Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 20: EL GOLPE INESPERADO — FINAL DE LA PRIMERA TEMPORADA
Nos separamos despacio del abrazo, con el corazón todavía latiéndonos con fuerza y la emoción nublándonos la vista por un instante. Allí, frente a nosotros, estaba el barco: la promesa de salir, de contar la verdad, de volver a ver un mundo que no fuera selva, ruinas y peligros. Pero sabíamos que no había tiempo para celebrar: el sol se estaba ocultando por completo, la luz dentro de la cueva se apagaba rápidamente, y la marea empezaba a subir, golpeando con más fuerza las rocas de la entrada. Si no salíamos en los próximos minutos, las olas nos atraparían allí dentro y tendríamos que esperar hasta mañana. Y mañana, quizás, ya no tendríamos ninguna oportunidad.
Subimos a bordo con cuidado, revisamos que el dispositivo con todas las pruebas estuviera bien guardado en la cabina, y nos repartimos las tareas como la familia que éramos: nadie daba órdenes innecesarias, todos sabían qué hacer para ayudarse mutuamente. Álex se sentó frente al panel de control, Bruno se aseguró de que las amarras estuvieran listas para soltar en un segundo, Leo revisó que no hubiera agua en la sentina, Mia vigilaba la entrada de la cueva, y yo me quedé junto al motor, sabiendo que si algo fallaba, tendría que ayudar con mi energía a arrancarlo.
—Dale arranque —dije asintiendo con la cabeza.
Álex giró la llave. No pasó nada. Solo un zumbido débil y apagado, seguido de un silencio total. Lo intentó de nuevo, y otra vez: el motor no respondía.
—La batería está completamente muerta —dijo él, golpeando suavemente el tablero con el puño cerrado, con la voz tensa—. Y mira aquí: los cables principales de arranque están cortados a propósito. No es humedad, no es desgaste: alguien quiso que este barco nunca pudiera salir. Si no reparamos esto ahora mismo, no nos vamos.
El frío nos recorrió la espalda a todos. Estábamos tan cerca… demasiado cerca para detenernos ahora.
—No nos rendimos —dije al instante, agachándome y abriendo la tapa del motor—. Tenemos herramientas en la bodega, tenemos repuestos básicos. Álex, tú y Bruno cortad los cables dañados y buscad los conductores de repuesto. Leo, trae todas las pinzas y cintas aislantes que encuentres. Mia, no apartes la vista de la entrada. Yo mantendré la alerta. Lo arreglamos. Juntos.
Se pusieron en marcha sin perder ni un segundo. Trabajaban con las manos rápidas y seguras, aunque el miedo se notaba en cómo respiraban, en cómo se miraban de reojo hacia la oscuridad de la cueva. Pero apenas llevábamos unos minutos de trabajo, Mia gritó con voz rota por la tensión:
—¡Vienen! ¡Están rodeando la orilla!
Levantamos la vista de golpe. Desde la selva y por el agua poco profunda aparecían decenas de sombras grandes y pesadas: raptores sombra, terópodos más grandes, y dos espinosaurios que nadaban despacio hacia la entrada de la cueva. El ruido del motor intentando arrancar, el olor a metal nuevo y gente extraña había alterado el equilibrio del lugar, y ahora nos veían como una amenaza que intentaba huir. Cerraron el círculo alrededor de la orilla, con los dientes al descubierto, rugidos bajos que hacían vibrar el casco del barco, y se acercaban cada vez más al agua.
—¡Seguid trabajando! —ordené, poniéndome de pie y colocándome en el borde de la cubierta—. ¡No paréis! Yo los detengo.
Extendí las manos hacia ellos, cerré los ojos y dejé salir todo lo que llevaba dentro, creando una barrera de energía y comprensión entre nosotros y ellos. No quería hacerles daño, solo pedirles que esperaran, que entendieran que no huíamos por miedo, que volveríamos. Pero estaban alterados, desconfiados, y empujaban contra esa barrera invisible con toda su fuerza, intentando romperla para llegar hasta nosotros. Cada segundo que pasaba me costaba más energía: sentía el sudor frío recorrer mi espalda, las piernas me temblaban, y el sabor de sangre volvía a mi boca. Pero no bajé las manos. No podía fallarles.
—¡Casi lo tenemos! —gritó Bruno, con las manos llenas de grasa y pequeños cortes—. ¡Solo falta conectar el último cable! ¡Aguanta un poco más!
—Sí que puedo —respondí entre dientes, apretando los dientes para no doblarme.
Un minuto eterno después, se escuchó el chasquido final de la conexión. Y al instante, el motor rugió con fuerza, vibrando todo el barco bajo nuestros pies.
—¡LISTO! —gritó Álex—. ¡Soltad amarras!
Bruno tiró de las cuerdas con todas sus fuerzas, el barco dio un salto hacia adelante, esquivamos las rocas de la entrada por muy poco, y salimos por fin al mar abierto. Dejamos atrás la oscuridad de la cueva, y la isla empezó a quedarse detrás nuestro, cada vez más pequeña contra el cielo estrellado. Nos abrazamos todos, lloramos, reímos, convencidos de que por fin lo habíamos logrado, de que el infierno había terminado.
Pero esa alegría duró apenas unos minutos.
De repente, el mar se volvió extrañamente silencioso. Las olas dejaron de romper suavemente, y el agua se oscureció tanto que parecía tinta negra. Nadie vio nada venir: no hubo rugidos, no hubo olas grandes, no hubo ninguna señal previa. La criatura apareció de la nada, saliendo de las profundidades como si hubiera estado esperando allí en silencio desde siempre.
Antes de que pudiéramos reaccionar, vimos surgir una aleta inmensa, más alta que el propio barco, de piel dura y negra como roca volcánica, con bordes afilados como cuchillas. Detrás de ella, la cabeza colosal de un depredador acuático que nadie sabía que existía, más grande que cualquier dinosaurio de tierra, con mandíbulas capaces de tragarse la embarcación entera y ojos que brillaban con una luz fría y antigua.
No nos dio tiempo a movernos, ni a hablar, ni a separarnos. Nos aferramos los unos a los otros con todas nuestras fuerzas, abrazados en un solo grupo, sabiendo que fuera lo que fuera, lo enfrentaríamos juntos.
Y entonces golpeó.
Con un movimiento lento y devastador, empujó el costado del barco con toda la potencia de su aleta. El crujido del metal rompiéndose fue ensordecedor. La embarcación se levantó casi entera fuera del agua, giró sobre sí misma en el aire, cayó de golpe y siguió girando, arrastrada por el empujón brutal, hasta desaparecer bajo las olas negras en cuestión de segundos.
Todo se volvió oscuridad absoluta. El ruido cesó. Solo quedó el silencio profundo del mar, y la isla imponente en la distancia.
Nadie supo en ese instante si quedaba alguien flotando, si todos habían desaparecido con el barco, si la criatura se había ido o seguía vigilando desde el abismo. Nadie supo si volverían a ver la luz del sol, si la isla les daría otra oportunidad, o si este había sido el final definitivo.
Lo único seguro es que cayeron unidos, como la familia que se habían convertido. Pero ¿sobrevivieron? ¿Dónde están ahora? ¿Por qué esa criatura apareció de la nada para impedirles irse?
La Primera Temporada terminó ahí, en medio de la incertidumbre más total, dejando todas esas preguntas flotando en el aire.
**FIN DE LA PRIMERA TEMPORADA**
saludos.