Una mujer atrapada en un matrimonio que dejó de hacerla feliz conoce a otra mujer que despierta en ella un amor inesperado, obligándola a enfrentarse a sus miedos, sus secretos y a las consecuencias de elegir entre la vida que construyó y el amor que jamás se atrevió a imaginar.
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Capítulo 12: La voz de mi madre
—Tu madre.
Las dos palabras quedaron suspendidas en el túnel.
Victoria no podía reaccionar.
Miraba a la mujer que tenía frente a ella, pero su mente estaba en otra parte.
Su madre.
La misma mujer que durante diez años la había abrazado cuando despertaba de las pesadillas.
La misma que había llorado junto a ella después del accidente.
La misma que le había dicho cientos de veces:
“Hija, algunas cosas es mejor dejarlas en el pasado.”
Ahora esa frase tenía un significado completamente distinto.
—Estás mintiendo —dijo Victoria.
La mujer negó.
—Ojalá.
Lucía se acercó a su hermana.
—¿Qué sabes?
—Lo suficiente.
—¡Dímelo!
La mujer miró a Victoria.
—Tu madre ordenó que te llevaran al hospital aquella noche.
Victoria frunció el ceño.
—Eso ya lo sabía.
—No.
La mujer levantó la memoria USB.
—No hablo de eso.
Se acercó un paso.
—Hablo de lo que ocurrió antes del accidente.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Qué ocurrió?
La mujer miró hacia el túnel.
Los pasos de Arturo y sus hombres se escuchaban cada vez más cerca.
—No tenemos tiempo.
Sebastián levantó el arma.
—Entonces habla mientras caminamos.
La mujer asintió.
—Tu madre sabía que Victoria había descubierto la verdad.
Victoria la interrumpió:
—¿Qué verdad?
—Que Arturo y tu padre estaban involucrados en una red de empresas falsas.
—Eso ya lo sé.
—No sabes lo más importante.
La mujer miró a Lucía.
—Tu madre descubrió que Lucía también estaba investigando.
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Mi madre sabía quién era Lucía?
Lucía respondió:
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que nos conociéramos.
Victoria sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Entonces ella sabía que estábamos enamoradas?
Lucía asintió.
—Sí.
—¿Y nunca dijo nada?
—Porque no quería enfrentarte directamente.
Victoria negó.
—No entiendo.
La mujer intervino:
—Porque tu madre no quería perderte.
Victoria la miró.
—¿Y para conservarme tuvo que destruir mi vida?
La mujer bajó la mirada.
—No fue tan sencillo.
—¡Para mí sí!
El eco de su voz recorrió el túnel.
Lucía tomó su mano.
—Victoria...
Ella la apartó.
—No.
Lucía quedó herida.
—Necesito entender.
—Y yo también.
Victoria volvió a mirar a la mujer.
—Dime todo.
La mujer respiró profundamente.
—Tu madre descubrió que Arturo planeaba utilizar la relación entre tú y Lucía para presionarte.
—¿Presionarme para qué?
—Para que entregaras la memoria.
Victoria miró el pequeño dispositivo que llevaba en la mano.
—Entonces la memoria ya existía.
—Sí.
—¿Quién la creó?
La mujer miró a Sebastián.
—Tu hermano.
Victoria se giró.
—¿Sebastián?
Él bajó la mirada.
—Sí.
—¿Qué grabaste?
—Todo lo que pude.
—¿Por qué?
—Porque papá estaba desapareciendo personas.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Y qué tenía que ver nuestra madre?
Sebastián tardó en responder.
—Mamá descubrió lo que estaba haciendo.
—¿Y lo denunció?
—No.
Victoria cerró los ojos.
—¿Por qué?
—Porque tenía miedo.
—Todos tenían miedo.
Sebastián la miró.
—Sí.
—Pero mientras todos tenían miedo, yo vivía sin saber nada.
—Intentábamos protegerte.
Victoria soltó una risa amarga.
—¿Protegerme?
Miró a todos.
—¿Eso es lo que llaman protegerme?
Nadie respondió.
---
Un golpe resonó detrás de ellos.
Arturo gritó:
—¡No pueden escapar!
Sebastián señaló el túnel.
—Tenemos que movernos.
La mujer comenzó a caminar.
Victoria la siguió.
Lucía se colocó junto a ella.
—No te apartes de mí.
Victoria no respondió.
Lucía insistió:
—Por favor.
Victoria finalmente la miró.
—Necesito saber si alguna vez me mentiste por otra razón.
Lucía tragó saliva.
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—¿Nunca trabajaste para Arturo?
—Nunca voluntariamente.
Victoria se detuvo.
—¿Qué significa eso?
Lucía cerró los ojos.
—Me obligó.
—¿A hacer qué?
—A vigilarte.
Victoria sintió un golpe en el pecho.
—¿Me vigilabas?
—Sí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Casi un año.
Victoria retrocedió.
—¿Y yo nunca lo supe?
—No.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba saber si estabas en peligro.
Victoria la miró.
