Harold era un médico incapaz de concebir, tras su muerte descubre que ahora es Sayon, el esposo Omega de Lebrón Kambell que ha permanecido encerrado en una jaula de oro alejado de la civilización por ese Alfa, Lebrón.
Con la misión que le pidió el verdadero Sayon de recuperar y proteger a su hijo de cinco años, Dion, que es el verdadero protagonista de la novela, Sayon tendrá que idear un plan para escapar de su prisión de oro y salvar al hijo que Lebrón le arrebató al nacer ya que era el hijo de Sayon con otro hombre, otro Alfa al que Lebrón odiaba profundamente.
Y así Sayon inicia su escape de un Alfa dominante que no quiere soltarlo.
Y así inicia la historia de estos tres, un Alfa que se aferra a buenas y malas a un Omega, un Omega reencarnado que no quiere ser encerrado y un niño Omega que solo quiere a sus padres.
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Capitulo 20
El embarazo de Sayon fue difícil desde el principio, no solo porque su cuerpo se encontraba debilitado, sino porque estaba obligado a vivirlo encerrado en aquella propiedad, sin poder poner un pie fuera de sus límites, sin recibir el aire del exterior ni tener la libertad de caminar por donde quisiera y, sobre todo, sin las feromonas del Alfa que lo había embarazado, aquellas que su cuerpo buscaba de manera instintiva durante el embarazo y cuya ausencia hacía que cada día fuera un poco más insoportable.
Y, en realidad, aquel embarazo ni siquiera había sido algo que Lebrón quisiera permitir al principio.
Cuando Sayon descubrió que estaba embarazado, Lebrón le había dejado claro que debía abortar. Para él, aquel bebé no era algo que necesitara llegar al mundo y no estaba dispuesto a permitir que Sayon continuara con un embarazo así, donde albergaba un hijo que no era el suyo.
Pero Sayon se negó. Le rogó, le suplicó una y otra vez que no lo obligara a hacerlo, que le permitiera tener a su hijo, llegando incluso a amenazar con quitarse la vida si Lebrón lo obligaba a abortar.
Fue la primera vez que Sayon se enfrentó a él de aquella manera, aferrándose desesperadamente a aquella pequeña vida que ya sentía como suya, y después de escuchar sus ruegos y ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar, Lebrón finalmente cedió.
Le permitió continuar con el embarazo.
Para Sayon, aquello significó mucho más de lo que Lebrón probablemente llegó a comprender. Aquel bebé se convirtió en la única cosa que había conseguido conservar, en algo que sentía verdaderamente suyo en medio de una vida en la que casi todo le había sido arrebatado. Por eso, a pesar de las dificultades, Sayon intentó aferrarse a la esperanza.
Durante meses comenzó a hablarle en silencio, a imaginar cómo sería su rostro, sus ojos, sus pequeñas manos, incluso llegó a elegir su nombre mucho antes de poder tenerlo entre sus brazos: Dion.
Era un nombre que repetía en su cabeza cuando se sentía solo, como si pronunciarlo pudiera proteger al bebé de todo lo que ocurría a su alrededor, y poco a poco aquella criatura se convirtió en el motivo por el que Sayon seguía levantándose cada mañana.
Pensar en Dion era lo que le permitía soportar el encierro, las noches interminables y la ausencia de libertad. Había sufrido para conservarlo y ahora solo quería llegar al día en que pudiera sostenerlo entre sus brazos.
Hasta que llegó el día del parto.
Fue un día largo, doloroso y aterrador. Las horas pasaban y nada parecía avanzar como debía. Sayon estaba agotado, empapado en sudor y apenas podía mantener los ojos abiertos, pero continuaba esforzándose porque cada vez que el dolor amenazaba con vencerlo pensaba en Dion y se repetía que tenía que conseguirlo, que solo tenía que aguantar un poco más, que después podría abrazarlo y todo aquel sufrimiento habría valido la pena.
Sin embargo, llegó un momento en el que los médicos comenzaron a preocuparse seriamente por la vida de ambos.
Uno de ellos se acercó a Lebrón y, con evidente preocupación, preguntó:
—Si las cosas empeoran y solo podemos salvar a uno, ¿a quién debemos salvar?
Lebrón no dudó.
