Me vendieron para pagar una deuda. Damián Grey dice que ahora soy suya. Tiene tres reglas: no escapar, no mentir, no dejar que otro me toque. Rompí las tres el primer día.
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CAPITULO 14: EL SÍ
Faltaban seis días para la boda.
Seis días después del beso de la biblioteca. Del beso que Anastasia dejó que pasara. Del primer sí que no fue por un contrato quemado ni por su madre enferma ni por miedo.
Desde ese beso, la mansión negra no parecía cárcel. Parecía casa. Rara, grande, con mármol negro y con Killian roncando en el cuarto de al lado, pero casa.
Damián cumplía las ocho reglas del contrato nuevo como si fueran mandamientos. Sobre todo la seis: no me besas si no digo que sí.
Y ahora Anastasia decía que sí a veces. A veces no. Y eso lo volvía loco de una manera nueva. No de posesión, de nervios.
—Buenos días, Ana —decía él a las siete, entrando con dos cafés—. ¿Puedo besarte?
—No, tengo sueño —decía ella, con la camisa blanca de él, descalza, despeinada.
—Ok —decía él, con cara de perro regañado, dejándole el café—. Al mediodía pregunto otra vez.
Y a las doce, bajaba de la oficina de Vonn, sin traje, cansado, y preguntaba otra vez.
—¿Ahora puedo?
—Mmm, sí, pero solo en la frente —decía ella, leyendo.
Y él le daba un beso en la frente, rápido, como si fuera un premio enorme, y se iba a trabajar sonriendo como tonto.
Killian decía que nunca había visto al jefe así. Que parecía un adolescente. Que Rafael Vonn estaba preocupado porque Damián ya no quería quemar tiendas, solo quería llegar temprano para preguntar si podía besar.
Anastasia a pasar las semanas iba sintiendo más. Ya no era "mitad y mitad" por miedo. Era mitad y mitad porque le gustaba ser las dos. Le gustaba ser Sterling cuando iba a ver a su madre a casa de Sofía, con su ropa vieja, y le gustaba ser casi Grey cuando volvía a la mansión y Damián le había dejado fresas en la mesa porque sabía que le gustaban.
Su madre Elena estaba mejor. Caminaba. Comía sola. Un día le dijo a Anastasia:
—Mi amor, ese muchacho Grey te mira como tu papá me miraba a mí antes de irse. Como si no supiera qué hacer con tanto amor y entonces hace tonterías. Como pagar operaciones y comprar vestidos carísimos.
—Mamá, no es amor, es contrato nuevo —dijo Anastasia, roja.
—Contrato nuevo, amor viejo. Es lo mismo al principio —dijo Elena, riéndose.
Faltaban tres días para la boda. Madame Dubois volvió a la mansión. No con el vestido viejo quemado a la mitad. Con uno nuevo. No tan pesado. No de cinco kilos. De dos. Blanco, simple, sin cola enorme. Sin brillo. Como lo pidió Anastasia en una nota que le dejó a Damián: "Quiero uno con el que pueda correr si me arrepiento".
Madame la midió en la sala. Damián no estaba. Estaba prohibido por la regla no escrita de las novias.
—¿Está segura, mademoiselle? —preguntó Madame—. El otro era más caro. Más Grey.
—Este es más yo —dijo Anastasia, mirándose al espejo con el vestido simple—. Mitad Sterling, mitad Grey.
Esa noche, Damián la esperó despierto en la cama. Con una cajita negra pequeña.
—Falta poco —dijo—. Tres días.
—Sí —dijo ella, sentándose al borde, con su camisa blanca.
—Escribí otra regla —dijo él, nervioso, abriendo la cajita—. Regla nueve nueva. Mía. Si te casas conmigo en tres días, no te pregunto más si te puedes ir. Porque ya te quedaste.
En la cajita no había un anillo de diamante enorme como el del contrato viejo. Había un anillo fino, plateado, con una piedra chiquita. No brillaba mucho. Pero adentro tenía grabado algo.
Anastasia lo agarró. Leyó: _MITAD Y MITAD_.
Se le llenaron los ojos de lágrimas. No de tristeza. De otra cosa.
—¿Te gusta? —preguntó Damián, con miedo real, miedo de Grey millonario que nunca tuvo miedo—. Si no te gusta lo cambio. Vonn dijo que era muy barato para una Grey. Pero...
—No —dijo ella, interrumpiéndolo—. Me gusta. Porque no es de Grey. Es de nosotros.
Se lo puso. Le quedaba perfecto.
—Entonces —dijo Damián, con voz baja—. ¿Regla seis? ¿Puedo?
Anastasia lo miró. Con el vestido de novia simple colgado detrás en la puerta del closet. Con el anillo mitad y mitad en el dedo. Con seis días de besos en la frente.
—Sí —dijo—. Pero no en la frente.
Fue el segundo beso de verdad. En su cama. No de secuestro. No de biblioteca con té. De noche, a tres días de casarse, con anillo puesto.
Fue largo. Y ella no se apartó. Le agarró la camisa negra. Lo acercó.
Cuando se separaron, Damián tenía la respiración rápida.
—Ana —susurró—. Si seguimos, rompo la regla seis.
—No la rompes —dijo ella, con la frente contra la suya—. Porque yo digo que sí.
Se quedaron así, abrazados, sin romper nada más que la distancia que había entre los dos lados de la cama durante trece capítulos.
A la mañana siguiente, faltaban dos días para la boda. Anastasia se levantó temprano, con el anillo mitad y mitad. Bajó a la cocina. Killian estaba haciendo panqueques.
—Buenos días, casi señora Grey —dijo.
—Buenos días, Killian. ¿Mitad y mitad? —dijo ella, riéndose.
En la mesa, había un sobre blanco. Sin sello de Grey. Con letra conocida. Letra de colores, de tienda de tatuajes.
Era de Luna.
Anastasia lo abrió, con el corazón latiendo. No era un insulto. No era un rescate. Era corto:
_Ana,_
_Si dices que sí porque quieres, yo voy a tu boda. Con mi vestido negro. Porque las Sterling también van a bodas Grey si la novia es feliz. Pero si dices que sí por miedo, no voy y quemo tu vestido simple._
_Decide, Sterling._
_Luna_
Anastasia dobló la carta. La guardó en su camisa blanca. Cerca del corazón. Al lado del contrato nuevo que Damián guardaba en su bolsillo.
Subió corriendo las escaleras, descalza, con el anillo brillando poco pero brillando.
Damián estaba en el baño, afeitándose.
—Damián —dijo, entrando sin tocar.
—¿Sí? —dijo él, con espuma en la cara.
—¿Puedo besarte? Yo a ti esta vez.
Damián se quedó con la afeitadora en la mano, sin creerlo.
—Regla seis al revés —dijo, sonriendo por primera vez sin miedo—. Sí. Siempre sí.
Y ella lo besó. Con espuma y todo.
*[FIN DEL CAPÍTULO 14