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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

las huellas que regresaban

Samuel permaneció inmóvil.

El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que apenas podía respirar. Sus ojos recorrían desesperadamente el suelo húmedo donde, apenas unos segundos antes, había dejado caer la muñeca. No podía haber desaparecido. Era imposible.

—¿Qué... qué diablos...? —murmuró.

Se arrodilló y comenzó a apartar hojas, ramas y tierra con las manos. No encontró nada.

Solo estaban aquellas pequeñas huellas.

Eran diminutas, del tamaño del pie de una niña de cuatro o cinco años. Se marcaban perfectamente sobre el barro, avanzando lentamente entre los árboles, como si alguien muy pequeño hubiera caminado descalzo.

Samuel tragó saliva.

—Esto no tiene sentido...

Sacó el teléfono para usar la linterna. La pantalla seguía sin señal, pero ahora mostraba otro problema: la batería había pasado del ochenta por ciento al dos.

—No... hace cinco minutos estaba casi cargado.

Antes de que pudiera entender qué ocurría, el teléfono se apagó.

La oscuridad del bosque parecía haberse vuelto más pesada.

Respiró profundamente e intentó mantener la calma.

—Solo tengo que encontrar el camino de regreso.

Siguió las huellas durante unos metros con la esperanza de encontrar algún sendero conocido. Sin embargo, mientras caminaba, notó algo aún más inquietante.

Las huellas cambiaban de dirección.

No iban alejándose.

Samuel sintió un escalofrío recorrerle toda la espalda.

Se agachó otra vez para observarlas con atención.

Las marcas más recientes terminaban exactamente en el lugar donde él estaba de pie.

Era como si aquello hubiera caminado hasta él... y luego hubiera desaparecido.

El silencio absoluto del bosque volvió a romperse.

Tac...

Samuel levantó la cabeza.

Tac... Tac...

No era una rama.

Era un sonido seco, repetitivo.

Como porcelana golpeando contra piedra.

El ruido parecía acercarse lentamente.

Tac...

Tac...

Tac...

Samuel comenzó a retroceder.

—¿Quién anda ahí?

Nadie respondió.

Solo aquel sonido.

Cada vez más cerca.

Cada vez más lento.

Cada vez más claro.

De repente, algo blanco cruzó entre dos árboles.

Fue apenas un segundo.

La figura era pequeña.

Llevaba un vestido antiguo.

Y desapareció antes de que Samuel pudiera reaccionar.

—¡Espere!

Ni siquiera sabía por qué había gritado.

El miedo comenzaba a mezclarse con una extraña curiosidad.

Corrió hacia el lugar donde había visto la figura.

No había nadie.

Solo un olor extraño.

Era una mezcla de humedad, tierra mojada... y azufre.

Frunció el ceño.

—¿Azufre?

Recordó las historias que su abuela contaba cuando era niño.

"Cuando huelas azufre donde no debería existir, no reces en voz alta... porque eso ya sabe dónde estás."

Siempre había pensado que eran cuentos para asustar niños.

Ahora ya no estaba tan seguro.

Después de caminar casi media hora sin rumbo, finalmente encontró un viejo sendero de piedra cubierto por musgo.

Lo siguió sin detenerse.

Poco a poco comenzaron a escucharse nuevamente pájaros.

El viento volvió a soplar.

Incluso aparecieron algunos insectos.

Era como si el bosque hubiera decidido dejarlo salir.

Cuando llegó a la carretera, Samuel respiró aliviado.

Su motocicleta seguía donde la había dejado

Subió rápidamente y arrancó el motor.

No miró atrás.

No quería volver a ver aquel lugar nunca más.

Al caer la tarde regresó a San Rafael.

Las calles seguían tranquilas.

Los niños jugaban fútbol en la plaza.

Los vendedores ambulantes ofrecían arepas y empanadas.

Todo parecía completamente normal.

Era casi suficiente para convencerlo de que había imaginado todo.

Hasta que llegó a su apartamento.

Abrió la puerta.

Entró.

Y se quedó completamente inmóvil.

Sobre la mesa del comedor estaba la muñeca.

Limpia.

Sin tierra.

Con el vestido perfectamente acomodado.

Sentada como si alguien la hubiera colocado cuidadosamente.

Samuel sintió que las piernas dejaban de responderle.

—No...

Se acercó lentamente.

Era la misma.

Las mismas grietas.

El mismo cabello negro.

Los mismos ojos color ámbar.

—No puede ser...

Él jamás la había llevado consigo.

Estaba seguro.

La había dejado caer en el bosque.

Entonces observó un pequeño papel doblado debajo de la muñeca.

Lo tomó con manos temblorosas.

Solo tenía escrita una frase.

"No vuelvas a dejarme sola."

Samuel retrocedió varios pasos.

Miró alrededor del apartamento.

La puerta seguía cerrada.

Las ventanas tenían seguro.

Nadie podía haber entrado.

Un ruido proveniente del pasillo lo hizo girar de inmediato.

Era un vecino.

Respiró aliviado.

—Estoy perdiendo la cabeza...

Volvió a mirar la muñeca.

Ya no estaba sonriendo.

O quizá nunca lo había hecho.

No podía recordarlo.

Esa noche decidió guardar la muñeca dentro de una caja de cartón.

La cerró con cinta adhesiva.

Después la metió dentro del armario.

—Mañana mismo la llevo a la policía.

Intentó dormir.

No lo consiguió.

A las dos de la madrugada escuchó un sonido.

Tac...

Abrió los ojos.

Silencio.

Volvió a acomodarse.

Tac... Tac...

El ruido provenía del armario.

Samuel permaneció inmóvil.

El corazón parecía querer salir de su pecho.

Tac... Tac... Tac...

Algo golpeaba desde adentro.

Cada golpe era más fuerte.

La caja comenzó a raspar lentamente la madera del armario.

Después...

Silencio.

Pasaron varios minutos.

Samuel reunió valor.

Se levantó de la cama.

Tomó un bate de béisbol que guardaba junto a la puerta.

Caminó lentamente hacia el armario.

Abrió la puerta de golpe.

La caja seguía allí.

Respiró aliviado.

—Solo fueron los nervios...

Retiró la cinta adhesiva.

Abrió la caja.

Estaba vacía.

Samuel dejó caer el bate.

Sintió una respiración cálida detrás de su cuello.

Muy cerca de su oído.

Y una voz infantil, dulce y escalofriante, susurró:

—¿Por qué me encerraste... si ahora vivimos juntos?

Samuel se giró de inmediato.

No había nadie.

Pero, sobre su cama, la muñeca estaba sentada otra vez.

Y por primera vez desde que la encontró en el bosque, una fina grieta apareció en su rostro... como si algo estuviera intentando salir desde el interior de la porcelana.

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