Durante tres años, Adrián Montenegro entregó su corazón a una esposa que jamás dejó de amar a otro hombre. Mientras Valeria sacrificaba todo por su primer amor, él soportaba cada desprecio en silencio.
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Damián siempre va primero
La mañana era gris.
Una fina llovizna cubría la ciudad mientras el automóvil negro de Valeria avanzaba por la avenida principal.
Dentro del vehículo, el silencio era absoluto.
Valeria sostenía el volante con una mano y, con la otra, revisaba cada pocos segundos su teléfono.
Había enviado cuatro mensajes.
Todos al mismo destinatario.
Damián.
Su expresión, seria hacía apenas unos minutos, cambió por completo cuando el teléfono vibró.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Buenos días... —murmuró al leer el mensaje.
"Perdón por molestarte tan temprano. La reunión me tiene muy nervioso. Ojalá no estuvieras ocupada."
Sin pensarlo dos veces, respondió.
"No digas tonterías. Ya voy para allá."
...
Mientras tanto...
En la mansión Montenegro, Adrián seguía sentado frente a la mesa del comedor.
La taza de café de Valeria continuaba donde ella la había dejado.
Casi llena.
Todavía estaba tibia.
Adrián la observó durante varios segundos.
Después sonrió con tristeza.
—Ni siquiera tuvo tiempo de terminarla...
La tomó con cuidado y la llevó hasta la cocina.
Las empleadas intercambiaron miradas.
Aquella escena se repetía demasiadas veces.
Su señor siempre recogía lo que su esposa dejaba atrás.
Nunca se quejaba.
Nunca levantaba la voz.
Solo sonreía... aunque esa sonrisa doliera más cada día.
...
En el edificio Ferrer Group.
Damián esperaba en el vestíbulo.
Vestía un traje elegante, pero llevaba la corbata ligeramente desacomodada y el cabello un poco revuelto, como si hubiera pasado una mala noche.
Cuando vio entrar a Valeria, bajó la cabeza.
—Lo siento... otra vez te hice venir.
Valeria caminó directamente hacia él.
—¿Qué ocurrió?
Damián soltó un largo suspiro.
—Los inversionistas volvieron a rechazar mi proyecto.
—¿Qué?
Él sonrió con amargura.
—Supongo que no soy tan capaz como Adrián.
Valeria frunció el ceño.
—No vuelvas a decir eso.
—Es la verdad.
Bajó la mirada, fingiendo vergüenza.
—Él siempre ha sido mejor que yo.
Valeria sintió un fuerte impulso de protegerlo.
Apoyó una mano sobre su brazo.
—No digas tonterías. Tú solo has tenido menos oportunidades.
Damián levantó lentamente la vista.
Sus ojos parecían llenos de tristeza.
—Gracias por seguir creyendo en mí.
En realidad...
Por dentro sonreía.
Sabía exactamente qué palabras debía usar.
Sabía cuándo mostrarse vulnerable.
Sabía cómo hacer que Valeria sintiera culpa.
Y siempre funcionaba.
...
A la misma hora...
Adrián entró al edificio Montenegro.
Los empleados se levantaron al verlo.
—Buenos días, presidente.
Él respondió con una leve inclinación de cabeza.
Como siempre.
Educado.
Sereno.
Sin embargo, Gabriel, que lo conocía desde la universidad, notó inmediatamente que algo no estaba bien.
Entró a su oficina sin pedir permiso.
—No dormiste.
Adrián seguía revisando unos documentos.
—Dormí un poco.
—Mientes fatal.
Adrián dejó escapar una pequeña sonrisa.
—¿Tan evidente es?
Gabriel apoyó ambas manos sobre el escritorio.
—¿Dónde está Valeria?
Hubo unos segundos de silencio.
—Con Damián.
Gabriel cerró los ojos con frustración.
—Otra vez...
Adrián no respondió.
Simplemente firmó otro documento.
—¿Sabes qué es lo que más rabia me da?
Adrián levantó la mirada.
—Que tú nunca hablas mal de ella.
Gabriel apretó los dientes.
—Después de todo lo que te hace... sigues justificándola.
Adrián guardó el bolígrafo.
—No la justifico.
—Entonces deja de defenderla.
Adrián bajó la vista.
—Ella solo está confundida...
Gabriel soltó una risa amarga.
—No, Adrián.
Se inclinó un poco hacia él.
—Una persona confundida olvida una fecha.
Una persona confundida llega tarde.
Pero tu esposa lleva tres años poniendo a otro hombre por encima de ti.
Eso no es confusión.
Es una elección.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Por primera vez...
Adrián no supo cómo responder.
...
Horas después...
La reunión de Damián había terminado.
Todo había salido exactamente como él esperaba.
No porque hubiera conseguido inversionistas.
Sino porque había logrado pasar toda la mañana con Valeria.
Ambos salieron del edificio.
—Gracias por acompañarme.
Valeria sonrió.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Damián bajó nuevamente la cabeza.
—Siempre eres la única persona que permanece a mi lado cuando todo sale mal.
Valeria sintió un nudo en el pecho.
—Nunca estarás solo mientras yo exista.
Damián ocultó una sonrisa de satisfacción.
Justo entonces...
Su teléfono vibró.
Era Adrián.
"¿Almorzaremos juntos hoy?"
Valeria apenas leyó el mensaje.
Sin responder.
Bloqueó la pantalla.
Damián fingió no haber visto nada.
—¿Era importante?
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Si tienes algo que hacer...
—No lo tengo.
Damián sonrió con aparente timidez.
—Entonces... ¿te gustaría almorzar conmigo?
—Claro.
...
En la empresa Montenegro.
Adrián seguía mirando la conversación.
El mensaje aparecía como leído.
Pero no había respuesta.
Esperó.
Cinco minutos.
Diez.
Treinta.
Una hora.
Nada.
Finalmente, apagó la pantalla del teléfono y dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
La secretaria llamó a la puerta.
—Presidente, la mesa del restaurante ya está reservada.
Adrián permaneció unos segundos en silencio.
Luego respondió con una voz tranquila.
—Cancélala.
—¿Desea que pidamos el almuerzo para usted?
Él negó lentamente.
—No tengo hambre.
La secretaria bajó la mirada.
Sabía que el presidente había reservado aquella mesa una semana antes.
Porque quería compensar el aniversario que nunca pudo celebrar.
Pero, una vez más...
Se había quedado solo.
Muy lejos de allí, Valeria reía por un comentario de Damián.
Sin darse cuenta de que, en otra parte de la ciudad, el hombre que llevaba tres años esperando una sola oportunidad para hacerla feliz volvía a comer en silencio... completamente solo.