El Rey Alfa Kael, conocido como el Lobo Plateado, lleva cargando una maldición ancestral: sin descendencia su poder se desvanecerá y su reino caerá en ruinas. Buscando solo cumplir su deber, pasa una noche desconocida con una chica marginada y sin nombre, a quien todos llaman solo “la huérfana”. Esa noche cambia todo: ella queda embarazada… ¡de seis bebés! Pero antes de que pueda contárselo, su madrastra cruel la vende en una subasta clandestina. Cuando el destino los vuelve a cruzar, Kael descubre que ella no es cualquiera: es su pareja destinada, la única capaz de romper su maldición. Pasará de vivir entre basura y desprecios a sentarse en el trono más alto, demostrando que quien parecía la más débil, es la dueña de su corazón y de todo su reino.
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Capítulo 15: Protección absoluta
El sol ya estaba alto cuando regresaron al palacio, pero la luz del día no lograba disipar la gravedad que pesaba sobre ambos. Kael no soltó la mano de Elara ni un instante durante el camino; la mantenía apretada con firmeza, como si temiera que si la soltaba, se desvanecería entre sus dedos. En cuanto cruzaron las puertas principales, dio una orden tajante al jefe de la guardia:
—Nadie entra ni sale de los aposentos de la señora Elara sin mi permiso escrito. Nadie se le acerca sin que yo lo sepa. Duplico la guardia. Y si alguien se atreve a acercarse con un mensaje, un regalo o una petición… que lo detengan de inmediato. No importa quién sea.
Las puertas se cerraron tras ellos. Kael la llevó hasta el sillón más cercano, se arrodilló frente a ella y le tomó ambas manos entre las suyas, mirándola con una mezcla de ternura y angustia que rara vez mostraba:
—Prométeme que nunca más harás algo así. Ir sola, sin avisar, a un lugar apartado… —se le quebró un poco la voz—. Si no hubiera llegado a tiempo… si te hubieran llevado lejos… no sé qué habría hecho.
Elara apretó sus manos, sintiendo la culpa en el pecho:
—Pensé que era la oportunidad de saber quién soy… de encontrar mi pasado. No imaginé que era trampa. Quería ser fuerte por mi cuenta, sin depender siempre de ti.
Kael acarició suavemente su mejilla:
—Ser fuerte no significa enfrentar todo sola. Significa saber cuándo pedir ayuda. Y tú no estás sola. Nunca lo has estado. Desde que te encontré bajo la lluvia, mi vida está ligada a la tuya. Tu seguridad es mi deber más sagrado.
Se levantó, la ayudó a ponerse de pie y la llevó hacia la ventana, donde la niebla ya se había disipado por completo:
—A partir de este momento, nadie te hará daño. Nadie te tenderá trampas. Nadie te obligará a caminar por senderos oscuros. Si alguien quiere algo de ti… tendrá que pasar por encima de mí. Y eso, créeme, nadie se atreve a hacerlo.
Esa misma tarde, Kael convocó a todos los miembros de la corte al gran salón del trono. La noticia de lo ocurrido en el puente ya se había extendido, y el silencio era pesado cuando él entró, con Elara caminando a su lado, la mano apoyada en su brazo, serena pero firme. Ismene no estaba presente, y su padre, el duque Valerius, permanecía rígido en su sitio, con el rostro impasible pero los ojos llenos de sombra.
Kael subió los escalones del trono y se giró hacia todos, con una autoridad que heló la sangre de los presentes:
—Esta mañana, alguien intentó hacer desaparecer a la mujer que está a mi lado. La atrajeron con mentiras, la rodearon de hombres armados y pensaron que nadie se enteraría. Se equivocaron. Mi lazo con ella no es solo afecto… es parte de mi alma. Sentí su miedo desde lejos. Corrí hacia ella sin saber por qué, y llegué justo a tiempo.
Hizo una pausa, y su mirada recorrió cada rostro, deteniéndose unos instantes en Valerius:
—Quien hizo esto sabe quién es. Y yo también lo sé. No diré nombres ahora, porque aún espero que la justicia actúe con prudencia. Pero escuchen bien esta advertencia: desde hoy, la señora Elara está bajo mi protección absoluta. Cualquier daño, cualquier ofensa, cualquier sospecha de traición hacia ella… será castigado con la máxima severidad que permiten las leyes de este reino. No importa el linaje, no importa la posición, no importa cuánto poder tenga su familia. Quien la toque, cae.
Un murmullo bajo recorrió la sala, pero nadie se atrevió a objetar. La determinación en los ojos de Kael era más clara que cualquier ley escrita: no había excepciones, no había perdón.
—Y para que quede claro —continuó—, ella no necesita buscar su origen en caminos oscuros. Yo lo averiguaré por ella. Enviaré a mis investigadores más leales. Descubriré de dónde viene, quiénes fueron sus padres, por qué la escondieron… y cuando lo sepa, todo el reino lo sabrá junto a nosotros. Nadie la mantendrá en la sombra más tiempo.
Cuando la audiencia terminó y quedaron solos, Elara se acercó a él y lo abrazó con fuerza:
—Me proteges de todo… y a veces me pregunto si no será demasiado. Si un día no estás, ¿qué será de mí?
Kael la miró a los ojos, con una promesa grabada en la mirada:
—Ese día no llegará mientras yo respire. Y si llegara… habré hecho todo lo posible para que seas fuerte por ti misma. Mientras tanto, déjame cuidarte. Déjame ser tu refugio. No tengas miedo de descansar en mí.
Los días siguientes transcurrieron bajo una vigilancia estricta. Los guardias la acompañaban a todos lados, discretos pero presentes. Nadie se atrevía a acercarse con malas intenciones. Los investigadores de Kael salieron en busca de pistas sobre su pasado, viajando a aldeas lejanas, consultando registros antiguos, buscando cualquier rastro de una niña desaparecida hacía dieciocho años.
Pero Valerius no permanecía inactivo. Sabía que si la investigación llegaba a revelar la verdad sobre Elara —y sobre lo que su propia familia había hecho—, todo se perdería. En la oscuridad de su despacho, escribió una carta corta, con tinta negra y letra apretada, y la entregó a un mensajero de confianza: Elara está viva y protegida. Si no actuamos pronto, la verdad saldrá a la luz. Preparen lo que acordamos. El tiempo se acaba.
Y mientras Elara descansaba, sintiéndose más segura que nunca, la red que la rodeaba empezaba a tensarse de nuevo. La protección de Kael era fuerte… pero los enemigos no dormían. Y sabían algo que él aún ignoraba: la clave para destruirla no estaba en hacerle daño a ella… sino en revelar un secreto que cambiaría todo lo que él creía saber.