—¿Y qué descubriste?
Lucía respondió:
—Que tu padre planeaba hacerte desaparecer.
Victoria quedó paralizada.
—¿Qué?
—No quería matarte.
—Entonces ¿qué?
—Quería enviarte lejos.
—¿A dónde?
—Fuera del país.
Victoria negó.
—¿Por qué?
—Porque creía que si desaparecías, Arturo dejaría de perseguirlo.
—¿Y tú?
—Yo intenté impedirlo.
Victoria miró a Sebastián.
—¿Tú sabías?
—Sí.
—¿Daniel?
Sebastián asintió.
—También.
Victoria cerró los ojos.
—Todos sabían.
Daniel habló desde atrás:
—No todos.
Victoria se giró.
—¿Qué?
Daniel parecía agotado.
—Yo no sabía que tu padre planeaba sacarte del país.
—Pero sabías muchas otras cosas.
—Sí.
—¿Y aun así te casaste conmigo?
Daniel se quedó en silencio.
—¿Por qué?
—Porque quería protegerte.
Victoria negó.
—Otra vez esa palabra.
Daniel dio un paso adelante.
—Sé que ya no significa nada para ti.
—No.
Victoria lo miró.
—Significa exactamente lo contrario.
Daniel bajó la mirada.
---
Llegaron a una puerta de hierro.
La mujer sacó una llave.
—Aquí.
La puerta se abrió.
Del otro lado había una pequeña habitación.
Un escritorio.
Un teléfono antiguo.
Y varias cajas.
Victoria miró alrededor.
—¿Qué es este lugar?
—El sitio donde tu madre guardaba sus secretos.
Victoria se acercó al escritorio.
Había fotografías.
Documentos.
Cartas.
Una fotografía llamó su atención.
Era de ella.
Tenía aproximadamente veinte años.
Estaba sentada en una cafetería.
Lucía estaba al otro lado de la calle.
Victoria levantó la fotografía.
—¿Quién tomó esto?
La mujer respondió:
—Tu madre.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Me estaba siguiendo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sospechaba que estabas enamorada.
Victoria miró a Lucía.
—Entonces ella sabía.
—Sí.
—¿Y por qué no me dijo nada?
La mujer respondió:
—Porque había recibido una amenaza.
—¿De Arturo?
—No.
Victoria frunció el ceño.
—¿Entonces de quién?
La mujer señaló una de las cajas.
—Ábrela.
Victoria levantó la tapa.
Dentro había decenas de cartas.
Todas estaban dirigidas a su madre.
Pero había una firma que Victoria reconoció.
Julián Herrera.
Su padre.
Victoria tomó una.
La abrió.
Leyó las primeras líneas.
Su rostro cambió.
—No.
Lucía se acercó.
—¿Qué dice?
Victoria no podía hablar.
Sebastián tomó la carta.
Leyó.
Su expresión se volvió sombría.
—Papá sabía que mamá quería denunciar a Arturo.
—¿Y?
Sebastián continuó:
—La amenazó.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Mi padre amenazó a mi madre?
—Sí.
—¿Con qué?
Sebastián levantó la mirada.
—Con quitarle a sus hijos.
Victoria cerró los ojos.
—Por eso ella guardó silencio.
La mujer asintió.
—Durante años.
---
Un golpe fuerte hizo temblar la puerta.
Arturo había llegado.
—¡Salgan!
Sebastián apagó la luz.
—Tenemos que escondernos.
La mujer negó.
—No.
—¿Qué haces?
—Voy a hablar con él.
Lucía la sujetó.
—No.
—Es la única manera.
—Te matará.
La mujer sonrió tristemente.
—Ya lo intentó una vez.
Victoria la miró.
—¿Cuándo?
—Hace diez años.
—¿Y cómo sobreviviste?
La mujer respondió:
—Porque tu madre me ayudó.
Victoria quedó inmóvil.
—¿Mi madre?
—Sí.
La puerta comenzó a abrirse.
La mujer se colocó delante.
—Cuando entre, ustedes se esconden.
Victoria negó.
—No.
—Hazme caso.
—No voy a dejarte.
—Victoria, si quieres saber la verdad, tienes que vivir para descubrirla.
La puerta se abrió.
Arturo apareció.
—Sabía que terminarías aquí.
La mujer lo miró.
—Y yo sabía que vendrías.
Arturo sonrió.
—Dame la memoria.
—No.
—Entonces morirás.
—No eres capaz.
Arturo sacó un arma.
Lucía dio un paso adelante.
—¡No!
Victoria la sujetó.
Arturo miró a Lucía.
—Siempre fuiste un problema.
Lucía respondió:
—Y tú siempre fuiste un cobarde.
Arturo levantó el arma.
Pero antes de disparar, se escuchó una voz.
—Baja el arma.
Todos se quedaron inmóviles.
Victoria conocía esa voz.
Demasiado bien.
—Mamá...
Su madre apareció detrás de Arturo.
Tenía un arma apuntándole.
