Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 12
Después de revisar varios presupuestos, Adriel cerró una carpeta y se recostó en la silla.
—Por cierto, tengo algo que contarte.
Izan continuó escribiendo.
—Si se trata de una excusa para dejar de trabajar, no me interesa.
—No todo gira alrededor de la hacienda, señor administrador.
—En esta habitación, sí.
Adriel sonrió.
—Entonces te lo contaré cuando terminemos.
Izan dejó el bolígrafo sobre el escritorio y lo miró con impaciencia.
—Habla de una vez.
—Esta mañana intercambié mensajes con Selina.
Izan arqueó las cejas.
—¿La hermana de la mujer que te dejó mirándola como un idiota?
—La misma.
—Vaya, parece que la noche te salió mejor que a mí.
Adriel soltó una carcajada.
—Muchísimo mejor, diría yo.
Izan volvió a tomar el bolígrafo, pero una sonrisa burlona apareció en su rostro.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que te felicite?
—Podrías empezar por alegrarte de que tu primo haya conocido a alguien interesante.
—Me alegro. Siempre es bueno que alguien te soporte.
Adriel le lanzó una hoja doblada que había sobre el escritorio.
—Eres un imbécil.
Izan se rio y dejó la hoja a un lado.
—¿Y qué te dijo tu nueva amiga?
—Conversamos un poco. Es divertida, espontánea y no tiene ningún problema en decir lo que piensa.
—Eso parece ser una característica de las hermanas.
Adriel lo observó con una sonrisa cómplice.
—Hablando de hermanas, ahora sé cómo se llama tu chica.
Izan dejó de escribir.
Fue un movimiento pequeño, casi imperceptible, pero Adriel lo notó de inmediato.
—¿Qué acabas de decir?
—Que ya sé cómo se llama la mujer del arroyo. Selina me contó que su hermana se llama Lara.
El silencio se apoderó del despacho.
Izan se quedó mirando a su primo, como si necesitara escuchar aquellas palabras una segunda vez para convencerse de que no las había imaginado.
—¿Lara? —repitió.
—Lara —confirmó Adriel—. ¿Por qué me miras así?
Izan se reclinó lentamente en la silla.
Lara.
Por fin tenía un nombre.
Lo pronunció en silencio, probando cómo sonaba, y sintió una satisfacción inexplicable al poder asociar aquel rostro desafiante con algo más que el recuerdo de una piedra y un beso.
—Lara… —murmuró.
Adriel soltó una carcajada.
—¡Por todos los cielos! ¡Mira tu cara! Pareces un hombre que acaba de descubrir un tesoro.
Izan le dirigió una mirada de advertencia, aunque no pudo evitar que una sonrisa se dibujara en sus labios.
—¿Te dijo algo más sobre ella?
—No mucho. Selina comentó que su hermana es bastante seria, trabajadora y conservadora. Al parecer, no le gustan demasiado las salidas nocturnas.
Izan recordó la forma en que Lara se había enfrentado a él, la firmeza de sus palabras y la indignación que había reflejado su rostro.
—Eso ya lo había notado.
—También dijo que trabaja mucho en la hacienda y que no tiene demasiada paciencia para los hombres que se creen dueños del mundo.
Adriel hizo una pausa y lo miró con una sonrisa maliciosa.
—Me pregunto a quién se referirá.
Izan tomó un bolígrafo y se lo lanzó. Adriel lo atrapó en el aire, riéndose.
—¿Sabes qué es lo más interesante? —continuó Adriel—. Selina no me dijo a que familia pertenecen.
—No importa. Ya tengo su nombre.
—¿Y qué piensas hacer con él?
Izan se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí podía contemplar parte de los establos y los campos que rodeaban la casa.
—Encontrarla.
—Eso ya lo habías dicho.
—Y sigo pensando lo mismo.
Adriel se cruzó de brazos.
—Recuerda que, después de lo que pasó, no puedes aparecer delante de ella como si nada hubiera ocurrido. Le debes una disculpa.
La expresión de Izan perdió parte de su seguridad.
