de joyería de diamantes valuado en veinte mil dólares y una casa valuada en quinientos mil dólares, pagados al contado.
—Acepto el matrimonio con Catalina Sarasmita con la dote establecida, al contado —respondió César sin vacilar.
La voz de César fue firme, sin la más mínima duda.
—Es válido —dijeron varios testigos casi al unísono.
La sala, que un instante antes estaba en absoluto silencio, se llenó de expresiones de alegría y gratitud.
—Gracias a Dios...
Algunos familiares se secaron las lágrimas de emoción.
Valentina exhaló aliviada de inmediato.
—Por fin es oficial.
César volteó hacia Leya. Durante unos segundos solo se miraron. Entonces César extendió la mano y Leya la aceptó. Una pequeña sonrisa apareció en los rostros de ambos, una sonrisa que decía que al fin su camino los había llevado hasta este punto.
Aquel día, la ceremonia transcurrió sin contratiempos. Y ahora, después de todo el dolor del pasado... Leya de verdad comenzaba una vida nueva.