Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.
Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.
Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.
Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.
El acuerdo parece sencillo.
Hasta que deja de serlo.
Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.
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Capítulo 3
Alan llegó pasadas las once.
Escuché la llave girar en la cerradura y por un segundo pensé en fingir que estaba dormida. Era más fácil. Siempre había sido más fácil.
Esa noche no.
Estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas y la taza de té ya fría entre las manos, cuando lo vi entrar aflojándose la corbata con esa mezcla de cansancio y adrenalina que ahora le conocía tan bien.
—Pensé que ya estarías dormida —dijo, sin mirarme del todo.
—Te esperé.
Algo en mi voz lo detuvo a medio camino hacia la cocina. Se giró.
—¿Pasa algo?
Había ensayado la pregunta durante horas. En mi cabeza sonaba tranquila, casi ligera. Sentada frente a él, con la luz de la lámpara dibujando sombras bajo sus ojos, todo lo que había planeado decir se deshizo, y lo que quedó fue lo único que de verdad necesitaba saber.
—¿Todavía quieres formar una familia conmigo?
Alan se quedó quieto.
—Isabella…
—Es una pregunta simple, Alan. Sí o no.
—Claro que sí. ¿Por qué preguntas eso ahora?
—Porque llevamos casi dos años casados y hablamos de esto antes de casarnos, antes de que existiera la empresa, antes de que existiera nada de esto —abrí las manos hacia el departamento, hacia todo lo que nos rodeaba, como si pudiera señalar algo que en realidad no se veía—. Dijiste que cuando las cosas se estabilizaran…
—Las cosas están lejos de estabilizarse.
Lo dijo rápido. Demasiado rápido, como si llevara la respuesta guardada en un cajón, lista para cuando yo por fin reuniera el valor de preguntar.
—La empresa nunca va a dejar de crecer, Alan. Siempre habrá una ronda más, un cliente más, un problema más. Si esperamos a que todo esté perfecto, vamos a envejecer esperando.
—No es tan simple.
—Entonces explícamelo. Porque yo lo único que veo es que cada vez que menciono el futuro, el nuestro, el nuestro de verdad, tú encuentras una razón para posponerlo.
Se pasó una mano por el cabello. Reconocí el gesto. Era el mismo que hacía antes de decir algo que no quería decir.
—Ahora mismo no puedo pensar en tener un hijo cuando apenas puedo pensar con claridad en la empresa.
—¿Y cuándo vas a poder?
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no quieres saberlo?
—Isabella, por favor.
—No. —Me puse de pie. No había planeado hacerlo, pero mis piernas se movieron solas—. Llevo meses cenando sola. Meses durmiendo antes de que llegues y despertando después de que te has ido. Y ni siquiera tengo a quién contárselo, Alan. No tengo amigas. No hablo con mi familia desde que nos fugamos. Lo único que tengo eres tú, y tú casi nunca estás. Y no he dicho nada. Ni una sola palabra. Porque entendía que estabas construyendo algo importante y quería darte espacio.
—Y te lo agradezco.
—No quiero que me lo agradezcas. Quiero que me veas.
Ahí fue cuando algo en su expresión cambió. No fue enojo, al principio. Fue otra cosa. Algo más parecido al hastío.
—¿Qué quieres que haga, Isabella? ¿Que le diga a los inversionistas que necesito parar porque mi esposa quiere tener hijos? ¿Que le diga al equipo que voy a soltar todo justo cuando por fin estamos cerrando la serie A?
—Quiero que reconozcas que hay una vida fuera de esa empresa. Una vida que también construimos juntos, ¿o ya se te olvidó?
—Claro que no se me olvidó.
—Entonces demuéstralo.
—¿Cómo? ¿Dejando todo? ¿Después de todo lo que he sacrificado para llegar hasta aquí?
—¡Yo también sacrifiqué! —La voz me salió más alta de lo que quería—. Dejé a mi familia por ti. Dejé todo lo que conocía. Aprendí a vivir con nada porque creía en ti, en nosotros. Y ahora que por fin tenemos algo, ¿resulta que ese algo no incluye lo que yo quiero?
—Tú dejaste comodidades, Isabella. —Su voz sonó distinta. Más baja. Más filosa—. Yo dejé de ser nadie. Y todavía lo sigo siendo, para tu mundo.
No entendí a qué se refería. No al principio.
—¿De qué estás hablando?
—De que no importa cuánto crezca esta empresa. No importa cuántos ceros le agreguemos a la valuación, cuántos inversionistas como Meridian nos digan que somos el futuro. Para tu familia, para la gente con la que creciste, yo voy a seguir siendo el becario que se casó contigo en una tarde porque no tenía nada mejor que ofrecerte que una promesa.
—Eso no es cierto.
—¿No? —Soltó una risa corta, sin humor—. Tu familia podría comprar mi empresa con lo que gasta en unas vacaciones, Isabella. Toda mi vida trabajando para construir algo, y en el fondo sigo pensando que nunca va a ser suficiente. Que tú, en cualquier momento, vas a mirar alrededor y te vas a dar cuenta de que cambiaste todo aquello por esto.
—Nunca pensé eso. Ni una sola vez.
—Yo sí. —Lo dijo casi en un susurro, como si le costara admitirlo—. Todos los días.
Por un instante creí que por fin estábamos llegando a algo real. A la raíz de tanto silencio, tanta ausencia, tanta ambición que nunca parecía tener límite.
Pero entonces vi cómo su expresión se cerraba de nuevo, como si se arrepintiera de haber dicho tanto.
Alan guardó silencio un momento demasiado largo.
Y entonces habló otra vez, y esta vez no fue una confesión. Fue una sentencia.
—La empresa es mi prioridad ahora mismo, Isabella. Siempre lo ha sido, si soy honesto. Es lo único que tengo que es completamente mío. Lo único que nadie me regaló.
Las palabras cayeron entre nosotros como algo físico. Como si hubiera lanzado un objeto y ambos pudiéramos verlo estrellarse contra el suelo.
No dijo que lo sentía.
No dijo que no había sido su intención.
Se quedó ahí, con la corbata a medio desanudar, mirándome como si acabara de darse cuenta, tarde, de lo que había dicho.
—¿Siempre? —repetí en voz baja.
—No quise decir…
—No. —Levanté una mano, no sé si para detenerlo a él o para detenerme a mí misma—. Dijiste exactamente lo que querías decir. Solo que nunca pensaste que tendrías que decirlo en voz alta.
Alan dio un paso hacia mí.
—Isabella, sabes que no es tan simple.
—Es la primera cosa simple que me has dicho en meses.
Recuerdo que en ese instante no lloré. Eso vendría después, sola, en el baño, con el agua de la ducha corriendo para que él no me escuchara.
En ese momento solo sentí una claridad extraña, casi fría.
Había pasado mucho tiempo construyendo un nosotros. Sosteniéndolo cuando quería rendirse. Aprendiendo a cocinar, a ahorrar, a esperar. Había dejado una familia entera, una vida entera, por la certeza de que estábamos construyendo algo juntos.
Y él acababa de decirme, sin necesidad de pensarlo demasiado, que en su historia yo nunca había sido el objetivo.
Solo había sido parte del camino.
—Voy a dormir —dije.
No era cierto. No dormí esa noche.
Pero necesitaba decir algo que sonara a un final, aunque no supiera todavía que lo era.