—Lo sé.
—Y tendrás que aceptar que quizá no quiera volver a verte.
Izan permaneció unos segundos en silencio.
—No puedo obligarla a sentir nada por mí —respondió finalmente—. Pero sí puedo demostrarle que soy capaz de reconocer mis errores.
Adriel asintió, satisfecho con la respuesta.
—Eso suena bastante mejor que anunciar que será tu esposa.
Izan giró la cabeza hacia él.
—Sigo pensando que quiero casarme con ella.
Adriel se llevó una mano al rostro.
—¡Otra vez con lo mismo!
Izan soltó una carcajada.
—Tranquilo. No voy a presentarme en su casa con un anillo.
—Menos mal. Porque, si esa mujer vuelve a golpearte, esta vez no pienso ayudarte a levantarte.
Izan regresó al escritorio y recogió la carpeta que habían dejado a medio revisar.
—Ya veremos.
—No, no veremos nada. Primero termina estos informes y después puedes seguir soñando con tu misteriosa Lara.
Izan abrió la carpeta, aunque su atención ya no estaba completamente puesta en los números.
Lara.
Ahora conocía su nombre, y eso hacía que encontrarla pareciera mucho más sencillo.
Lo que todavía no sabía era que aquella mujer no solo tenía un carácter capaz de desafiarlo, sino también un apellido que cambiaría por completo sus planes.
Porque Lara era una Dávila.
Y él, un Orellana.
Dos familias separadas por años de resentimiento y una disputa que ninguno de los dos estaba dispuesto a olvidar.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
El almuerzo en la hacienda Orellana transcurría con la tranquilidad habitual. La mesa estaba servida con esmero y el aroma de la comida recién preparada llenaba el comedor. Sael ocupaba la cabecera, mientras Leticia, Izan y Adriel se acomodaban en sus respectivos lugares.
Sin embargo, a diferencia de otros días, Leticia no parecía del todo tranquila.
Aquella mañana había recibido noticias de lo sucedido en el pueblo. Una de las mujeres que trabajaban en la hacienda, quien había salido a realizar unas compras, le contó los rumores que circulaban entre los habitantes: "Izan Orellana había besado a una joven en la cantina" y, como respuesta, había recibido un puñetazo y una rodilla en sus partes más sensibles.
La noticia la había dejado preocupada y decepcionada. Conocía el carácter orgulloso de su hijo, pero jamás habría imaginado que se comportaría de semejante manera con una mujer.
Había decidido esperar al almuerzo para hablar con él delante de su padre, pues consideraba que el asunto merecía una conversación seria.
—Antes de que continuemos comiendo, Izan, quiero preguntarte algo —dijo Leticia, dejando los cubiertos sobre el plato.
Izan levantó la mirada hacia su madre.
—¿Qué sucede?
—Esta mañana me contaron algo que ocurrió anoche en el pueblo. Al parecer, tuviste un incidente en una cantina con una joven.
Adriel, que estaba bebiendo agua, bajó lentamente el vaso para disimular su interés. Conocía perfectamente la historia y, aunque se había prometido no provocar a su primo durante el almuerzo, la expresión de Leticia le hizo comprender que aquello no sería una conversación agradable.
Izan permaneció en silencio durante unos segundos.
—Supongo que los rumores no tardaron en extenderse —respondió finalmente.
Sael frunció el ceño.
Leticia sostuvo la mirada de su hijo.
—Me dijeron que besaste a una muchacha sin su consentimiento y que ella terminó golpeándote. Necesito saber si eso es cierto.
Izan apretó ligeramente la mandíbula. No tenía intención de inventar una excusa, mucho menos después de haber reconocido ante Adriel que se había equivocado.
—Sí, es cierto.
La expresión de Sael se endureció.
—¿Has perdido el juicio? —preguntó con voz grave—. Acabas de regresar después de tantos años fuera y ya estás dando de qué hablar en el pueblo.
—Querido, déjame hablar con él primero —intervino Leticia, sin apartar los ojos de su hijo—. Izan, ¿qué te llevó a hacer algo así?
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