Victoria sintió que se le detenía el corazón.
—¿Qué haces aquí?
Su madre miró a su hija.
—Vine a terminar lo que empecé hace diez años.
Arturo se giró lentamente.
—No te atreverás.
—Ya me atreví una vez.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Por primera vez, sí.
Arturo levantó las manos.
—Podemos arreglarlo.
La madre de Victoria negó.
—No.
—Piensa en tu hija.
—Precisamente estoy pensando en ella.
Victoria no podía moverse.
—Mamá...
Su madre la miró.
—Perdóname.
Victoria sintió lágrimas en los ojos.
—¿Por qué?
—Porque debí decirte la verdad desde el principio.
Arturo se lanzó hacia ella.
Se escuchó un disparo.
Victoria gritó.
La luz se apagó.
---
Cuando volvió la luz de emergencia, Arturo estaba en el suelo.
La madre de Victoria tenía sangre en el brazo.
Lucía corrió hacia ella.
—¡Estás herida!
—No es nada.
Victoria se acercó.
—¿Le disparaste?
Su madre negó.
—No.
Victoria miró hacia el suelo.
Arturo había recibido el disparo en el hombro.
Seguía consciente.
Pero sonreía.
—¿Por qué sonríes? —preguntó Victoria.
Arturo levantó lentamente la mirada.
—Porque todavía no entiendes.
—¿Qué?
—Tu madre no vino a salvarte.
Victoria quedó inmóvil.
Arturo continuó:
—Vino a salvarse ella.
La madre de Victoria palideció.
—Cállate.
—Dile la verdad.
—¡Cállate!
Arturo soltó una risa.
—Dile quién estaba contigo aquella noche.
Victoria miró a su madre.
—¿Quién?
Su madre no respondió.
—Mamá.
Silencio.
—¿Quién estaba contigo?
Finalmente respondió:
—Tu padre.
Victoria cerró los ojos.
—Eso ya lo sé.
Su madre negó.
—No.
—¿Qué?
—No estaba solo.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Quién estaba con él?
Su madre comenzó a llorar.
—Tu hermana.
Victoria abrió los ojos.
—¿Qué hermana?
Su madre la miró.
—La que nunca conociste.
El silencio fue absoluto.
Victoria retrocedió.
—Yo no tengo una hermana.
Su madre cerró los ojos.
—Sí.
—¿Dónde está?
Su madre miró a la mujer que había aparecido en el túnel.
Victoria siguió su mirada.
La mujer permanecía inmóvil.
Lucía también.
Victoria comprendió.
—No...
La mujer dio un paso hacia ella.
—Sí.
Victoria la miró.
—¿Tú?
La mujer asintió.
—Soy tu hermana.
Victoria sintió que el aire desaparecía.
—¿Por qué nunca me dijeron?
Su madre respondió:
—Porque tu padre la hizo desaparecer de nuestras vidas.
Victoria miró a la mujer.
—¿Y Lucía?
La mujer bajó la mirada.
—Lucía fue quien me encontró.
Victoria sintió un escalofrío.
Entonces Arturo comenzó a reír.
—Ahora sí empieza a ponerse interesante.
Victoria se giró hacia él.
—¿Qué sabes?
Arturo respondió:
—Que tu hermana no es la única persona que tu familia escondió.
Victoria se quedó inmóvil.
—¿Qué significa eso?
Arturo miró a su madre.
—Díselo.
Su madre no respondió.
Arturo sonrió.
—Dile quién es realmente el padre de tu hermana.
Victoria miró a su madre.
—Mamá...
Ella comenzó a llorar.
—No quería que lo supieras así.
Victoria sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Quién es?
Su madre levantó la mirada.
—Arturo.
Nadie habló.
Victoria miró al hombre herido en el suelo.
Después a la mujer que acababa de descubrir que era su hermana.
Y finalmente a su madre.
Toda su vida acababa de convertirse en una mentira.
Pero Arturo todavía tenía una última carta.
—Y hay algo más, Victoria.
Ella lo miró.
—¿Qué?
Arturo sonrió.
—La noche del accidente no fue un accidente.
Victoria sintió un escalofrío.
—¿Entonces qué fue?
Arturo respondió:
—Fue un intento de asesinato.
Daniel palideció.
Sebastián dejó caer el arma.
Lucía miró a Victoria.
Y la madre de Victoria cerró los ojos.
Porque todos sabían quién era el verdadero objetivo.
No era Victoria.
No era Mateo.
No era Sebastián.
Era alguien que había estado escondiendo la verdad durante diez años.
Y antes de que Victoria pudiera preguntar, se escuchó un disparo afuera.
Después otro.
Y otro.
La puerta se cerró de golpe.
Una voz desconocida gritó desde el pasillo:
—¡Nadie sale de aquí!
Victoria tomó la mano de Lucía.
Por primera vez, ninguna de las dos dijo nada.
Porque ahora sabían algo peor que cualquier secreto:
Alguien había llegado para asegurarse de que la verdad jamás saliera de aquel túnel.