—A Sayon.
Aquella respuesta fue pronunciada con una frialdad que Sayon no llegó a escuchar, pero que definiría su destino para siempre.
Mientras Sayon luchaba por traer a su hijo al mundo, Lebrón ya había decidido que su vida era más importante que la de aquella criatura que llevaba meses creciendo dentro de él.
Sayon se esforzó hasta el último instante.
Lloró, gritó, apretó las sábanas con tanta fuerza que sus dedos terminaron temblando y sintió que su cuerpo ya no podía soportar un solo segundo más, pero aun así continuó, porque quería escuchar el llanto de su hijo, necesitaba escucharlo, necesitaba saber que todo aquello no había sido en vano. Había luchado por él desde el primer momento, había suplicado por él, había soportado aquel embarazo encerrado y había llegado hasta allí por una sola razón.
Quería conocer a Dion.
Y finalmente, cuando el dolor llegó a su punto máximo, escuchó un llanto.
Un llanto pequeño, débil, pero real.
Los ojos de Sayon apenas consiguieron abrirse antes de que su cuerpo cediera por completo y perdiera el conocimiento.
Cuando despertó, lo primero que sintió fue una felicidad que hacía mucho tiempo no experimentaba. Durante unos segundos ni siquiera recordó el dolor, ni el encierro, ni el miedo, solo pensó en su hijo. Intentó incorporarse y preguntó por él, quería cargarlo, quería conocer su rostro, quería comprobar que aquellos nueve meses de espera habían terminado y que finalmente podía tener a Dion entre sus brazos.
Pero entonces el médico pronunció aquellas palabras que destruyeron algo dentro de él.
—El bebé había muerto después de nacer.
Sayon se quedó inmóvil.
No lo creyó.
No podía creerlo.
Había escuchado su llanto, lo había escuchado con sus propios oídos. Aquel sonido todavía parecía estar dentro de su cabeza y estaba convencido de que su hijo estaba vivo.
Se levantó desesperadamente, ignorando el dolor de su cuerpo, y comenzó a recorrer aquella mansión en busca de Dion, preguntando dónde estaba, exigiendo que se lo entregaran, convencido de que alguien estaba intentando esconderlo.
Le gritó a Lebrón, le suplicó, lo amenazó, llegó incluso a golpearlo cuando el hombre continuó repitiendo que el bebé había muerto, pero nada cambió.
—¡Dámelo!
Sayon lo golpeó con desesperación, con las pocas fuerzas que todavía le quedaban.
—¡Mi hijo está vivo! ¡Yo lo escuché llorar! —dijo, quebrándose.
Lebrón permaneció indiferente.
—El bebé murió, Sayon. Acéptalo.
Y salió del lugar.
Sayon no podía aceptarlo. Buscó a Caleb desesperado, lo llamó una y otra vez, pero él no aparecía. No estaba allí. Se encontraba en algún otro lugar, lejos, llevando a cabo un encargo de su jefe.
Aquella respuesta de Lebrón se repitió una y otra vez dentro de su cabeza hasta que aquellas palabras comenzaron a convertirse en una especie de ruido lejano que Sayon ya no podía comprender.
Dion había muerto.
Pero Sayon no estaba preparado para aceptarlo.
Los días siguientes fueron el comienzo de su verdadera caída. Su mente empezó a construir una realidad en la que su hijo seguía vivo, porque aceptar su muerte significaba aceptar que había sufrido durante meses para terminar perdiéndolo todo, y Sayon simplemente no tenía fuerzas para enfrentarse a aquella verdad. Había luchado por Dion incluso contra Lebrón, había suplicado para que le permitieran nacer y ahora su mente se negaba a aceptar que, después de todo aquello, su hijo ya no existía.
Comenzó a verlo por todas partes, primero en pequeños detalles, después con tanta claridad que dejó de distinguir los recuerdos de la realidad.
Había momentos en los que estaba convencido de que escuchaba sus pequeños sonidos, de que lo veía moverse cerca de él, de que alguien había dejado a Dion en alguna habitación de la mansión. Antes de que naciera ya había preparado algunos muñecos pensando en él y, con el paso del tiempo, aquellos juguetes comenzaron a transformarse ante sus ojos en su hijo. Los abrazaba, les hablaba, los cuidaba y los protegía con una desesperación que solo aumentaba cuando alguien intentaba quitárselos.
