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Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Mi Ex Me Perdió — Ahora Soy La Reina Del Campus

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: patricia sinisterra

Elisa Raven pesaba 127 kilos y vivía invisible… hasta que el chico que amaba y su novia la humillaron públicamente, rompiendo su corazón y su dignidad. Pero aquel día no terminó su historia: comenzó su transformación. Con esfuerzo brutal, disciplina de hierro y la guía inesperada de un ex-militar que vio en ella lo que nadie supo ver, Elisa se reconstruyó: cuerpo, mente y alma. Ahora ya no es la misma. Brilla, lidera, inspira… y quienes la despreciaron hoy miran hacia arriba, desde donde ella ya no los ve. Ella no buscó venganza: buscó ser ella misma. Y lo logró. Su ex la perdió… y el mundo entero la encontró: la reina que nació para reinar.

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Capítulo 6: Adiós a la Elisa que perdonaba todo

El despertador sonó antes de que el sol siquiera insinuara su llegada. Ayer mi cuerpo entero protestaba; hoy, cada músculo me dolía con una intensidad nueva, como si alguien me hubiera golpeado por completo durante la noche. Me quedé un instante mirando el techo, sintiendo esa quejumbra profunda que te susurra quédate, descansa, un día no hace daño. Pero esa voz… ya no era mi voz.

Salté de la cama antes de que la duda tuviera tiempo de anidar. Me puse la ropa deportiva, la misma de siempre, pero que hoy se sentía diferente: menos una prenda para esconderme, más un uniforme de guerra. Fui directa al espejo. Allí seguía, la misma figura redondeada, el rostro sin definición… y sin embargo, algo había cambiado en la mirada. Ya no bajaba la vista. Ya no buscaba defectos para odiar. Los veía, sí, pero como metas. Cada pliegue, cada curva extra: todo era un trabajo pendiente que yo misma me había propuesto cumplir.

—Adiós —susurré a mi reflejo—. Adiós a la chica que perdonaba todo. Adiós a la que agachaba la cabeza y decía “está bien” cuando no lo estaba. Hoy te despido para siempre. Gracias por sobrevivir hasta aquí, pero ya no te necesito. Ahora toca vivir.

Caminé hacia el gimnasio bajo un cielo todavía teñido de azul oscuro. El aire fresco de la mañana me golpeó el rostro como una bofetada estimulante. No había nadie en las calles, y sentí que el mundo entero sostenía la respiración, esperando ver si cumpliría mi palabra o si volvería a esconderme. No me escondería más.

Cristóbal ya estaba allí, de pie, con el cronómetro en la mano, como si no se hubiera movido de ese punto desde ayer. No se sorprendió al verme llegar puntual. Como si lo diera por hecho.

—Llegaste —dijo simplemente—. Muchos dicen que van a cambiar. Muy pocos madrugan para hacerlo. Ese ya es tu primer punto a favor.

Ese día fue más duro que el anterior. Más repeticiones, más tiempo, menos descansos. Cuando mis piernas flaqueaban, él no me sostenía: me decía que me apoyara en mí misma. Cuando jadeaba buscando aire, no me decía “ya basta”: me decía “un minuto más, Elisa. Solo uno más”. Y yo lo lograba. Porque cada minuto extra era una venganza silenciosa contra quien pensó que me rendiría a la primera dificultad.

—¿Sabes cuál es tu mayor defecto hasta ahora? —me preguntó en un momento, mientras recuperaba el aliento sentada en el suelo, con la camiseta empapada de sudor—. Que has perdonado demasiado pronto. A ti misma, sobre todo. Cuando fallabas, te decías “no importa, déjalo”. Cuando te lastimaban, buscabas excusas para ellos. Eso se acabó. El perdón es para los que se lo merecen. Y tú te mereces que no te fallen, empezando por ti.

Sus palabras cayeron como una revelación. Siempre fui indulgente conmigo misma precisamente porque nadie más lo era. Si yo no era amable conmigo, ¿quién lo sería?, pensaba. Pero confundí piedad con debilidad. Perdonarme no significa quedarme igual: significa darme permiso para mejorar.

—Entendido —respondí, poniéndome de pie aunque las piernas me temblaban—. No más excusas. No más “mañana empiezo”. Hoy es el día. Cada día.

Las semanas siguientes se sucedieron con un ritmo implacable. Levantarme a las cinco dejó de ser sacrificio y se convirtió en costumbre. El dolor agudo de los primeros días se transformó en un cansancio grato, el cansancio del progreso. Aprendí a respirar mejor, a moverme con más soltura, a sentir cómo mi cuerpo respondía. Cada mañana la báscula me regalaba una cifra distinta, un número menor, un pedazo menos de la carga que llevaba años arrastrando. Dos kilos, tres, uno más… todos contaban. Todos eran triunfos.

Pero lo más grande no era lo que perdía, sino lo que ganaba: voz propia. Dejé de comer lo que me hacía daño no por obligación, sino por respeto. Dejé de sentirme culpable por ocupar espacio. Descubrí que mi mente también se agudizaba: estudiaba más rápido, retenía mejor, porque mi energía ya no se gastaba en temblar ante las miradas.

Un día, mientras caminaba por el pasillo principal entre clases, escuché de nuevo las risas. Las reconocí al instante: eran las mismas voces, las mismas personas. Pero esta vez, al levantar la vista, noté algo distinto: ya no se burlaban con la misma seguridad. Dudaban. Me miraban y algo no encajaba. Me veían llegar y guardaban silencio antes de saber si valdría la pena burlarse o si les convendría callar.

Y entendí algo fundamental: el respeto no se pide. Se impone. No con gritos ni amenazas, sino con la certeza de quien sabe quién es y a dónde va. Ya no era la misma chica que se escondía entre los libros y las paredes. Seguía siendo Elisa Raven, sí… pero versión dos punto cero. Más afilada, más fuerte, más peligrosa.

Esa noche, al abrir el cajón donde guardaba los pedazos de mi carta, los tomé entre las manos y los leí por última vez con una sonrisa serena, sin rencor, sin dolor.

—Gracias por existir —les dije bajito—. Gracias por ser el empujón que necesitaba. Pero ya cumplieron su misión.

Los guardé en un sobre, los sellé y los metí al fondo de una caja que cerré con llave. No para olvidarlos, sino para dejarlos donde pertenecen: en el pasado. Junto a la chica ingenua que creyó que el amor se ruega en lugar de merecerse.

Me volví hacia el futuro con el pecho lleno de algo nuevo, algo que nunca antes había sentido de verdad: esperanza firme. No esperanza de que alguien me ame, sino certeza de que yo me amo lo suficiente como para no conformarme con menos de lo que valgo.

—Bienvenida, Elisa —me dije al espejo—. Ahora sí empieza tu vida de verdad.

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Sylvia Farias
deja una hermosa enseñanza para las personas que tenemos unos cuantos kilos demás
🥀 ✨ 𝓟𝓪𝓽𝓻𝓲𝓝𝓸𝓿𝓪 ⋆: ¡Gracias de todo corazón! Me hace inmensamente feliz saber que la historia te dejó una enseñanza tan bonita — esa era exactamente mi intención: que nos sintamos orgullosas y valiosas siempre. Gracias por tu apoyo y por tu corazón tan grande 🤗
total 1 replies
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