Pero cuando la realidad conseguía alcanzarlo, el dolor era insoportable.
Sayon se lesionaba, intentaba escapar de la propiedad, golpeaba puertas, gritaba que quería salir, que necesitaba encontrar a su hijo, que Dion estaba esperando por él. Ya no sabía qué parte de su mundo era real y cuál había construido su mente para sobrevivir.
Los encargados de cuidarlo comenzaron a suministrarle pastillas para mantenerlo tranquilo y, al principio, aquellas sustancias parecieron darle unos momentos de descanso, pero Sayon terminó dependiendo de ellas hasta el punto de que ya no podía soportar estar sin ellas. Cuando las tomaba, podía regresar a aquel mundo imaginario donde Dion estaba vivo y donde todavía podía ser su madre, su padre, su protector, simplemente alguien que podía amar a su hijo.
Cuando no las tenía, la realidad volvía con toda su fuerza y Sayon gritaba, lloraba, suplicaba y buscaba cualquier manera de escapar de aquel dolor.
Fue durante uno de aquellos momentos de confusión cuando uno de los Alfas encargados de custodiar la mansión se aprovechó de su estado.
Sayon apenas comprendía lo que estaba ocurriendo, demasiado perdido en su propia mente, y fue una suerte amarga que Lebrón los encontrara antes de que la situación fuera a más. Nadie supo qué ocurrió después con aquel Alfa.
Lebrón se encargó personalmente de él y nunca volvió a hablar del asunto.
Pero Lebrón había visto la escena y la había interpretado de la peor manera posible.
En lugar de comprender que Sayon estaba perdido, que estaba enfermo y que apenas podía distinguir la realidad de sus delirios, creyó que el Omega simplemente no tenía pudor, que estaba dispuesto a entregarse a cualquiera con tal de conseguir otro hijo. Para Lebrón, aquella imagen fue suficiente para destruir la poca consideración que todavía podía tener por él y, aquella misma noche, Sayon fue llevado a su habitación.
Lebrón estaba en pleno Rut y Sayon, debilitado y sin capacidad para defenderse, terminó siendo sometido y marcado contra su voluntad.
Después de aquello llegó otro embarazo, esta vez de Lebrón.
Pero no prosperó.
Un aborto espontáneo, dijeron.
Sayon dejó de contar el tiempo. Su vida comenzó a convertirse en una sucesión interminable de días idénticos: pastillas, dolor, habitaciones cerradas, recuerdos que no sabía si habían ocurrido realmente y embarazos que terminaban antes de que pudiera aferrarse completamente a ellos.
Perdió al primer bebé, después al segundo y finalmente al tercero, y cada pérdida arrancó un pedazo más de la persona que había sido.
Ya ni siquiera lloraba como antes, porque había llegado un momento en que el dolor era demasiado grande para salir de su cuerpo.
Pasaron los años y Sayon se convirtió en una sombra de sí mismo.
Hasta que un día, por alguna razón, consiguió estar completamente consciente.
Sin pastillas.
Sin aquella niebla que durante tanto tiempo había cubierto su mente.
Por primera vez en años pudo mirar a su alrededor y comprender dónde estaba, quién era y todo lo que había ocurrido. Recordó a Dion. Recordó cómo había suplicado por él.
Recordó las amenazas que había hecho para impedir que Lebrón lo obligara a abortar. Recordó los embarazos. Recordó las pérdidas. Recordó a Lebrón. Recordó cada momento en el que había esperado que aquel hombre finalmente lo mirara y decidiera salvarlo.
Y comprendió algo terrible.
Había pasado toda su vida esperando ser salvado precisamente por la persona que más daño le había hecho.
Aquella noche llenó la bañera, entró en ella y dejó que el agua cubriera su cuerpo. No hubo gritos ni nadie a quien pedir ayuda.
Solo cansancio.
Un cansancio profundo, antiguo, que había comenzado el día en que le dijeron que Dion había muerto y que nunca había desaparecido.
Así murió el Sayon original, después de años de tormento y sufrimiento.
Y así Harold llegó a aquel mundo.
acá me tiene padeciendo por más capitulos, no hay derecho